
Brindis entre amigos
Nadar de espalda
Voy a cenar con dos amigos, una poeta y un ensayista. Terminamos hablando de las familias paralelas, de los hombres que inician un affaire y acaban con una familia clandestina. La poeta nos anuncia que, según su psicoanalista, “los hombres tienen una gran tendencia a la repetición”, que no se les ocurre vivir de otro modo del que han vivido, pese a haberse dado de bruces con sus decisiones. Se chocan, repiten, y se llevan a los demás pasajeros por delante, cada vez igual. “Se separan, se casan con una veinteañera, tienen tres hijos, es todo un desastre, y luego vuelven a hacer lo mismo. No hay aprendizaje. Hay reincidencia”.
El amigo ensayista protesta, lo siente como una generalización gratuita, tal vez como un ataque: “Cuidado con la superioridad moral”, nos dice. “En la vida, a veces pasa que se te caen las llaves y, cuando estás recogiéndolas, ya eres el malo de la película. Solo pido comprensión con las flaquezas humanas, por favor”. Creo que cada uno de mis amigos, tanto la poeta como el ensayista, viste sus pesares sin confesarlos y los expresa sin darse cuenta. La poeta dice: “¿Y si tú piensas que se te han caído las llaves, pero en realidad las has tirado?” El ensayista dice que solo los escritores pensamos a través de imágenes, que basta, que es insoportable, que brindemos.

Tras brindar por las ofensas no intencionadas, yo me quedo pensando en la falacia del coste irrecuperable: a menudo continuamos con algo (una persona, un proyecto) por todo el tiempo o recursos que hemos invertido en él. Si la película es mala, nos quedamos viéndola porque hemos pagado la entrada. Si la relación ya no funciona, nos mantenemos en ella porque hemos construido un mundo juntos. A mí me aterra ver las consecuencias de este razonamiento, pero proviene de un miedo a lo desconocido, a lo que viene después de abandonar.
No es fácil, pero dejar ir tiene beneficios inimaginables. Como las cenas entre amigos, a quienes dejamos de ver cuando nos empeñamos en relaciones que no funcionan. Se puede celebrar las bodas y los nacimientos, pero también las rupturas, la liberación que tanto temíamos. Lo que dejamos de vivir por agarrarnos a lo que ya está muerto es extraordinario. Y está esperándonos.