El mayor salar de Argentina es tan grande como el Principado de Andorra
Mundo insólito
Salinas Grandes es una extensión de alrededor de 500 kilómetros cuadrados situada a los pies de los Andes

El blanco de Salinas Grandes es deslumbrante
A 3.350 metros sobre el nivel del mar, el mayor salar de Argentina no resultó un problema para la población local a la hora de bautizarlo: Salinas Grandes. Se trata de una enorme extensión plana, blanca como la leche, rodeada por montañas de color pardo y un cielo que tiene tendencia a marcar un azul cobalto, por la altitud.
Salinas Grandes es en realidad un par de lagunas endorreicas que se han secado con el paso de los milenios, pero que todavía albergan agua en su interior. Lo que los visitantes pueden observar a ojo desnudo es la costra de mineral –de unos 35 centímetros de grosor medio– que ha quedado en la superficie. Las características formas hexagonales que dibuja la sal, y que lo hacen parecer un pavimento ideado por el escritor Frank Baum, tienen que ver con las diferentes concentraciones salinas en el agua al evaporarse.

Salinas Grandes tiene una extensión de poco más de 500 kilómetros cuadrados, lo que equivale a la superficie del Principado de Andorra. No es comparable en superficie con el no muy lejano salar de Uyuni boliviano, veintidós veces mayor. Pero, aun así, es un espectáculo paisajístico y una interesante visita etnológica.
Para llegar a Salinas Grandes desde la carretera vertebral del norte de Argentina hay que subir una increíble cinta de asfalto serpenteante llamada la cuesta de Lipán que obliga a salvar el Alto de los Morados, un puerto de montaña a 4.150 metros de altitud. Si no se está bien aclimatado a esas altitudes, el dolor de cabeza y la sensación de ahogo están garantizados.
La superficie salada tiene diferentes grosores, por lo que se requiere de un guía para poder circular con seguridad
Después de disfrutar de la visión majestuosa de la cordillera andina, se desciende hasta el salar, que está guardado por la cooperativa local de las poblaciones originarias kolla y atacameña. Son las que cobran un pequeño peaje por el acceso y uno de sus miembros se añade al vehículo para guiar por el desierto blanco, especialmente para indicar por dónde no se debe circular, pues la superficie salada tiene diferentes grosores.
De hecho, al viajero le pueden entrar sudores fríos cuando recibe la información de que “en alguna ocasión la placa se ha roto y un coche se ha ido al fondo del lago”. Horrible muerte, ahogarse en una solución altamente salina. Y en caso de salvarse, a ver cómo se explica ante la agencia de alquiler del coche.

Los nativos, sin embargo, muestran gran seguridad, y orientan al visitante hasta llegar a los lugares más espectaculares del salar, allí donde aflora un agua cristalina como la ginebra y unos fondos viridianos y turquesas coquetean con dejarse ver.
Kollas y atakamas siguen explotando la salina. De hecho, abren grandes rectángulos con sierras para que el sol incida en el agua que emerge y así producir las escamas de sal que se van retirando, cada pocos días. Las cargas suelen bajar a la carretera principal en mulas. Las vicuñas, que pastorean por las orillas plantas duras como la yesca, no son domesticables, pero sí un placer para la visión.
Hábiles artesanos tallan en la sal de roca efigies de esos camélidos sudamericanos, de casitas, cardones (los gigantescos cactus de la región) y otros elementos que venden a los turistas por cantidades de dinero realmente modestas y que son un buen recuerdo de lo versátil que el único mineral comestible para los humanos –e imprescindible para su supervivencia– puede ser.
Este enorme salar es una inclemente llanura muy azotada por el viento. Hay que protegerse de las temperaturas frías, que descienden por debajo de los 0ºC en invierno, y sobre todo equiparse con unas gafas de sol solventes para evitar problemas con la cegadora luz.
Cómo llegar
Salinas Grandes se halla a 66 kilómetros de Purmamarca, a 90 de Tilcara y ya un poco más alejada de la ciudad más importante de la zona, Jujuy (130 kilómetros). El transporte público hasta el salar es irregular e incierto; la única manera segura de alcanzar el espectáculo natural es con vehículo privado.

