Ana Aznar, psicóloga infantil: “Hay niños para quienes el verano no es descanso, sino soledad, aburrimiento o conflicto y no podemos asumir que todos lo viven igual”
BIENESTAR
“Es importante darle nombre a lo que sienten los niños, porque a veces experimentan emociones sin entenderlas”, apunta la psicóloga infantil e investigadora para Guyana Guardian

Ana Aznar, psicóloga infantil, conferenciante, investigadora, y autora

El final de curso puede ser una montaña rusa emocional para los niños, y también para los padres. Entre los exámenes, los actos escolares, las funciones y el agotamiento general, es normal que los niños lleguen al verano con una mezcla de emociones. Algunos lo viven como un alivio, mientras que otros, incluso si están agotados, sienten inseguridad o tristeza por los cambios que trae el fin de curso. Ana Aznar, psicóloga infantil, explica para Guyana Guardian cómo los niños experimentan esta etapa emocionalmente y ofrece claves para que los padres puedan acompañarlos durante este proceso.
Desde la nostalgia por los amigos y profesores hasta el vacío posterior a los exámenes, Ana, fundadora y CEO de REC Parenting, nos ayuda a entender cómo apoyar a nuestros hijos para que vivan este cierre de curso de manera saludable, tanto a nivel emocional como familiar.
A veces también se sienten perdidos, como si no supieran qué hacer ahora que ha desaparecido esa presión constante que ha marcado su rutina
¿Cómo suelen vivir los niños el final de curso desde un punto de vista emocional?
Todos los niños llegan a las vacaciones agotados. Entre el final de curso, los exámenes, los actos escolares, los días de deporte, las funciones y el calor, la recta final se convierte en una verdadera maratón. Y no solo ellos, los padres también llegan cansados. Mientras muchos niños esperan las vacaciones con ilusión, otros no tanto; a algunos les preocupa quedarse solos, aburrirse o que, al regresar después del verano, las cosas hayan cambiado con sus amigos del colegio. Además, hay niños que viven en situaciones familiares difíciles: con conflictos en casa, abandono o incluso abuso. Para ellos, el verano puede ser un tiempo de angustia y miedo. Por eso, tanto padres como educadores no podemos dar por hecho que todos los niños ansían las vacaciones, ya que para muchos el colegio es un espacio seguro y estructurado que les brinda estabilidad.
Es importante observar cómo están los niños: cómo se comportan, si comen y duermen bien, si están más irritables o tranquilos de lo habitual, o si parecen más preocupados de lo normal... Esas señales pueden indicarnos que algo está pasando.

¿Qué consejos le daría a las familias para ayudar a los niños a cerrar el curso escolar de forma emocionalmente saludable?
A mí me gusta aprovechar el final de curso para sentarme con los niños y analizar juntos cómo ha ido todo: qué les ha gustado, qué no, qué ha funcionado y qué no, qué les ha ayudado y qué les ha resultado difícil. La idea es ver qué podemos mejorar para el próximo año, y eso a todos los niveles: a nivel académico, a nivel de amigos, en casa, a nivel de rutina… Incluso es un buen momento para hablar de las notas, pero sin enfocarnos solo en los resultados, sino como una parte más del panorama general.
Si al niño le va mal, se nos hunde, si se ha esforzado y suspende, y encima nosotros solo le damos el valor a la nota, se hunde más
Las notas dan información sobre el rendimiento del niño, pero no son la única fuente que debemos considerar. Es fundamental también escuchar al niño, entender su opinión, cómo ha vivido el curso, y qué podemos hacer para mejorar de cara al año que viene. A mí me parece una conversación muy valiosa para cerrar el curso, que además puede abrir paso a otra conversación sobre cómo queremos vivir el verano: qué planes tenemos, qué nos apetece hacer y cómo organizarnos para disfrutarlo.
Después del esfuerzo de los exámenes o evaluaciones, algunos niños sienten un vacío o una bajada emocional. ¿Es normal? ¿Cómo pueden los padres acompañar ese proceso?
El bajón después de los exámenes es muy habitual. Los niños pasan semanas, incluso meses, sometidos a un alto nivel de estrés y ansiedad, dedicando casi todo su tiempo a estudiar. Duermen menos, se sienten agotados y, cuando termina esa etapa, se desinflan. A veces también se sienten perdidos, como si no supieran qué hacer ahora que ha desaparecido esa presión constante que ha marcado su rutina. Y, además, se suma la angustia de esperar la nota, lo que hace que este sea un momento especialmente difícil.
Es cierto que, como padres, no siempre podemos controlar todo. Lo que sí podemos hacer es acompañarlos, asegurarnos de que durante esos días duerman bien, se mantengan activos, coman adecuadamente, vean a sus amigos y se diviertan, y estén tranquilos. Y, sobre todo, decirles que pase lo que pase, estaremos ahí para ellos, porque se han esforzado y han dado lo mejor de sí. Además, no debemos fijarnos solo en las notas; esas solo reflejan cómo ha rendido nuestro hijo en un momento concreto de su vida, pero no define su valor como persona.
Hay muchos niños que tienen muchas ganas de vacaciones y otros no tanto, a lo mejor les preocupa quedarse solos o aburrirse
Si al niño le va mal, se nos hunde, si se ha esforzado, suspende y encima nosotros solo le damos el valor a la nota, se hunde más. Claro que debemos exigirles, pero siempre respetando sus capacidades. Un niño no vale más ni menos según la nota que saque, y ese es un mensaje fundamental que debemos transmitirles. Y si en algún momento se vienen abajo, nosotros tenemos que estar ahí para apoyarlos y ayudarles a levantarse.
Muchos niños experimentan nostalgia al terminar el curso, sobre todo si hay cambios de profesores, compañeros o etapa educativa. ¿Cómo pueden gestionar estos sentimientos?
La nostalgia es un sentimiento positivo: si la sientes, significa que has sido feliz, ya sea en el colegio, con tus amigos o con tu profesora. Es importante ayudar a los niños a poner nombre a lo que sienten, porque a veces experimentan emociones que no logran entender. Muchas veces lo sienten físicamente, por ejemplo, en la tripa, pero no saben identificarlo. Por eso, es importante hablar sobre esos sentimientos y ayudarles para que entiendan que el próximo año probablemente será igual de bueno o incluso mejor. Reconocer y ponerle nombres a las emociones es la clave para que los niños aprendan a gestionarlas.

Como padres, tendemos a querer proteger a nuestros hijos de cualquier sufrimiento. No queremos que estén tristes, enfadados o que sientan nostalgia. Pero ese deseo, aunque comprensible, es un error. Los sentimientos negativos forman parte de la vida, y los niños, inevitablemente, los van a experimentar: van a fracasar, se van a frustrar, van a perder. Nuestro papel no es evitarles el malestar, sino darles las herramientas para que puedan entenderlo y gestionarlo. Si evitamos que lo vivan, no les estamos ayudando a desarrollarse, les estamos dejando sin recursos para enfrentarse a la realidad.
Al final, los padres no siempre pueden estar ahí para proteger a sus hijos en cada momento difícil. Cuando enfrenten problemas sin nuestro apoyo, puede que se vengan abajo. Por eso, hay que acompañarles ahora, dándoles las herramientas necesarias para que aprendan por sí mismos.