
La vida es un milagro
Si tú me has entendido
Sales, entras, vives. Y zas, mueres. Leyendo las crónicas de los compañeros en Adamuz y escuchando los testimonios de los pasajeros que han sobrevivido, crece la ansiedad. Creíamos haber aprendido la imprevisibilidad de la vida, el valor del presente tras la pandemia, tras la dana, tras todas las tragedias que este mundo globalizado nos está enseñando día tras día que pueden pasarnos, y en realidad habíamos vuelto a caer en la creencia de nuestra inmortalidad. Hoy bailan los mensajes de quienes sufren, de quienes acusan ya sin saber nada y de quienes se encomiendan a Dios por no haber cogido ese tren. Y algunos también miran a su alrededor y dan gracias al mundo por haberse levantado hoy enteros, con salud, y seguir andando. Por no estar en esos trenes.
“La vida es un milagro”, decía mi amiga. Tantas veces vencidos por la realidad, ya no sabemos distinguir el valor de las cosas. Ese rato bueno que pasas, grábatelo. Por eso me da rabia esa nostalgia edulcorada de quienes comparten sus memorias del 2016 como si todo lo anterior fuese mejor: maldita sea, estamos vivos. En 2026, contando cosas, leyéndonos, mirándonos a los ojos. Claro que aquel año tuvo cosas buenas –yo me quedé embarazada, como para olvidarlo-, pero ¿le vamos a quitar mérito al haber llegado hasta aquí?

Estos días en que los familiares de los pasajeros están acudiendo a la Comandancia para ofrecer muestras de ADN que cotejar después con sus difuntos, recuerdo aquellos días en el cuartel de Patraix cuando de un taxi, dos, tres, bajaban hermanos, cuñados, primos, hijos, hermanos, padres de los desaparecidos por la dana de Valencia. Todo era oscuridad aquel rato y nosotros sobrábamos. No podías preguntar, solo escuchar si acaso. ¿Qué consuelo le podía quedar a alguien que está sufriendo tanto? Cuando se sepa el número total de fallecidos, y se ponga nombre y apellidos a las víctimas, otro boquete se habrá instalado en nuestra historia. Viviremos saltando de tragedia en tragedia, llorando. Y mientras, lo que haya en medio, lo deberíamos aprender a valorar, a saborear, a exprimir. No pasa nunca, porque aprendemos a golpes, pero ¿cuántas veces en la covid dio gracias por estar vivo?
No pasa nunca, porque aprendemos a golpes, pero ¿cuántas veces en la covid dio gracias por estar vivo?”
Sé de una señora que no quiso que sus hijas aprendieran a ir en bici por miedo a sus caídas. No las dejaba salir de excursión, ni asomarse casi al balcón y de nadar, ni hablamos. Miedo, miedo, miedo. Imagino la ansiedad con la que viviría hoy con tanta información llegando a nuestra vida: un alud, un velero perdido, un naufragio turístico, un viaje que iba a ser placentero en tren... Pero la vida es un milagro, ese que pasa entre la quietud de la nada y la furia despojante de cuanto fuimos y puede ser, como en Adamuz, en solo 20 malditos segundos.
