Entrevistas

Dolors Climent, 73 años, jubilada: “Un día entendí que mi casa ya no era mi casa, era un refugio con 39 gatos rescatados de la calle”

Testimonio

Fundadora de Gats Vilafranca, pasó de acoger gatos y cuidar colonias en la calle a levantar un refugio de mil metros cuadrados donde viven más de cien animales

Dolors Climent, 73 años, jubilada

Dolors Climent, 73 años, jubilada

Cedida

Hay quien mide la vida por décadas, y hay quien la mide por mañanas. Dolors Climent, 73 años, empieza cada día a las siete, recorre colonias, revisa agua, mantas y ojos enfermos, y termina cerca de la una sin haber dejado de pensar en un solo tema: cómo evitar que los gatos que nadie quiere acaben pagando el precio de la indiferencia. Fundadora de Gats Vilafranca, sostiene un refugio de mil metros cuadrados con más de cien animales y una rutina de 365 días al año. En esta conversación, cuenta el instante en que algo le hizo “clic”, el salto de alimentar en la calle a levantar una asociación, y el peso emocional —a veces insoportable— de ver cómo un gato doméstico se apaga “de pena” cuando lo abandonan.

Todo empezó hace 32 años. ¿Qué pasaba entonces?

Yo daba de comer a gatos en la calle. En aquella época no había la conciencia que hay ahora, ni la gente hablaba de colonias, ni de esterilización, ni de nada. Era más… “pobrecito este gato” y ya está. Yo también tenía perros, paseaba a mis perros y veía a los gatos por el barrio.

Yo estaba paseando y oí a unas personas hablando; uno dijo con toda la naturalidad que les ponía veneno, ahí fue donde hice 'clic'

Dolors Climent

¿En qué momento pasa de “pobrecito” a “esto va en serio”?

Fue un comentario. Yo estaba paseando y oí a unas personas hablando, y uno dijo con toda la naturalidad: “Yo les pongo veneno y así no van criando”. Como si estuviera diciendo “cierro el grifo”. Aquello me hizo clic. Yo pensé: vale, yo estoy aquí dándoles de comer, pero hay gente que está haciendo esto.

¿Qué le provocó esa situación?

Indignación. Y una sensación muy fuerte de urgencia. Porque entonces te das cuenta de que no es solo hambre: es que los están matando. Y encima lo dicen como si fuera lo normal. Decidí que esos gatos no iban a ir a comer a casa de esa persona. Yo empecé a ponerles comida en otro sitio. Había una casa abandonada y me metía allí para dejarles comida. Quería que tuvieran un punto seguro.

Cambió el mapa de la comida para cambiar el mapa del peligro.

Eso es. Si yo los alimentaba, tenía que asegurar que no los estaba llevando, sin querer, a un sitio donde podían acabar envenenados. Y a partir de ahí fui ampliando. Detrás había masías, había más gatos, y ya no eran solo los de mi patio. Salí del entorno inmediato.

Dolors Climent, 73 años, jubilada
Dolors Climent, 73 años, jubiladaCedida

¿Alguien se dio cuenta?

Claro. Me tiraban la comida. Esa misma persona venía y la tiraba al suelo. Un día lo vi con mis ojos. Me esperé y cuando lo pillé le dije: “¿Pero qué está haciendo?”. Y me contestó: “Esos gatos ensucian, no tienes que ponerles comida”. Y yo le dije: “Eres tú el que ensucia, porque estás tirando la comida al suelo”.

Luego llegaron las denuncias...

Sí. Decían que no se podía dar de comer a los gatos de la calle. Denuncias contra mí, “esta mujer está dando de comer”, “esta mujer tiene gatos”, cosas así. Como si mi acción fuera el problema.

¿Cómo se vive que le señalen por ayudar?

Con mucha tensión, porque tú estás intentando hacer el bien y de repente te conviertes en la que molesta. Y al mismo tiempo, te reafirma. Porque piensas: si esto les molesta, es que esto era necesario.

Usted trabajaba en una fábrica de género de punto. ¿Cómo encajaba todo esto con su vida laboral?

Yo hacía mi jornada, como cualquiera. Pero mi cabeza estaba siempre en los animales. Había un momento en que lo que yo ganaba se iba para ellos: comida, veterinario, medicación. Y yo seguía, porque si no lo hacía yo, ¿quién lo hacía? Pero todo creció demasiado. Llegué a tener 39 gatos en mi casa.

Yo no cogía gatos por capricho, eran gatos maltratados o enfermos. No podía mirar hacia otro lado y un día me di cuenta de que mi casa era un refugio

Dolors Climent

¿Cómo se llega a eso?

Rescatando. Porque no cogía gatos por capricho, eran gatos maltratados, enfermos, gatos que no podían estar en la calle. Yo iba viendo casos y no podía mirar hacia otro lado. Y un día te encuentras con que tu casa ya no es tu casa: es un refugio.

¿Recuerda el momento en que se dijo “esto tiene que cambiar”?

