Carmen Domingo sostiene la obligatoriedad del sufragio como
Mujeres líderes
Dentro del programa dedicado a conmemorar el medio siglo de trayectoria democrática, la autora Carmen Domingo analiza junto a Joana Bonet el logro del voto para las mujeres, la exclusión femenina de las narrativas institucionales y la importancia —actualmente cuestionada— del acuerdo que permitió la Transición.

Carmen Domingo, escritora y dramaturga
Luego de mucho tiempo redactando —y revisando— relatos históricos donde aún había algo por manifestar, Carmen Domingo (Barcelona, 1970) aparece con una declaración que establece el rumbo de la conversación: “Ni siquiera podemos hablar de perder la memoria de las mujeres, porque en muchos casos habría que construirla primero”. A raíz de ese concepto, la autora examina junto a Joana Bonet, reportera y responsable del Magazine de Guyana Guardian, la manera en que se ha narrado y lo que se ha omitido en la crónica política de España: desde el sufragio hasta la Transición, de los pactos que facilitaron la democracia a las fracturas que hoy la presionan.
Especialista en filología, novelista, autora teatral y difusora cultural, Domingo une la creación de textos con el profesorado, las charlas y sus intervenciones mediáticas. Su trayectoria se ha enfocado de modo recurrente en el recuerdo político y cultural de la población femenina en España. La muestra más cercana es De silenciadas a protagonistas. La mujer y la política en España (1975-1983), el tomo final que concluye la saga de Con voz y voto. Las mujeres y la política en España (1931-1939) y Coser y cantar. Las mujeres y la política en España (1939-1975).
Resulta imposible mencionar el extravío de la memoria de las mujeres, puesto que en diversas situaciones sería necesario edificarla previamente.
Con motivo de los 50 años de democracia que festeja el Gobierno de España, esta charla finaliza el conjunto de cuatro reportajes del especial Mujeres y Democracia con una idea nítida: sin el ejercicio de recordar no existe una crónica total; sin involucración ciudadana no existe sistema democrático que resista. Domingo lo explica con claridad al tratar los tiempos actuales: “Yo obligaría al voto: participar no es opcional en una democracia”. Sumado a dicha advertencia, plantea otros dos riesgos: el desprestigio de la actividad política y la manipulación informativa.
El derecho al voto y la Segunda República: trascendiendo un mero documento escrito.
La entrega inicial de la trilogía, Con voz y voto, analiza la política en España entre 1931 y 1939, y Domingo resalta que esa etapa “fue un momento en el que no solo las mujeres tuvieron acceso al voto, sino a una educación”, comenta, antes de evocar que ciertos reclamos —como el derecho al aborto— ya se vislumbraban en las discusiones de entonces, incluso durante la Guerra Civil, con personalidades como Federica Montseny, ministra de Sanidad y Asistencia Social en el transcurso de la contienda.

Surge en la reunión con Bonet uno de los momentos más mencionados sobre el sufragio de las mujeres: la discusión en el parlamento del 1 de octubre de 1931 protagonizada por Clara Campoamor y Victoria Kent. Domingo rechaza la visión simplista del suceso como una mera disputa femenina y lo sitúa en su verdadera dimensión: una confrontación ideológica fundamentada y enmarcada en una realidad social específica. En aquel tiempo, Kent abogaba por posponer la inclusión del derecho al voto de la mujer en la Constitución. Por su parte, Campoamor afirmaba que era imperativo validarlo enseguida, pues, de no figurar en la Constitución, la oportunidad se perdería por mucho tiempo. Esa pugna ofrece una enseñanza esencial: no es suficiente con obtener una libertad; es preciso blindarla para evitar cualquier retroceso.
El pacto como herencia democrática.
Mientras que la entrega inicial de la autora explora la llegada del voto y la actividad pública durante la Segunda República, su obra más actual —De silenciadas a protagonistas— se adentra en 1975-1983, la etapa donde el sistema democrático comienza su estructuración institucional. En este punto, Domingo manifiesta una postura nítida frente a una controversia actual: el desprestigio hacia la Transición.

“Me parece un momento no solo muy interesante de la historia política de España, sino uno de los pocos momentos en el que todos los arcos políticos fueron capaces de ponerse de acuerdo”, sostiene. En medio de la división, defiende esa práctica del consenso como un ejemplo de salud institucional: cabe la discrepancia —y profunda—, mas existen fundamentos (educación, sanidad, derechos básicos) que tendrían que facilitar un espacio compartido. La Transición, comenta, representó precisamente eso: una tarea conjunta de renuncias y desafíos.
Las ausencias: cuando la crónica de lo acontecido se redacta sin incluirlas.
El diálogo se dirige posteriormente a un tema fundamental dentro de este especial acerca de las mujeres y la democracia: las consecuencias de que la narrativa institucional casi no las mencione. Carmen Domingo lo expone de forma tajante: frecuentemente no ocurre que se olvide el legado femenino, sino que se impide su creación. Respecto a diversos escritos y recuerdos de aquel periodo concluye: “Te los lees y dices: ‘hombre, no había ni una señora a la que mencionar’, cuando tú sabes objetivamente que sí que la había”. Su referencia fundamental es Carmen Díez de Rivera, quien lideró el Gabinete de la Presidencia junto a Adolfo Suárez desde julio de 1976 hasta mayo de 1977, una personalidad clave de ese tiempo trascendental que apenas figura en los relatos biográficos.

