Begoña del Campo, psicóloga: “Se puede ser adicto a la dopamina, pero no a la serotonina, porque no puedes ser adicto a la felicidad”
Consejos útiles
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Begoña del campo, psicóloga: “Se puede ser adicto a la dopamina, pero no a la serotonina, porque no puedes ser adicto a la felicidad”

¿Se puede ser adicto a la felicidad? La respuesta es clara y concisa: no. Así lo ha explicado la psicóloga Begoña del Campo en su visita al podcast de Wall Street Wolverine, centrándose principalmente en las diferencias entre dos neurotransmisores fundamentales para el bienestar humano, la dopamina y la serotonina, y como actúa en nosotros.
Según afirma, mientras la dopamina puede generar dependencia, la serotonina no, ya que esta última está vinculada a un estado de equilibrio y plenitud emocional. “La dopamina es muy adictiva, la serotonina no, o sea, nunca puedes ser adicto a la felicidad, es imposible”, remarca.
¿Qué produce la dopamina y la serotonina?
Begoña del Campo aclara que la dopamina y la serotonina cumplen funciones muy distintas en el cerebro. “La dopamina es el neurotransmisor del placer. La serotonina es el neurotransmisor de la felicidad”, empieza detallando. La primera, explica, está relacionada con la búsqueda constante de estímulos que produzcan satisfacción inmediata, mientras que la segunda se asocia a estados de calma, conexión y bienestar sostenido en el tiempo.

“¿Se puede uno volver adicto a la dopamina? Sí, constantemente”, señala la psicóloga. Para ilustrarlo, pone ejemplos cotidianos: “Empiezas yéndote de viaje un fin de semana a un parador, luego hay que ir a París, luego hay que ir a Nueva York, o sea, cada vez más. ¿Por qué? Pues porque genera adicción, es decir, habituación, y cada vez hay que darle más”. Esta necesidad progresiva de estimulación es lo que convierte a la dopamina en una sustancia tan adictiva dentro de los circuitos cerebrales, y como toda adicción, es peligrosa.
En cambio, sobre la serotonina explica que “es esa fase en la cual tú estás tranquilo, tú te despiertas al lado de una persona y te sientes en paz. Eso es felicidad y eso es serotonina. Es imposible volverse adicto a la serotonina. No existe la posibilidad”. La psicóloga insiste en que este neurotransmisor no genera picos intensos de placer, sino una sensación estable y profunda de bienestar que no depende de la búsqueda constante de estímulos externos.
Del Campo también avisa sobre los peligros del exceso de dopamina en la sociedad actual en la que vivimos, especialmente por el uso constante de dispositivos tecnológicos. “Todo esta adicción que hay al móvil es porque realmente genera dopamina, microchutes de dopamina. Es como un goteo, pum, pum, pum, dopamina, dopamina, dopamina”, describe. Esa sobreestimulación continua lleva a que el cerebro “cada vez necesite más para estimular a la siguiente neurona”, lo que puede acabar dañando las conexiones neuronales por exceso.
Son inversamente proporcionales, es decir, a más dopamina, menor serotonina
Por último, la psicóloga ha querido remarcar que ambos neurotransmisores están fuertemente relacionados entre sí, de manera inversa. “Son inversamente proporcionales, es decir, a más dopamina, menor serotonina”, y añade que desde la neurociencia esta relación explica en parte “por qué la gente cada vez está menos feliz”.
El contenido inmediato genera dopamina y crean adicción sobre todo en jóvenes
En la era del contenido 'fast', de consumo inmediato, las redes sociales y los teléfonos móviles se han convertido en auténticas máquinas de generar dopamina. Cada notificación, cada like o cada nuevo vídeo activa en el cerebro el sistema de recompensa, tal y como explicaba Del Campo, que es el mismo circuito neurológico implicado en las adicciones.

Sin ir más lejos, la Sociedad Española de Neurología alerta sobre los peligros del uso excesivo de las redes sociales, sobre todo en niños y adolescentes, para la salud cerebral, ya que esta estimulación constante genera una respuesta similar a la del consumo de sustancias, reforzando el hábito de revisar el móvil de forma compulsiva.
Aplicaciones como TikTok o Instagram, que tienen algoritmos diseñados para ofrecer recompensas inmediatas, en forma de videos, alimentan esa búsqueda incesante de placer instantáneo. En los jóvenes, los efectos son aún más marcados porque el cerebro aprende a depender de esas dosis de dopamina para sentirse estimulado. Así pues, el contenido rápido, breve y visual se convierte en una dosis constante de satisfacción fugaz, a costa de nuestra capacidad de concentración, memoria, toma de decisiones y de la creatividad.
