Judit Villena, psicóloga en una residencia: “Lo que a la gente mayor le cuesta más de aceptar no es que los hayan llevado a otro lugar, sino lo que escapa a su control”
Atención personalizada
La psicóloga cuenta con seis años de experiencia en residencias, durante los cuales ha podido observar cómo es el proceso de adaptación de las personas mayores

Judit Villena se especializó en psicogerontología

A lo largo de nuestra vida atravesamos diferentes etapas vitales, cada una con sus retos, aprendizajes y adaptaciones. En las últimas fases, cuando el envejecimiento comporta nuevos ritmos y necesidades, las residencias asumen un papel clave no solo en el cuidado físico, sino también en el acompañamiento emocional de las personas mayores. Un equipo transversal, formado por trabajadores sociales, médicos, fisioterapeutas y psicólogos, entre otras muchas figuras, trabaja conjuntamente para garantizar su bienestar. Judit Villena, psicóloga general sanitaria, forma parte de este equipo en una residencia.
La experta explica que su vocación nació por una cuestión personal. “Siempre me ha gustado mucho la temática de las personas mayores por el vínculo que yo tengo con mi abuela”, dice. Pronto, durante la carrera, descubrió que las asignaturas sobre gente mayor solo llegaban hasta los 65 años. “Parece que a partir de esta edad no hay nada más. No hay una especialización dirigida al sector de la población mayor, que también tiene sus características y peculiaridades”, apunta.
Para profundizar, Villena cursó el máster en Psicología General Sanitaria y se especializó en psicogerontología en la Universitat de Barcelona. Fue en este momento cuando conoció el modelo de Atención Centrada en la Persona (ACP). “Es el modelo que está marcando las directrices de cómo tiene que ser una residencia y otros centros. Lo que intenta es que las residencias, que al final son estructuras en las cuales convive mucha gente con sus características, hábitos y manías, sean lo más parecidas a un hogar”, explica Judit.

Este enfoque pretende “dejar de lado el modelo de macrorresidencia, donde es mucho más complicado llevar a cabo una atención personalizada, porque no es lo mismo tener 60 residentes que 300”, continúa. Un método que nace para combatir una concepción antigua: “Históricamente, las residencias han sido cementerios de elefantes. Tú dejabas a tu familiar allí, por los motivos que fueran, y el estigma era que lo abandonabas”.
El acompañamiento psicológico, clave en la adaptación
Con seis años de experiencia en residencias, Villena ha observado de cerca todos los retos del proceso de adaptación en estos centros. “Hay dos grupos: las personas que tienen un deterioro cognitivo, ya sea moderado o severo, y las personas que no tienen o lo tienen en una fase muy leve y están muy conectadas con su entorno y son conscientes de dónde están”, relata.
En el primer caso, la adaptación es menos emocional. “Ellos no son conscientes de donde van, viven en su realidad, que puede ser una época del pasado muy concreta o una niebla de recuerdos”, apunta Villena. Los efectos en ellos se manifiestan a nivel orgánico, con cambios en las rutinas de sueño o en la alimentación. En el segundo grupo, las emociones son mucho más visibles. “Lo que más noto es la tristeza, sienten que ya no controlan nada de su entorno. Lo que más les cuesta de aceptar no es que los hayan llevado a otro lugar, sino lo que escapa a su control, como que sus rutinas cambien”, afirma la psicóloga.
Lo que más noto es la tristeza, sienten que ya no controlan nada de su entorno
Otra emoción muy frecuente en esta fase es “la soledad no deseada”, puesto que, aunque estuvieran solos en casa, era un espacio conocido. “Aquí están rodeados de muchísima gente con su personalidad, manías y formas y, muchas veces, no pueden hablar con nadie”, añade. Tanto en un caso como el otro, lo que también influye en esta adaptación es si la decisión ha sido voluntaria o involuntaria, puesto que unos ya habrán aceptado su destino y otros no lo entenderán.
De una manera u otra, desde el primer momento, se inicia una intervención psicológica individualizada. “La aproximación siempre se tiene que hacer desde la validación, entendiendo lo que está pasando la otra persona y su contexto. Muchas veces, solo con que los sostengas emocionalmente, que los escuches de manera empática, ya los reconforta. Al final, necesitan mucho desahogo emocional y una figura referente, alguien a quién dirigirse dentro de un entorno desconocido”, asegura Judit.

También juega un papel importante la implicación de todo el equipo. “Muchas auxiliares me han venido a decir: 'Lo estaba duchando y ha vuelto a llorar porque ha recordado su mujer, que murió hace tres meses’. Al final, comparten momentos muy íntimos como es una ducha, levantarlos de la cama... Las ven a todas horas cada día del año”, narra Villena.
Mantener la utilidad y la identidad
A partir de esta escucha cercana y con la colaboración de las familias y el equipo, se pueden tomar decisiones para facilitar la integración, como agrupar perfiles similares en las mesas del comedor para favorecer vínculos. En esta línea, la psicóloga destaca dos pilares esenciales en la adaptación. El primero es sentirse útil: “Las personas mayores lidian mucho con la concepción que son una carga o una molestia. Nuestra sociedad premia la productividad y el capitalismo, pero ellos, que han dejado de producir a nivel económico, parece que dejen de importar”.
Además, en las residencias se les da todo hecho, y esto limita su autonomía. “Les ponemos de comer, se lo damos si hace falta, los lavamos, los levantamos, los ponemos en la cama... No los dejamos hacer nada de lo que hacían en su casa”, explica la experta. Por eso, el modelo ACP invita a los residentes a participar en tareas cotidianas dentro de sus capacidades, como poner la mesa o barrer.

