Tienes que comprarte un andador que sea bonito. La frase, pronunciada por un hombre seguramente corpulento, sonó a mis espaldas. Regresaba a casa caminando, sin ganas de llegar, un mediodía tórrido de agosto. Aflojé el paso y simulé interés por un escaparate -qué tonterías dices, replicó una mujer indudablemente anciana- para poder girarme hacia la pareja que protagonizaba el diálogo. No era corpulento, sino más bien menudo. Antonio. Su voz de barítono me había engañado, como lo hizo la primera vez, cuando veinte años atrás concertamos una cita a través del teléfono.
¿Qué es lo peor que has visto? Cualquier enfermero de SAMU ha oído muchas veces esa pregunta. Yo no suelo responder. Uno sabe que es útil, que es necesario, y para continuar siéndolo no queda otro remedio que evitar la implicación personal. Tres cadáveres adolescentes extraídos de un coche volcado en plena madrugada, un crío de dos años inerte y acurrucado sobre un colchón raído tras haber ingerido la medicación recetada a su madre en su lucha contra la adicción, una anciana tirada en descomposición sobre la alfombra tras meses de ausencia inadvertida... Resultan sucesos penosos y trágicos para quienes los sufren y sus allegados, incluso para el observador que advierte en ellos la prueba de lo cruel e invariablemente fugaz de la existencia, pero como profesionales se trata de hechos que nos interpelan de manera diferente, porque incluso cuando nuestra intervención llega tarde o resulta infructuosa, siempre supone al menos un resto de humanidad, el resquicio por el que se cuela el consuelo, el tímido flamear de una vela que tiembla en la más profunda oscuridad. No, no suelo responder.
“Tienes que comprarte un andador que sea bonito. La frase, pronunciada por un hombre seguramente corpulento, sonó a mis espaldas”
Pero eran Lola y Antonio, a los que había conocido en 1997 cuando, recién llegado a la ciudad, me alquilaron un tercero sin ascensor en el edificio de su propiedad en el que ambos ocupaban el segundo derecha. “¿Usted colecciona algo?”, fue lo primero que me preguntó Antonio a los dos minutos de conocernos. “No, creo que no”, respondí con torpeza, sorprendido por tan inesperada curiosidad. “Entonces es que no”, sonrió él. “Si coleccionara algo, supongo que lo recordaría”. Y tras invitarme a pasar me mostró durante media hora larga su colección de llaveros de España, que ocupaba dos grandes tableros colgados en la pared del estrecho pasillo, sus sellos, sus postales antiguas y sus chapas de cerveza.
En condiciones normales habría huido a los cinco minutos con cualquier excusa para evitar cuanto antes que un casero pelmazo irrumpiera en mi vida con la pretensión de llenar algunas horas de su monótona jubilación a mi costa, pero algo en Antonio, no sé, su voz profunda, de locutor antiguo, la sonrisa clara de sus ojos, o la exquisita elección de las palabras con que igual describía el escudo de Melilla o un cuadro de Vázquez Díaz de la colección filatélica Pintores de España, me llevó a encontrarme cómodo en su presencia y a fingir un interés que no sentía por aquel conjunto de objetos inútiles que el hombre acumulaba con un propósito que no podía ser otro que distraer una existencia rutinaria y carente de obligaciones.
¿Usted colecciona algo?, fue lo primero que me preguntó Antonio a los dos minutos de conocernos
Ella me ganó también, a su modo, a base de pucheros de garbanzos y arroces con magro y verdura que me subía casi todas las semanas, durante el tiempo que estuve solo para que me alimentara “como Dios manda”, y cuando tuve pareja también, porque “estas chicas de ahora no saben hacer un huevo frito”. Salvo la época de Juana, claro, que cocinaba mejor que ella, y los enamoró a los dos. “Qué simpática y qué mona”, recordaba Lola siempre, cuando me preguntaba si la veía alguna vez. No entendía que la hubiera dejado, “con lo alegre que era”, y eso que se daba cuenta de que a Antonio “se le iban los ojillos” detrás de aquellas largas piernas que siempre mostraba descalzas cuando bajaba con cualquier motivo y charlaba en la cocina con Lola, “te vas a enfriar, nena, todo el día con los pies al aire y sin sostén”. Y se carcajeaban, casi siempre criticando la vestimenta de las famosas de las revistas pasadas que a Lola le llevaba su hija: el Pronto, el Semana... “Y qué inteligente, y dermatóloga además, no sé dónde vas a encontrar una mejor”. En ninguna parte, claro, eso ya lo sabía yo. Formábamos una pareja de cine, para qué negarlo, pero dejémoslo en que no me gustaba mi papel en la película.
Nada quedaba en los ojos de Lola de aquella picardía sonriente. “Qué cambiado estás, nene”, apenas musitó mientras juntábamos nuestras mejillas a modo de saludo. Pues mira que tú, pensé. Vieja, muy vieja y dejada, ataviada con un vestido camisero de los que se avergonzaba cuando la sorprendía trajinando en la casa cualquier mañana al llamar a su puerta para devolverle una cazuela, apoyada en el manillar de una silla plegable de niño tan ajada como ella, lejanos los tiempos cuando paseaba orgullosamente sentado sobre su asiento el único nieto de la pareja que, según mis noticias, iba ya para ingeniero. A pesar de los años transcurridos, yo recordaba aquella silla porque la primera vez que la vi me llamó la atención la marca -MacLaren- que aún podía leerse impresa en blanco sobre un sucio fondo gris de tela.
