Cada vez más españoles viven en una casa prefabricada: “Se reducen muchos de los errores humanos de los pisos tradicionales”
Vivienda
Elena Pereira, de Modular Home, explica los beneficios de apostar por este tipo de vivienda

Casa prefabricada de Modular Home.

“Construir mejor, más rápido y con menos impacto no es una moda, es una necesidad”, afirma Elena Pereira, directora de Marketing de Modular Home, en declaraciones para Guyana Guardian. Es un hecho que la crisis de la vivienda ha acelerado el interés por las casas prefabricadas, pero este tipo de viviendas es, en realidad, una evolución lógica del sector, del mismo modo que ya ocurrió en la automoción. En países como Alemania, Suecia u Holanda, esta forma de construir es una práctica habitual desde hace décadas.
“La buena noticia es que en los últimos años España está avanzando muy rápido: cada vez hay más proyectos, más empresas que apuestan por sistemas industrializados y una mayor confianza por parte del cliente”, afirma Pereira. En 2023, el número de viviendas prefabricadas superó las 1.500 unidades anuales, y las previsiones apuntan a que en 2030 el 10% de la obra nueva sea ya industrializada.
Son totalmente personalizables y cumplen la misma normativa urbanística y técnica que una vivienda construida de forma tradicional

Pero, pese al creciente interés que despierta este modelo, el término “casa prefabricada” sigue generando incertidumbre a gran parte de la población. Junto a Elena Pereira desmontamos los principales prejuicios que todavía rodean a este sistema de construcción.
Para la gente que no haya escuchado nunca hablar de este tipo de casas: cuando hablamos de vivienda prefabricada, ¿de qué hablamos exactamente?
Cuando hablamos de vivienda prefabricada o industrializada nos referimos a casas que se construyen en gran parte en fábrica, y no directamente en la parcela. En nuestro caso, la estructura de hormigón, la fachada, la cubierta, los aislamientos, las tabiquerías y todas las preinstalaciones se diseñan y se producen en fábrica, para después trasladarse a la parcela y realizar allí el montaje final. No se trata de casas de “catálogo cerrado”: son totalmente personalizables y cumplen exactamente la misma normativa urbanística y técnica que una vivienda construida de forma tradicional.
Uno de los grandes prejuicios es que son casas “de peor calidad”. ¿Qué diferencias reales hay hoy entre una vivienda prefabricada y una tradicional?
Ese prejuicio viene de hace muchos años, de cuando lo prefabricado se asociaba a algo provisional o de baja calidad. Hoy ocurre justo lo contrario. Al construirse en fábrica, los controles son mucho más estrictos, los procesos están estandarizados y se reducen muchos de los errores humanos propios de la obra tradicional. En la práctica, la diferencia no está en la calidad final —que incluso puede ser superior— sino en la manera de construir: menos improvisación, más precisión y un mayor control en todo el proceso.

En España, la vivienda prefabricada ha pasado de ser una rareza a una opción real. ¿Qué ha cambiado en los últimos años para que este modelo empiece a despegar?
Han cambiado varias cosas al mismo tiempo: el aumento de los costes y de los plazos en la obra tradicional, la falta de mano de obra cualificada, una mayor sensibilidad hacia la eficiencia energética y, sobre todo, un cambio de mentalidad. El cliente de hoy busca certezas. Quiere saber cuánto va a costar su casa, cuándo estará terminada y cómo va a funcionar desde el punto de vista energético. La construcción industrializada ofrece respuestas claras y previsibles a todas esas demandas.
¿Quién está comprando hoy una casa prefabricada? ¿Perfil joven, familias, inversores, segunda residencia?
El perfil es muy diverso. Hay familias que buscan su vivienda habitual, parejas jóvenes que quieren una primera vivienda eficiente —y ojalá fueran muchas más—, personas que llegan tras una mala experiencia con la obra tradicional e incluso inversores que, para garantizar la rentabilidad, necesitan precios, plazos y calidades perfectamente cerrados. Lo que todos tienen en común es que valoran el control del proceso, la transparencia y la tranquilidad de saber que el proyecto no se alargará indefinidamente.

¿Cuánto tiempo pasa desde que un cliente firma hasta que puede vivir en su casa?
Depende de los trámites urbanísticos y de la complejidad del proyecto, pero si todo se trabaja de forma coordinada, el plazo total puede situarse por debajo de un año. La gran diferencia es que, una vez arranca la fabricación, los tiempos son muy fiables: no hay parones por el clima, ni improvisaciones constantes, ni desviaciones significativas en el calendario.
La gran diferencia es que, una vez arranca la fabricación, los tiempos son muy fiables
¿En qué suele equivocarse la gente al comparar precios entre vivienda tradicional y prefabricada?
El error más común es no comparar “lo mismo con lo mismo”. En una vivienda industrializada, el precio suele incluir la estructura, las instalaciones y un nivel de acabados muy bien definido. En la obra tradicional, en cambio, muchas partidas aparecen más tarde o se van sumando a lo largo del proceso. Al final, la cuestión no es solo cuánto cuesta, sino cuánto acabará costando realmente si no se ha hecho un estudio muy preciso desde el inicio.
El error más común es no comparar “lo mismo con lo mismo”
La vivienda prefabricada se asocia a sostenibilidad. ¿Es realmente más eficiente que la construcción tradicional?
Sí, lo es. Al fabricarse en un entorno controlado se reduce de forma notable el desperdicio de materiales, se optimizan los recursos y la logística, y se consiguen envolventes con un alto nivel de eficiencia energética. Además, estas viviendas se conciben desde el inicio para consumir menos energía, algo que hoy ya no es un valor añadido, sino una necesidad.

Si alguien duda entre construir una casa tradicional o una prefabricada, ¿qué debería preguntarse antes de decidir?
Debería preguntarse qué valora más: si prefiere un proceso largo e incierto o uno planificado y controlado; si le importa la eficiencia energética a largo plazo; y si quiere tener claridad en plazos y costes desde el primer momento. No se trata de decidir qué sistema es mejor en abstracto, sino de identificar cuál encaja mejor con su manera de vivir y de tomar decisiones.