Sí. Llega un punto en que entiendes que así no puedes. No por voluntad, sino por estructura. Porque tú sola, en un piso, con ese número, no tienes capacidad. Y entonces, curiosamente, el ayuntamiento me dijo: “¿Por qué no haces una asociación? Con una asociación podríamos ayudarte”. Pensé que era una buena opción y gracias al control nació Gats Vilafranca.

¿Qué cambió en su día a día?

Ya no era solo poner comida. Era organizar voluntarios, gestionar colonias, atender llamadas, coordinar veterinarios, y sostener un refugio. Y sobre todo, asumir que esto es constante, los 365 días al año, no hay un “ya está”. Ellos no paran en Navidad, ni en agosto. 

Pasó por un momento de su vida que llama “pozo negro”. ¿Qué pasó ahí?

Me encontraba sola, me había separado, tenía dos hijos a mi cargo. Y veía las cosas muy negras. Muy negras. No le veía salida a nada. Los gatos me dieron ganas de vivir. Me dieron la sensación de ser útil. De poder hacer algo por alguien que lo necesitaba. Cuando tú estás mal y te levantas por otro ser vivo, eso te agarra a la vida.

¿Qué es Gats Vilafranca hoy, en cifras y en realidad?

Hoy tenemos un refugio de mil metros cuadrados. El ayuntamiento nos ayudó mucho. Tenían unas tierras en un bosque, en una zona de polígono, y nos dijeron que allí podíamos hacer instalaciones. Ellos hicieron parte y nosotros fuimos poniendo casetas, bungalows grandes, casetas de madera, camas… para que los gatos puedan dormir bien. En estos momentos hay más de cien gatos en el refugio.

¿Y cuántas personas sostienen eso?

Somos unos catorce voluntarios fijos, pero no todos pueden venir al refugio porque trabajan. En el día a día, aquí casi siempre somos dos: yo y otra persona. Los sábados y domingos viene más gente.

¿Cómo es un día a día?

A las siete salgo de casa después de haber dado de comer a los míos y voy a las tres colonias de la calle a ponerles agua, comida y sus latas. Reviso que todo esté bien, les cambio las mantas y comprueblo el estado de las casitas. Después voy a un refugio pequeño, el primero que tuvimos, a dar de comer a todos los gatos esparcidos que hay. Y luego ya voy al refugio grande. 

Cuando uno oye esto, piensa: ¿y la vida personal?

Mi familia ya lo sabe: las mañanas son para mis niños. Yo digo “mis niños” y me refiero a los gatos. Y tengo hijos y nietos, pero esto ocupa una parte enorme. A veces me dicen “un día no vengas, ya lo hacemos nosotras”. Y yo sé que algún día tendré que hacerlo, porque el agotamiento psicológico es grande, ves muchas cosas que no te gustaría, pero no me planteo dejarlo. 

Veo a gente que tira un gato por la ventana, ocupas que los mantienen en malas condiciones y que los dejan por ahí, he llegado a ver alguno atropellado, gatos abandonados en la puerta del refugio con el transportín...

Dolors Climent

Póngame ejemplos concretos, aunque duelan.

Veo a gente que tira un gato por la ventana, ocupas que los mantienen en malas condiciones y que los dejan por ahí, he llegado a ver alguno atropellado, gatos abandonados en la puerta del refugio con el transportín... Hay muchos que se nos mueren de pena.

¿De pena?

Dejan de comer, se van a un rincón y se apagan. Un gato que ha vivido en un piso con una familia, que ha tenido un sofá, compañía, rutina… cuando lo abandonan, por muy bien que lo trates aquí, hay algunos que no lo superan. Son diferentes a los perros porque ellos pueden olvidar al que lo tuvo. Yo he estado en la perrera de Vilafranca, he ayudado allí, y lo he visto. Pero un gato… un gato no funciona igual. No todos, claro.

¿Qué tipo de abandonos ve y sufre más?

El que más me rompe es el del gato mayor. La gente llama y te dice: “Ya no puedo tener el gato”. Y yo pregunto: “¿Cuántos años tiene?”. “Catorce”. Y pienso: por Dios, has tenido un gato catorce años y ahora me dices que no lo puedes tener. Ese gato aquí, muchas veces, no lo puedo tener, porque se me va a morir. Es muy duro decirlo, pero es así. Se abandonan por cambios: niños, mudanzas, separaciones, “molesta”, “me voy”, “no puedo”. Pero el gato no entiende razones. Solo entiende que lo han dejado atrás.

¿Cómo se sostiene emocionalmente alguien que vive rodeada de despedidas?

Con lo bueno. Con verlos felices. Con ver que uno estaba enfermo y lo medicas y lo salvas. Eso vale todo el esfuerzo del mundo. Eso hace que me levante con ilusión.

Hablemos del refugio. Usted insiste: “Aquí están bien, pero no es una casa”. ¿Por qué lo subraya?