Ella me ganó también, a su modo, a base de pucheros de garbanzos y arroces con magro y verdura que me subía casi todas las semanas
Hombre, caballero, dichosos los ojos, exclamó Antonio, cordial como el primer día. Aquí nos ves, pleiteando porque la señora se empeña en usar este trasto porque de mi brazo no va segura, como si yo fuera a dejarla caer. Pues sí que estás tú para sostener a nadie, replicó ella de inmediato. Interrumpí su discordia mostrándome lo más afable que pude, estrechando con sincero afecto la mano aún firme de él, preguntando por la familia, por la casa, interesándome por sus achaques, el delicado corazón de Antonio, los fatigados huesos de Lola, mintiendo sobre su aspecto, os veo fenomenal, pero haz caso a tu chico (tu chico, le decía siempre, y solía hacerle gracia, ahora no pareció advertir la broma) y cómprate un andador, que son más estables, mi madre lleva uno. Quita, quita, que no estamos para gastar, negó ella, y menos en un taca-taca. Allí lo dejamos. Dame un abrazo, muchacho, no sabía que a él no volvería a verlo consciente; cuídate, nene, apenas murmuró ella, con un desinterés insólito en quien nunca dejaba de preguntar “¿tienes novia, nene? ¿No piensas tener hijos?”, ni olvidaba recordar alguna tragedia local leída en el periódico para preguntarme si me había tocado intervenir.
No me tocaba, libraba ese día, pero Lola me llamó alarmada, Antonio no responde, pero creo que todavía respira. Mis compañeros llegaron antes, dejé el coche subido a la acera y me lancé hacia aquel lóbrego portal que tantas veces me vio entrar y salir. Es amigo, cómo está... Un gesto bastó para hacerme comprender que el viaje que emprendía aquel hombre que introducían en la ambulancia sería probablemente el último. ¿Su mujer? Entré a buscarla: Lola, ve con él. No, no, mira cómo estoy, dónde voy a ir con esta facha. Pero, Lola. Ve tú, nene, qué voy a hacer yo más que molestar.
Fui. Se cumplieron los protocolos sin resultado y Antonio se marchó sin despedirse. Habían vivido juntos más de cincuenta años y, mientras su marido se moría, Lola se quedó en la cocina pelando boniatos para confeccionar los dulces que solía repartir en Navidad a familiares y amigos. Fueron cinco los diciembres en que los recibí, alineados en perfecta simetría sobre una bandeja de cartón, cinco los años en que me regaló una flor de Pascua, cinco las invitaciones a cenar en Nochebuena que rechacé inventando una excusa para no ofenderles, tanto si ese invierno tenía compañía como si no, cinco las ocasiones en que llamé a su puerta para desearles un feliz año antes de partir de viaje hacia la Nochevieja familiar que me esperaba a mil kilómetros.
Fui testigo de la décima parte de su historia. Y en el transcurso de aquellos años hablé mucho más con ellos de lo que nunca hablé con mis abuelos, estoy por decir que más de lo que hablé con mis propios padres durante mi vida adulta. Su única hija vivía en Madrid, no tenía su teléfono, ni contacto con ningún otro de sus allegados, apenas conocí a la hermana de Lola y ni siquiera sabía si todavía se hallaba en este mundo. Comprendí que me correspondía afrontar una dolorosa misión.
Habían vivido juntos más de cincuenta años y, mientras su marido se moría, Lola se quedó en la cocina pelando boniatos para confeccionar los dulces que solía repartir en Navidad
Tuve que tomar un taxi para volver al centro. Y nada más verlo aproximarse recordé que había dejado el coche mal estacionado, invadiendo la acera. Allí estaba, pese a que habían transcurrido más de dos horas, lo que achaqué primero a la ineficacia de la Policía Local para luego descubrir que se debía a la amable intervención del frutero de la esquina, un joven paquistaní que me había visto llegar y partir apresurado en la ambulancia, quien había defendido mi causa ante los agentes. ¿Ven? Se apaga una vida, se rompe abruptamente un vínculo de más de cinco décadas, y la sonrisa blanca de un desconocido te lanza un cabo, un leve hilo si quieren, al que asirte para mantenerte a flote.
Olía a canela en el portal. Al fondo del zaguán, en el oscuro rincón cubierto por el primer tramo de la escalera, donde yo solía dejar mi bicicleta, descubrí un andador nuevo, de cuatro ruedas, con barras de un negro brillante, sin estrenar, pues la etiqueta colgaba aún del manillar. A su lado, la silla MacLaren. Arriba aguardaba Lola, con la puerta abierta. Qué mujer, solía decir Antonio, es buena, pero siempre tiene que salirse con la suya.
