Entrevistas

Anabel Pérez expone las causas del mal genio de tu gato.

Nutrición felina

La especialista afirma que la alimentación constituye un recurso médico, no un precepto rígido; en ocasiones la alternativa más conveniente es un régimen industrial, mientras que en otros casos, se requiere un plan a medida o combinado.

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La veterinaria clínica Anabel Pérez.

La veterinaria clínica Anabel Pérez.

Cedida

Para un gato… ¿Pienso o comida húmeda? Anabel Pérez (@lanature_vet en Instagram) es veterinaria clínica con 16 años de experiencia y formación en nutrición funcional y odontología veterinaria. Frente al clásico debate alimentario, propone entender al gato como un sistema completo, donde digestión, cerebro y comportamiento están conectados.

Desde su enfoque, un gato puede estar obeso y, aun así, tener un cerebro “mal nutrido”. Por eso defiende que la nutrición es una herramienta clínica, no una ideología: a veces la mejor opción es una dieta comercial —incluso de prescripción—, otras, una estrategia personalizada o mixta. Lo esencial es que el plan sea seguro, completo y revisable. Porque cuando un gato mejora por dentro, también suele mejorar por fuera: en su peso, su energía y su comportamiento.

Se habla mucho de que el intestino es el “segundo cerebro”. ¿Podría explicarnos de forma sencilla cómo funciona esto en los gatos?

Visualiza que el sistema digestivo y la mente de tu felino poseen un canal de comunicación ininterrumpido; ese conducto es el nervio vago. Lo sorprendente es que la mayoría de las transmisiones se originan en el vientre hacia la cabeza, y no de forma inversa. En el tracto intestinal habitan millones de microorganismos (la microbiota). Si este ecosistema se encuentra equilibrado, genera elementos increíbles, como la mayor proporción de la serotonina del organismo (la hormona del bienestar). No obstante, si este equilibrio se rompe, se envían avisos de alerta e hinchazón hacia el encéfalo.

¿Y si se inflama el intestino?

Si el intestino está inflamado, las paredes se vuelven permeables y dejan pasar toxinas a la sangre que llegan al sistema nervioso. Básicamente, un intestino en guerra crea un cerebro en estado de alerta. Esto no significa que “todo sea intestinal”, pero sí que el intestino influye muchísimo en cómo se siente el gato.

Anabel Pérez está especializada en nutrición funcional de animales.
Anabel Pérez está especializada en nutrición funcional de animales.Cedida

Frecuentemente hace referencia a la idea de “hambre oculta”. ¿De qué manera es posible que un felino sienta apetito si su plato está rebosante o si padece de exceso de peso?

Esa es la gran paradoja actual. Veo en consulta muchos gatos obesos, pero que celularmente están desnutridos: están “llenos” de calorías, pero sus células no reciben el tipo de nutrientes que necesitan para funcionar bien. 

Pues sí, llama la atención.

El encéfalo, por mencionar un caso, no subsiste únicamente a base de calorías: requiere vitaminas del complejo B, minerales tales como zinc o magnesio, aminoácidos, ácidos grasos fundamentales… Si el régimen alimenticio es inapropiado para dicho ejemplar, o si existe una deficiente digestión/asimilación, el felino podría ganar peso y simultáneamente encontrarse “mal nutrido” internamente. Y en este punto deseo ser bastante precisa: esto no constituye una crítica hacia el pienso. Existen productos comerciales excelentemente balanceados e incluso regímenes clínicos recetados que resultan imprescindibles en diversas situaciones. Lo fundamental reside en que la comida sea integral, apta para ese gato, y que se complemente con una estrategia y monitoreo constante.

Una alimentación inadecuada o problemas de absor

Anabel Pérez

Veterinaria clínica

Entonces, ¿es posible que un gato con sobrepeso esté mal nutrido?

Sí, y es mucho más frecuente de lo que pensamos. Vemos gatos con exceso de peso que consumen muchas calorías, pero cuya alimentación no cubre adecuadamente las necesidades reales de sus células. El cerebro necesita nutrientes específicos para funcionar correctamente. Si estos faltan, el animal puede mostrar ansiedad, irritabilidad o conductas compulsivas. Por eso, simplemente reducir la cantidad de comida sin revisar la calidad y la adecuación de la dieta puede agravar el problema.

Usted asegura que bastantes trastornos de conducta se inician en el tracto digestivo. ¿Qué quiere decir con esto?

Se debe a que la conducta no se desvincula del organismo físico. Hay una interacción continua entre el aparato digestivo y la mente, denominada eje digestivo-cerebro. Si un felino padece trastornos digestivos —como un desajuste en la microbiota— se producen alertas inflamatorias capaces de alcanzar el sistema nervioso central, alterando su ánimo y su capacidad de aguante. Un minino que se muestra irascible o impulsivo frecuentemente no es “difícil”: simplemente es un animal que experimenta malestar en su interior.

