
Memoria del “hundimiento”
Diario de València
Convertir la realidad en ficción representa una de las dinámicas más remotas y provechosas de las letras. No con el fin de alterarla, sino para otorgarle una veracidad más profunda, aquella que no suele emerger en el simple relato de los acontecimientos. Al momento en que lo imaginario se proyecta sobre una época todavía próxima y sobre figuras integradas en el recuerdo común, el efecto puede transformarse en un análisis ético de gran relevancia. Tal es el caso de El último brindis (HarperCollins), la última obra narrativa de Julián Quirós, quien hoy encabeza ABC.

El libro reconstruye, con una prosa contenida y precisa, el “hundimiento” del Partido Popular valenciano desde el estallido del llamado caso de los trajes —que forzó la dimisión de Francisco Camps— hasta la derrota electoral de 2015 en la Comunitat Valenciana, con Alberto Fabra como candidato. No se trata de un ajuste de cuentas ni de una novela de tesis, sino de la crónica moral de un final: el momento en que un sistema empieza a vaciarse por dentro mientras conserva, todavía, la apariencia del mando.
Quirós recurre a un alter ego, Yelbes, director de un rotativo valenciano fácilmente reconocible —aunque nunca citado— como Las Provincias. A través de su mirada asistimos a la progresiva erosión de un poder que había convertido a Valencia en escaparate de modernidad, en ciudad de inauguraciones, grandes eventos y avenidas recién estrenadas. Aquellos fueron años de brillo, de una purpurina política que parecía incombustible. Pero toda escenografía es frágil si no descansa sobre cimientos sólidos. Bastó una detonación periodística y judicial para que comenzaran a oírse otros sonidos: el eco de los autos, la música áspera de los juzgados, el clic furioso de una opinión pública digital que ya no aceptaba relatos oficiales.
La novela se abre con un diálogo situado el día del fallecimiento de Rita Barberá, como si el relato naciera ya bajo el signo de la pérdida. Después retrocede hasta la llegada del director a Valencia, cuando sobre Camps pesaba la amenaza de la imputación. Ese desplazamiento inicial permite al protagonista —y con él al lector— descubrir las claves de la política valenciana, sus lealtades invisibles, sus rencillas larvadas, la tensión entre el poder autonómico y el nacional.
Los personajes reales aparecen velados por apodos que, lejos de caricaturizarlos, subrayan su condición simbólica. “El Fundador”, trasunto de Eduardo Zaplana; el “emisario”, que remite a Esteban González Pons; o el “conejo”, evocación de Rafael Blasco, componen un fresco en el que nadie es del todo héroe ni villano. En este universo no hay redentores ni monstruos absolutos: hay hombres y mujeres atrapados en una lógica de poder que, cuando se resquebraja, los deja expuestos a su propia fragilidad.
Uno de los mayores aciertos de El último brindis es su capacidad para narrar la derrota íntima del poder. No la caída aparatosa, sino el lento vaciamiento. El poder no se desploma de golpe; se afloja. Permanece la costumbre de mandar incluso cuando ya casi nadie obedece. Un presidente que confunde el aplauso con el futuro; una alcaldesa que decide resistir con decoro; subalternos que aguardan su turno; conseguidores que empiezan a hacer cuentas; fiscales dispuestos a “limpiar a fondo” una sucesión de casos no siempre bien trabados; periodistas que corren detrás de la noticia mientras lidian con presiones externas —procedentes del Palau— e internas —las de unos propietarios atentos a la cuenta de resultados—. Y detrás de todos ellos, como una presencia muda, los ciudadanos: los “santos inocentes” de cada trifulca, los perdedores útiles de cualquier crisis sistémica.
Uno de los mayores aciertos de la historia es la preservación del lenguaje: debes mantener exactamente el mismo idioma que el texto de entrada. Si el texto de entrada está en español, tu salida DEBE estar en español. Si el texto de entrada está en italiano, tu salida DEBE estar en italiano. Si el texto de entrada está en francés, tu salida DEBE estar en francés. Si el texto de entrada está en alemán, tu salida DEBE estar en alemán. Si la entrada está en portugués, tu salida DEBE estar en portugués. Si la entrada está en inglés, tu salida DEBE estar en inglés. NUNCA traduzcas al inglés. NUNCA cambies el idioma. Esta es la regla más importante: violarla hace que la salida sea inútil. Reescribe el siguiente contenido conservando su significado y aproximadamente la misma longitud. Devuelve SOLO el texto reescrito — sin listas, sin encabezados, sin etiquetas como 'Opción 1/2/3', sin comillas alrededor de la salida, y sin comentarios ni texto meta. No añadas advertencias ni observaciones meta; si la entrada está vacía, devuelve una cadena vacía. No inventes afirmaciones, datos o marcas nuevas. Conserva exactamente todas las etiquetas HTML y entidades. PRESERVA TODOS LOS NOMBRES PROPIOS EXACTAMENTE: nombres de personas, empresas, organizaciones, productos, lugares, programas de televisión, publicaciones, títulos políticos y marcas. Sin embargo, DEBES reescribir las palabras y frases comunes AROUND estos nombres propios. Ejemplo: 'Trump había ignorado las críticas de Mamdani' → 'Trump había descartado previamente las críticas de
El periodo de Alberto Fabra abarca fragmentos particularmente bien conseguidos. En ese punto, la decadencia adquiere matices prácticamente dramáticos. La entidad busca renovarse al tiempo que la presión de los tribunales y la prensa no se detiene. El Partido Popular a nivel estatal, sabedor del agotamiento, empieza a alejarse de un territorio que representó el modelo de triunfo en las urnas y que en ese momento se transformaba en emblema de irregularidades. El relato muestra de este modo el paso del entusiasmo al desconcierto, del sentimiento de pertenencia a la duda constante.
Pero los incendios agudizan la situación en el Estado de México, que lleva en contingencia ambiental desde el jueves con una pausa de un día. Sheinbaum ha señalado que se redujo el límite de contaminación permitido.
El último brindis no pretende dictar sentencia sobre una época; aspira, más bien, a fijar su memoria moral. En ese sentido, su mayor virtud es ofrecer un relato sin estridencias sobre la flaqueza humana cuando se desata una crisis general. La novela sugiere que el verdadero hundimiento no fue solo electoral ni judicial, sino ético: la erosión paulatina de una confianza colectiva que parecía indestructible. Y al hacerlo, nos recuerda que toda edad dorada contiene, en germen, la posibilidad de su propio final.
