“Me quedé sin batería”: el arte de poner excusas para no quedar con los amigos
Líos modernos
Sobre la amistad, las excusas y el arte contemporáneo de no llegar a la cita

La amistad, una relación imprescindible, se ha vuelto escurridiza

Todo el mundo quiere tener amigos pero nadie quiere cuidarlos. Tan imprescindible es la amistad que nos hemos inventado el amigo invisible, algo que, si lo pensamos bien, es lo más cómodo, te hace un regalo insulso una vez al año, se lo agradeces y no tienes que preocuparte más. No sé si a ustedes les pasa, pero cada vez es más difícil quedar con alguien. Y por supuesto, hay que hacerlo por mensajes. Quien diga que no escribe “¿quedamos?” Temblando que levante la mano. Se propone quedar pero luego no queremos ir y nos inventamos cualquier excusa. No somos por la noche la persona que hizo la propuesta por la mañana. Y a determinada hora se está tan bien en casa...
Sobre el arte de poner excusas podríamos organizar un simposio. Las hay prácticas (“me surgió algo familiar”, sí, la familia sirve para algo, lo de que el niño tiene fiebre es versátil y multiusos), hay excusas físicas (el de repente “me duele todo” es llave maestra: y demuestra que con tanto gimnasio el cansancio se ha convertido en una forma socialmente legítima de retirada); están las excusas emocionales (“estoy saturado” siempre sin profundizar, claro), tecnológicas (“me quedé sin batería”), las del despistado (in)consciente (“Ostras, pensé que habíamos quedado otro día”, el azar y la confusión son siempre un buen escudo), las de ambigüedad (“lo dejamos para otro día” que dejan la puerta abierta y cerrada al mismo tiempo), las involuntariamente reveladoras (“mañana tengo que madrugar”, como si eso antes fuera impedimento) o la excusa que más se lleva ahora y la más común y sencilla: no contestar.... Y mañana será otro día.
Evitar el contacto físico se ha convertido en tendencia. Hay pavor a verse cara a cara o simplemente a hablar
Evitar el contacto físico se ha convertido en tendencia. Hay pavor a verse cara a cara o simplemente a hablar. El otro día, un amigo (y es de los buenos), de esos que nunca tienen tiempo porque trabajan muchísimo y que estaba pasando por un desencuentro según él terrible, no me cogió una llamada. Luego se excusó por mensaje: “Ayer salí, me quiero suicidar”. Al día siguiente, preocupado, le volví a llamar por si había llevado a cabo la acción y me colgó antes de volver a escribir: “No quiero hablar, dime por aquí”... Pero vamos a ver, cómo que dime por aquí, tú de qué vas... En fin.
Cada día se publican ensayos sobre la amistad y sobre la familia elegida, sobre las bases neurológicas que la sostienen y la reciprocidad afectiva, sobre lo que duele la traición de una amiga, sobre las dificultades de mantener vínculos, sobre el ideal de amistad perfecta y tratar de entender qué lugar ocupan los amigos en nuestra vida real, con sus imperfecciones y matices, sobre el impacto de una ruptura amistosa profunda.

Durante la Navidad y el fin de año nos llegan cantidad de mensajes de grupos cuyos participantes hace años que no vemos... Lees sus buenos deseos y piensas ¿y este?, ¿sigue vivo?, ¿qué habrá sido de él? La primera frase de La conquista de la felicidad de Bertrand Russell es esta: “Los animales son felices mientras tengan salud y comida”, una frase que lo dice todo. El ser humano no. El ser humano necesita amigos, un montón de amigos a los que no llamar para no molestar y a los que mejor “decirles por aquí”. Igual que toda gran historia de amor precisa de su dosis de adversidad, quizás la amistad requiere de su ración de distancia. Cuando no existía el móvil tenía más amigos que ahora. Salvo dos amigos con los que hablo a diario, con el resto me comunico cada cierto tiempo y por mensaje.
En mi historial de llamadas hay cinco nombres que se repiten. Me reconforta saber que las amistades intermitentes pueden ser también fructíferas. Todos tenemos un amigo o amiga con quien hablamos cada dos años y cuando contesta es como si hubiera pasado una semana. En verano me encantó leer la biografía de Joni Mitchell escrita por Malka Marom. No podía ser otra persona quien la escribiera. Habían sido amigas intermitentes.

Cuenta la autora que una noche de 1966 salió por el centro de Yorkville y acabó sola en un antro donde se pidió ¡un café! Cuando se subió al escenario una joven que, con el club vacío, empezó a tocar unos acordes completamente diferentes a lo que Malka había escuchado nunca. Malka tocaba en un grupo y estaban a punto de grabar un disco, pero enseguida tuvo la sensación de que cada nota la transportaba a otro lugar y que, verso a verso, las canciones se desplegaban como una realidad tan potente que la animaban y la deprimían al mismo tiempo. Sintió que las canciones la conocían mejor que algunas personas. Se acercó a saludar a la intérprete y al día siguiente llamó al chico de su compañía para que fuera a ver a aquel talento… y el chico fue al Riverboat, y cuando escuchó a Mitchell tocar The Circle Game flipó en colores. Aquella noche Malka y Joni charlaron lo suficiente como para que Malka guardara una de las conversaciones. El entusiasmo del surgimiento.
Jankelevitch lo define como “la oscilación imperceptible de la primera iniciativa”. Se hicieron amigas íntimas durante un par de días, pero a partir de entonces la vida las llevó por caminos distintos. Mientras Malka y su grupo fracasaban y se separaban, Mitchell triunfaba por su lado grabando discos, canciones que escuchaba Malka y con las que se sentía identificada pensando incluso que algunas hablaban de ella.
Ya lo decía Jules Renard: “No hay amigos, hay momentos de amistad”
Siete años después consiguió el número de su nueva discográfica y preguntó por ella. Le dijeron que dejara nombre y teléfono y que pasarían el recado a Joni Mitchell. Al día siguiente, cuando Joni Mitchell vio aquel nombre escrito en el papel, la llamó al momento y sin dudarlo. Volvieron a verse de nuevo y grabaron la segunda entrevista que compone el libro.
Tardaron otros doce años en verse, para grabar la tercera de las entrevistas. Amigas íntimas que se vieron tres veces. Ya lo decía Jules Renard: No hay amigos, hay momentos de amistad. Ni que decir tiene que la biografía se llama Desde ambas caras, como la canción de Mitchell Both Sides Now, obra maestra sobre el paso del tiempo en cuya parte final dice:

“Hoy mis viejos amigos me parecen extraños/ Niegan con la cabeza, dicen que he cambiado/ Algo se ha perdido, pero algo se ha ganado/ En vivir el día a día/ He visto la vida desde ambas caras/ en la victoria y en el fracaso, y aún así/ solo me queda de la vida la ilusión./ De la vida, realmente no sé nada...”
Conservemos aunque sea en el recuerdo las amistades con aura. Para Walter Benjamin, el aura consistía en “una distancia tremendamente cercana”. Nadie ha explicado mejor el aura que Antonioni (al que con razón llamaban el arquitecto de la mirada) en su trilogía de la incomunicación y el vacío compuesta por La Notte, La Aventura y Eclipse, en la que los dos personajes se desean tanto que al final, cuando por fin quedan, ninguno de los dos acude a la cita. La cámara se queda observando lugares vacíos en una de las secuencias más radicales del cine: el amor no fracasa con una escena dramática, sino que simplemente se evapora. El eclipse no es astronómico, sino emocional, es el oscurecimiento de los sentimientos, de la comunicación y de la posibilidad de un sentido compartido en el mundo moderno.