Bienestar

Elvira Perejón, experta en crianza: “Quien te prometa que tu hijo nunca tendrá un berrinche te está mintiendo o no sabe nada de desarrollo infantil”

Educación

La especialista en estimulación insiste en que los niños necesitan de acompañamiento para estos procesos, naturales durante su desarrollo

Elvira Perejón: “Una rabieta no es un show para fastidiarte. Es un desborde emocional de un cerebro inmaduro que necesita tu ayuda, no tu indiferencia”.

Elvira Perejón: “Una rabieta no es un show para fastidiarte. Es un desborde emocional de un cerebro inmaduro que necesita tu ayuda, no tu indiferencia”.

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Las rabietas son una manifestación común en el desarrollo infantil y, aunque suelen ser difíciles de manejar, forman parte del aprendizaje emocional de los niños. Suceden entre el primer y los cuatro años de vida, momento en el que aún están desarrollando su capacidad para regular sus emociones, expresar lo que sienten con palabras y entender límites.

Un comportamiento que puede resultar desesperante para algunos padres, que los consideran un acto de desobediencia intencional, en lugar de una oportunidad para enseñar habilidades que podrían resultar clave en ámbitos como la comunicación o la empatía.

Las rabietas son comunes en niños de entre 1 y 3 años, aunque pueden llegar a alargarse hasta edades mayores.
Las rabietas son comunes en niños de entre 1 y 3 años, aunque pueden llegar a alargarse hasta edades mayores.Freepik

Como en todo, siempre está quien dice saberlo todo. La típica madre que opina que si un niño tiene una rabieta es porque no se le presta atención. O el típico padre que dice que es al contrario, porque se le presta demasiado. Tampoco se puede olvidar a los que dicen que lo mejor es “no hacerles ni caso”.

La experta en crianza y estimulación Elvira Perejón habla precisamente de ello en una de sus últimas publicaciones en su cuenta de Instagram. Las rabietas son lo que son y parte del desarrollo. Evitarlas es imposible y, como ella misma señala, intentarlo puede incluso ser contraproducente. Perejón recomienda huir de cualquier persona que prometa que diga que los niños nunca tendrán un berrinche. “Te está mintiendo, no sabe nada de desarrollo infantil o las dos cosas”.

Como indica Perejón, las rabietas son parte del crecimiento, como los dientes de leche o las rodillas peladas; el resultado de un cerebro inmaduro que necesita aprender a manejar sus frustración, sus emociones aún por desarrollar. 

“No son caprichos. Son necesarias para el desarrollo emocional y cerebral de tu hijo”, escribe. “Tu hijo explota. No puede pensar ni calmarse solo, Necesita que tú seas regulador externo”.

Las rabietas pueden durar hasta los siete años -hay que tener en cuenta que no todos los niños tienen rabietas, ni a todos les duran lo mismo-, por lo que entrar en un bucle sinfín de discusiones no es la mejor opción. Lo importante no es evitar las rabietas. Lo importante es acompañarlas con calma, firmeza y conexión; porque cada rabieta bien acompañada es un paso más hacia un peque que sabrá gestionar sus emociones, como señala la experta.

Cómo ayudar a un niño durante una rabieta

  1. Explicar al pequeño por qué decimos “no” a su petición o comportamiento. A pesar de que lo comprenderá por entero, puede funcionar. De manera tranquila y con palabras sencillas de entender por el niño, se puede explicar por qué no es posible lo que quieren en ese momento.
  2. Dejar que exprese su frustración libremente. No ignorarlo en ningún momento y estar presentes, hacer que se sienta acompañado durante esa liberación de tensión.
  3. Mostrar empatía y dar voz a sus sentimientos. Hacerle sentir comprendido puede ayudar en el proceso y encontrar la tranquilidad, aceptando la situación.
  4. Permanecer a su lado y plantear posibles alternativas. Escuchar que hay una salida a la negativa puede deshacer el bucle en el que ha sumido el pequeño.

Sobre todo, es importante mantener la calma. Los gritos, las pataletas y demás exaltaciones son algo totalmente normal y natural para descargar la tensión. Enfadar solo provocará que su frustración aumente, la rabieta empeore y el humor de los padres sea incluso peor.