Porque viene gente a adoptar y te dice: “Pero si aquí están bien”. Sí, están bien. Pero no es un piso. No es un entorno familiar. Aquí están a gusto y cuidados, pero un gato que ha sido doméstico necesita vínculo, necesita rutina de casa. El refugio es una solución, no el ideal.

¿Qué gatos recoge Gats Vilafranca?

Gatos abandonados, gatos enfermos, gatos que no pueden vivir en la calle. Hay gatos nacidos en la calle que se han acostumbrado, pero aun así, en la calle no viven bien: mal viven. Antes quizá había más comida por las basuras, ahora eso se ha acabado y necesitan más del humano. Esto de que “en la calle están mejor”, yo siempre digo que va a ser que no.

¿Recuerda algún rescate reciente que le haya marcado?

Sí. Uno de los últimos es Anubis. Es un gato negro, no era ni de Cataluña. Hicieron una llamada: era un gato de calle al que tuvieron que amputarle una pata trasera. Y pensamos: “¿qué hará en la calle con tres patas?”. Dijimos: lo aceptamos, pero que venga esterilizado, vacunado, todo en regla. Está aquí. Y es feliz. Corre, salta. A veces te sorprenden.

Ha dicho antes que “ahora se abandona mucho, mucho”. Incluso afirma que vamos a peor. ¿Por qué?

Yo lo noto. Y además, con el tema de las leyes y los controles, a veces se complica. Hay gente que cree que con leyes todo mejora, y yo siempre dije: “irá peor”. Porque luego te piden más cosas, más requisitos, más papeles, y los ayuntamientos contratan empresas, veterinarios que vienen a mirar si las colonias están bien puestas, cómo las llevas.

A la vida solo le pido que haya relevo. Que yo tengo un límite, por edad y por fuerzas. Y que esto no puede depender de una persona

Dolors Climent

¿Ha pasado alguna inspección que le parezca absurda?

Una vez vino una veterinaria de una empresa pagada por el ayuntamiento a revisar instalaciones y colonias. Y me dijo que tenía los gatos demasiado gordos. Y yo le contesté: “¿Cómo que demasiado gordos? Mire los que están enfermos, los que están delgados. No mire los gordos”. A veces parece que buscan pegas en vez de mirar lo importante: que estén atendidos.

¿Qué le gustaría que entendiera alguien que nunca ha pisado un refugio?

Que esto no es solo dar de comer. Que hay enfermedad, medicación, heridas, miedo. Y que hay emoción. Mucha. Que un gato tiene sentimientos, que echa de menos, que se rompe. Y que cuando lo abandonan, no lo están “dejando en un sitio donde estará bien”: lo están arrancando de su vida.

Si usted pudiera hablar con la persona que deja un transportín fuera del refugio y se va, ¿qué le diría?

Que se pare un minuto y lo mire a los ojos. Que piense que ese animal ha confiado en él. Que no es un mueble. Y que si no puede, que pida ayuda antes, que busquemos alternativas. Pero dejarlo así… Eso es una crueldad.

¿Qué le diría a quien aún cree que los gatos “se apañan” en la calle?

Que no es verdad. Que sobreviven como pueden, pero no viven bien. Que pasan frío, enfermedad, atropellos, venenos. Que hoy dependen mucho del humano, más que antes. Y que una colonia cuidada es un parche ante un problema que no debería existir: el abandono.

Dolors Climent, 73 años, jubilada. 
Dolors Climent, 73 años, jubilada. Cedida

Usted ha sostenido esto 32 años desde el primer gesto de dar comida. ¿Qué le queda por pedirle a la vida?

Que haya relevo. Que yo tengo un límite, por edad y por fuerzas. Y que esto no puede depender de una persona. Necesito que la gente se implique de verdad, no solo un día. Porque esto es sacrificado.

¿Qué le da miedo: el día que usted no pueda, o que el abandono siga igual?

Las dos cosas. Pero lo primero, porque lo segundo ya lo veo. Yo no me planteo dejarlo, pero sé que el cuerpo manda. Y mi mayor preocupación es que lo que hemos construido siga.

Aun así, si usted mira atrás, desde aquel comentario del veneno hasta un refugio con más de cien gatos, ¿qué siente?

Siento que valió la pena. A pesar de todo. Porque sé que muchos han tenido una segunda oportunidad. Porque veo a Anubis corriendo con tres patas. Porque veo a gatos que llegaron enfermos y ahora están bien. Y porque, aunque llore, yo con ellos soy feliz.

Usted ha dicho una frase que resume mucho: “Ellos me dieron ganas de vivir”. ¿Hoy sigue siendo así?

Sí. Cada día. Cuando me levanto y salgo, y ellos ya me esperan, es como si me dijeran: “estás aquí por algo”. Y ese algo, para mí, lo cambia todo.

Si tuviera que dejarle un mensaje breve a quien está leyendo esto y convive con un gato en casa, ¿cuál sería?

Que lo piense como familia. Que no lo abandone nunca. Que si se complica, pida ayuda, pero que no lo deje. Porque un gato no olvida así como así. Y porque a veces, el precio de ese abandono es su vida.

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