Unas acciones que pueden llegar a ser muy efectivas. “Nosotros hacemos un programa de actividades muy enfocado a mejorar su deterioro, tanto físico como cognitivo, y su bienestar emocional. Pero, para ellos, algunas de las actividades son casi ortopédicas porque en su vida diaria no realizaban estimulación cognitiva. Entonces, quizás a ellos les hace sentirse mejor y útiles poder ayudar, que no que el fisioterapeuta los haga hacer ejercicios o que yo les haga preguntas de memoria”, expresa la psicóloga.
No son un residente más. Quiénes son no tiene que quedar supeditado ni a su edad o etiqueta
El segundo pilar es mantener la identidad. “No son un residente más. Quiénes son no tiene que quedar supeditado ni a su edad o etiqueta, ni a su característica física o estigma. La mujer que llora no es una llorona. Es una persona que, quizás, está triste porque siente cierta nostalgia de lo que ha perdido. Es importante que ellos se sientan ellos mismos, que formen parte de esta comunidad que es una residencia”, manifiesta.
Diferencias entre hombres y mujeres
Dentro del amplio abanico de residentes, Villena percibe diferencias claras según el género. Las mujeres “antes que mujeres son cuidadoras y esto se nota mucho cuando entran en una residencia”, comenta la psicóloga. Lo que sí manifiestan “es una necesidad de hablar y desahogarse, se ventilan emocionalmente. Solo por eso ellas se reponen más”.

En cambio, los hombres viven la masculinidad como un límite. “No lloran, siguen adelante, aguantan, tienen que imponerse, tienen que dominar. No admiten nada, ni lo verbalizan. Y, a la mínima que se rompen, intentan parar la conversación o te piden perdón. A mí esto me lo han hecho mucho, pedirme perdón enjugándose las lágrimas. Yo les digo: ‘Si necesitas llorar, llora. Ya bastante has aguantado toda la vida’. Lo ven como un fracaso, el ser vulnerable”, relata.
Mejorar el bienestar
A pesar de los adelantos del ACP, Judit Villena considera que todavía hay margen de mejora. “Lo primero que se tendría que hacer es dejar de decir lo que creemos que sienten o padecen y darles un altavoz a ellos. Creo que es primordial porque muchas veces nosotros estamos hablando desde nuestra perspectiva y generación y quizás no estamos acertando porque no los estamos escuchando”, reflexiona.

“Me gustaría dar voz a estas personas que todavía la tienen y que, muchas veces, se las aparta de la comunidad, desaparecen, se las invisibiliza. Y ya bastante han callado. Son una generación muy silenciada como para continuar silenciándolos”, manifiesta. También subraya la importancia de fomentar vínculos con profesionales y familias, formar a los equipos en salud mental y ofrecer un acompañamiento preventivo a nivel emocional.
Romper el estigma
A pesar de que la concepción de las residencias ha evolucionado, todavía persiste cierto estigma. “Hay que romper la idea que las residencias son cementerios de elefantes. Ahora, con el modelo ACP, se están convirtiendo, sobre todo, en casas grandes, donde conviven”, señala la profesional antes de añadir: “Lo que cuesta más de entender a la sociedad es que entrar en una residencia no significa rendirse, ni dejar de ser una persona. Tú puedes continuar haciendo tus cosas allí, puedes continuar siendo tú y sentirte útil”. Para la psicóloga es esencial entender que “las personas mayores no dejan de sentir, ni de querer, ni de sufrir lutos. De hecho, sufren el último luto, que es el final de su etapa y, para mí, el luto más grande que tienen que hacer”.

También insiste en que hay que tratarlos como personas y no como estigmas. “Las personas con demencia, por ejemplo, continúan siendo personas. No son su demencia, no son su llanto, su grito o su alteración. Es una persona que ha tenido una trayectoria, que ha vivido cosas buenas y ha sufrido pérdidas. Es importante mantener eso, que no se los infantilice, que no se los etiquete”, afirma.
Con su experiencia, Judit Villena ofrece una mirada cercana y humana sobre la vida en estos centros, valorando el cuidado emocional como un elemento fundamental en esta etapa. Las residencias ya no son solo un recurso asistencial que atiende físicamente a sus habitantes, sino que se convierten en lugares donde vivir y construir relaciones. Hablar de estos espacios es hablar de vidas en transformación, de entornos donde las personas mayores continúan desarrollándose y dando sentido a su día a día.