Maite Muñoz, la dama del punto: “El futuro pasa por la tienda física, pero eso requiere inversión”
Moda
La fundadora y diseñadora de Lebor Gabala es un tótem del punto español desde hace más de tres décadas. En su taller de Barcelona, pasado y futuro siempre van de la mano

Maite Muñoz de Lebor Gabala
El punto es un género difícil de confeccionar y de cuidar. Sin embargo, sobre la piel, se postula como uno de los tejidos más agradables jamás creados, como un abrazo cálido que te acompaña a lo largo del día. Lo sabe bien Maite Muñoz, quien lleva más de tres décadas jugando con él y dándole forma para crear un armario eterno y de calidad bajo el sello Lebor Gabala. En su taller de Barcelona, un dúplex donde conviven prendas de archivo, muestrarios y piezas que pronto se presentarán en pasarela, la diseñadora desentraña los secretos de este suave tejido y las claves para cuidarlo como se merece.
“El pilling —las famosas bolitas que se apelotonan en el jersey— surgen cuando las fibras del tejido, hecho con lana muy suelta, se rompe por el continuo roce de la tela. Si no quieres que aparezcan, debes buscar prendas de punto hechas con galgas finas, es decir, hilos muy finos que se pasan muchas veces en la máquina”, instruye la empresaria. Y añade que para cuidarlo, lo mejor es dejarlo descansar: “Si te pones un jersey todos los días, lo machacas. Puedes ponértelo un par de días y después lo doblas bien y lo vaporizas. Así te durará toda la vida. Además, en un punto de calidad, las bolas salen con un cepillado, pero si el tejido contiene acrílico, no se desprenden nunca”, subraya la creativa.

De la escuela de pioneros españoles como los diseñadores Pedro Morago, Tucho y Mila Balado, esta amante de la moda bien hecha se ha convertido en un referente de la industria textil española, puntada a puntada. Sus diseños —en invierno con una base de lana cachemira o seda cachemira; en verano, siempre con algodones— son sinónimo de lujo artesanal y se inspiran en viajes, distintas culturas e historias personales. Mientras que su nombre evoca un libro de mitología celta, los detalles y patrones de las colecciones parten de una estética inspirada en la Eivissa de los años setenta, la admiración por el diseño italiano y la mujer contemporánea.
“Lebor Gabala es conocida por su punto. Antiguamente éramos el comodín de todas las marcas de tejido, pero al empezar ellos a hacer punto, decidimos diversificar y empezamos con tejido también, es decir, con total looks. Eso nos ayudó en su momento a mantenernos y seguir facturando. Sin embargo, ahora queremos volver al origen, centrarnos en el punto”, reconoce Muñoz, que además revela que también se plantea alejarse pronto de las pasarelas.
Queremos volver al origen, centrarnos en el punto”

El motivo de este viraje es claro: la industria está masificada y hay demasiada competencia. Es momento, dice, de dedicarse a lo que realmente supone un valor añadido para el cliente. “Los desfiles son satisfactorios, pero no responden a nuestra filosofía. La ilusión viene más del trabajo diario, de ver las prendas cobrar vida”, añade la diseñadora que ha conseguido mantenerse como firma de moda independiente en un mundo liderado por grupos textiles: “Nosotros hemos sobrevivido porque hemos priorizado ser pequeños y prudentes. No hemos querido crecer más de lo que podíamos asumir. Si hubiéramos tenido un gran inversor detrás desde el inicio, quién sabe lo que hubiera pasado. Tal vez no existiríamos ahora mismo”, reflexiona.
El invierno de Lebor Gabala se viste, por supuesto, con galga fina, mezclas de lana y pana. De patrón minimalista y teñidas en colores neutros, como el marrón chocolate, el negro y el gris, pero también en tonos vibrantes, como el verde pera, el rosa o el azul cielo, las piezas de la colección presentan una continuidad con la temporada de frío pasada. “Mantenemos sus calidades y estampados como los cuadros, espigas y picados. También tenemos una línea pintada a mano que fabricamos en blanco y luego coloreamos de forma artesanal”, destaca Muñoz.

Según esta sabia del textil, la industria se encuentra en una encrucijada, entre la despersonalización de las grandes cadenas de distribución, que ocupan gran parte del mercado y acaparan los talleres textiles, y las marcas de autor, capaces de ofrecer una identidad propia a la ciudad pero sin recursos suficientes para reforzar su presencia en un mercado colapsado.
“El futuro pasa por las tiendas propias, pero eso requiere inversión. La tienda física funciona porque da margen directo y visibilidad, pero los alquileres son demasiado caros”, augura la diseñadora, que para este 2026 únicamente pide vender mucho y aguantar en el sector: “Creemos que la entrada de un inversor sería como la lotería: alguien que quisiera relanzar la marca y heredarla”, explica Muñoz al tiempo que admira y reordena con cuidado una de las burras del espacio.
Lebor Gabala es una rara avis en el contexto actual de la moda. Una firma con historia que trabaja para crear un armario elegante que perdure en el tiempo y además arrope tanto a madres como hijas.