Domingo afirma —destacándolo como una queja— que diversos relatos biográficos y memorias suelen excluirla o limitarla a una participación secundaria, pese a que, según su opinión, su mediación resultó fundamental en determinaciones cruciales de aquel tiempo. Lo expone como una narrativa incompleta: si se ignora la labor y figura femenina en los textos, estas desaparecen del recuerdo común.
Violencia y reglamentación: lo que se retrasó excesivamente.
Bonet plantea un nuevo cambio de época en el diálogo: por mucho tiempo, las agresiones sexuales y el maltrato hacia las mujeres se clasificaban como simples noticias de sucesos o crímenes pasionales. Domingo aclara: no se trataba de una ausencia de estos hechos, sino de una falta de leyes bajo la perspectiva que actualmente vemos como esencial. Además, señala que desde la década de los setenta surgieron foros donde se comenzó a dar nombre a tales conflictos, tales como las I Jornadas por la Liberación de la Mujer, organizadas en Madrid durante diciembre de 1975, y, especialmente, las Primeras Jornadas Catalanas de la Mujer, llevadas a cabo en Barcelona del 27 al 30 de mayo de 1976, un momento clave para el renacimiento feminista durante la Transición.

Feminismo hoy en día: más desconcierto que tedio.
Bonet le interroga sobre la razón de la actual visión negativa hacia el feminismo, sugiriendo un posible cansancio o que la discusión ya ha concluido. Domingo no coincide con tal análisis: “No creo que exista un hartazgo del feminismo, sino que la gente no sabe exactamente lo que es”, sostiene. Según su perspectiva, este equívoco resulta perjudicial, pues si el feminismo deja de concebirse como “una herramienta política para desarrollar la igualdad en una sociedad”, resulta sencillo presentarlo como una disputa de identidad y exclusión.
Las personas desconocen en qué consiste con precisión el feminismo.
En su réplica, Domingo resalta el modo en que se ha divulgado —e ideologizado— el vocablo en épocas recientes, hasta tal punto que, comenta, numerosos ciudadanos ya no distinguen su significado al emplearse en la charla pública. El desenlace, alerta, es un espacio ideal para el desprecio y el estrépito: no porque la meta se haya extinguido, sino porque se ha tergiversado su trasfondo.

El sistema democrático y el riesgo de descrédito: “yo obligaría al voto”
Al tratar cuestiones contemporáneas —polarización, desinformación, erosión de las instituciones—, Domingo diferencia el temor a un quiebre de época de una amenaza callada: la pérdida de prestigio de la política. Esto le inquieta ya que, según afirma, la política tiene que ser el instrumento mediante el cual una comunidad dirige las labores del Estado y salvaguarda el Estado del bienestar.
Y en ese punto surge uno de los momentos más claros del diálogo, mientras se discute sobre plataformas digitales y propuestas de no votar. Domingo lo expresa de forma tajante: “Yo obligaría al voto”. No busca provocar, sino proteger el acuerdo democrático: es posible votar en blanco, penalizar o demandar; no obstante, alejarse de las urnas —señala— entrega el espacio a los demás. Dentro de un programa dedicado a los 50 años de democracia, tal afirmación actúa como una advertencia: el sufragio no representa únicamente una facultad; constituye el engranaje que mantiene todo lo demás.
Yo impondría el sufragio obligatorio para resguardar el acuerdo democrático: se permite votar en blanco, sancionar o reclamar, pero abandonar la participación ciudadana le otorga el camino libre a terceros.
Docencia y coeducación: la igualdad que beneficia a la comunidad.
Al abordar un concepto vinculado a la filosofía de Simone de Beauvoir —modificar la realidad social femenina altera el tejido de la comunidad—, Carmen Domingo traslada este análisis hacia el ámbito pragmático. Admite que la transformación se ha alcanzado “en parte”, aunque advierte los elementos pendientes para consolidar dicho progreso: enseñanza mixta y un “convencimiento compartido, nuestro y de ellos”.
Domingo sostiene que la equidad no debe considerarse un tema exclusivo de un sector, restringido a la población femenina. “No es una cosa solo de la mujer”, afirma. Y lo justifica mediante un caso simple: cuando una mujer alcanza estudios universitarios, el efecto positivo trasciende su persona. No solo progresa su propia existencia o la de su descendiente; igualmente beneficia a su hermano, a su compañero, a su núcleo familiar y a la comunidad que la rodea. Dicho de otro modo: las garantías fundamentales de las mujeres expanden la prosperidad de toda la sociedad.
Domingo recalca que la paridad no puede abordarse como un tema de un solo sector, restringido exclusivamente a las mujeres.
Por esta razón insiste tanto en la coeducación. No es suficiente que las mujeres detecten la disparidad y la analicen; es necesario que los hombres asimilen que el progreso hacia la igualdad no los perjudica, sino que potencia al tejido social en su totalidad.
Al analizar la actualidad, Domingo retoma su habitual aviso: la pérdida de confianza en las instituciones y las noticias falsas desgastan internamente los logros alcanzados. Debido a ello, recalca la importancia de involucrarse y de contar con una narrativa integral. Asimismo, en el diálogo que clausura este monográfico de Gobierno de España, se concluye que, cincuenta años después, el sistema democrático continúa exigiendo idénticos pilares: recuerdo para comprender nuestro origen, implicación para definir el rumbo futuro y un relato que incluya plenamente a las mujeres.