
Los comienzos
Lo que queda encendido
Algo de oro en la copa, doce deseos, una prenda roja, ¿lo de pasear con una maleta funcionará? Los comienzos contienen una esperanza mágica que no concedemos a los nudos ni a los desenlaces. Empezar algo implica no saber cómo continuará. Y eso, que debería asustarnos, es lo que sostiene la ilusión. Las películas con final feliz acaban donde nos gustaría que empezasen: con el problema resuelto, con el mundo a salvo, con el beso. Chocamos con el final justo antes de que alguien se queje de los pelos en la bañera o antes de que el amor se estire para seguir llegando a fin de mes. Entonces, ¿nos gustaría saber qué pasa después si lo que continúa se parece más a la vida que a una película previsible?
No sabemos cómo acaban las cosas, pero los comienzos no nos los quita nadie. Quizá por eso nos aferramos tanto a enero, pese a ser tan largo y pegajoso. Alejandra Pizarnik, un uno de enero, escribió “que este año me sea dado vivir en mí y no fantasear ni ser otras”. Albert Camus, también un uno de enero, escribió a María Casares “feliz y glorioso año a mi única” y le dibujó un sol. Un sol en una carta. Como si empezar fuese también eso, un gesto pequeño, casi infantil, una declaración sin demasiadas garantías. Ojalá mi querida Alejandra se hubiese dibujado un sol en el diario.

Empezar también es una forma de desobediencia que nos hace confiar en que no somos ya las mismas personas y en que el mundo tampoco lo será. Puede doler, pero también puede cambiar. Puede aparecer un señor histriónico con la piel naranja que quiera arrasar con todo, pero no hay cambios sin ese primer gesto casi ingenuo: mandar el mensaje, enviar un manuscrito, decir que sí, decir que no, volver a intentarlo. A veces ese gesto parece doméstico, irrelevante, sucede fuera de foco, en cocinas, en habitaciones alquiladas, viene de manos que cosen, que pagan facturas, que sostienen y cuidan. Pero así empiezan también las cosas que luego se discuten en los parlamentos.
Empezar no garantiza nada, salvo una cosa: que no todo está decidido de antemano. Y quizá por eso cuesta tanto. Porque empezar implica hacerse cargo de la esperanza. Y la esperanza, a diferencia del cinismo, no protege el cuerpo, lo deja expuesto. En mi caso, todo comenzó con cuentos sobre gallinas y gigantes de piedra. Ahora estoy en la parte del beso, lleno de flores. ¿Y después? Después no lo sé, pero que nadie nos quite los comienzos ni el dibujo de un sol.