Comer menos sin vigilar la calidad y el equilibrio

Anabel Pérez

Veterinaria clínica

Se ha indicado que el desequilibrio de la microbiota origina “señales inflamatorias”. ¿Cómo podría un propietario advertir que su gato presenta el tracto digestivo inflamado cuando no se manifiestan signos directos como el vómito o la diarrea?

Esa es una de las partes más importantes, porque en gatos el intestino no siempre “avisa” con una diarrea evidente. Muchas veces la inflamación digestiva se manifiesta de forma sutil y el tutor lo nota más por cambios de patrón que por un síntoma llamativo. Yo les pido que se fijen en si las heces se vuelven irregulares, a veces normales y otras más blandas, o especialmente olorosas, en si aparecen gases o tripa ruidosa, y en si el apetito cambia, con días de devorar y otros de rechazo o de acercarse al comedero y marcharse. También es frecuente ver náuseas discretas, como relamerse o tener arcadas sin llegar a vomitar, y señales más indirectas como un lamido excesivo, caspa o un pelo más apagado.

Y hay una clave clínica que suele orientar mucho: cuando un gato está “raro” en carácter o tolerancia, más irritable o menos sociable, y al mismo tiempo ha cambiado su digestión, su apetito o su pelo, yo siempre pienso que puede haber una inflamación de bajo grado que está afectando al conjunto del organismo, no sólo al intestino.

Usted también tiene formación en odontología veterinaria. ¿Influye la boca en este proceso?

Desde luego. Pese a que en estos momentos no paso consulta presencial, la cavidad bucal continúa siendo un elemento esencial que siempre considero. Las molestias bucales crónicas leves, incluso si pasan desapercibidas, influyen en la alimentación del animal, su preferencia por ciertas texturas y el comienzo del proceso digestivo. Cuando un felino se alimenta con malestar, su digestión se ve afectada, impactando en el organismo completo. Desatender la salud dental implica omitir un componente vital del rompecabezas.

Cuando un gato tiene un problema de salud, solemos acudir a las “dietas clínicas” de prescripción. ¿Qué diferencia hay entre ese enfoque y la nutrición funcional que usted practica?

Los regímenes alimenticios de prescripción médica constituyen un recurso de gran utilidad. Resultan fundamentales para diversos individuos, permitiendo equilibrar una patología con agilidad y confianza. El propósito de la nutrición funcional no es reemplazar dicha perspectiva, sino enriquecerla y perfeccionarla. ¿De qué manera? Consiste en no observar únicamente la “etiqueta renal” o la “etiqueta gastrointestinal”, sino en evaluar al felino de forma integral: su aceptación real del alimento, el estado hídrico, las texturas preferidas, su hábitat cotidiano, el compromiso del cuidador y, primordialmente, su progreso médico.

En ocasiones, el régimen clínico constituye el eje fundamental y no requiere mayor complejidad. En otros momentos, para asegurar el éxito del programa, resulta necesario modificar el “cómo”: dividir las raciones, variar la consistencia, elevar el nivel hídrico o favorecer la palatabilidad manteniendo siempre la meta médica. Asimismo, en situaciones particulares donde existen restricciones severas como la negativa absoluta a comer, diversas intolerancias o metas muy puntuales, es posible proponer un enfoque más a medida, actuando con juicio y precaución. En conclusión, la alimentación clínica sirve como un cimiento magnífico, mientras que la nutrición funcional ofrece una estructura para adaptar y mantener los beneficios en el tiempo.

La nutrición funcional complementa la dieta clínica

Anabel Pérez

Veterinaria clínica

Más allá de cambiar la dieta, ¿qué herramientas utiliza la nutrición funcional para mejorar estos casos?

La base siempre es la alimentación y el análisis clínico global del animal. A partir de ahí, en algunos casos concretos, podemos apoyarnos en nutracéuticos, siempre de forma individualizada y como complemento, no como solución única. Existen moléculas que ayudan a modular la inflamación y el sistema nervioso sin actuar como sedantes. Por ejemplo, la L-teanina, un aminoácido que favorece un estado de calma y una mejor regulación del estrés, o la PEA (palmitoiletanolamida), una sustancia que el propio organismo produce y que ayuda a reducir el dolor y la inflamación de bajo grado. Este tipo de apoyos no buscan “anular” el comportamiento, sino bajar el ruido interno del organismo, para que el animal pueda autorregularse mejor cuando el sistema digestivo, la boca y el entorno acompañan.

¿Debemos esperar a que el gato tenga un problema de conducta o sobrepeso para acudir a la nutrición funcional, o es una herramienta preventiva?

Se trata de un recurso con un enfoque preventivo evidente. En realidad, al actuar con antelación, la transformación tiende a resultar más sencilla y duradera. Evaluar regularmente la alimentación, el consumo de agua, el volumen corporal, la musculatura, los hábitos y la respuesta digestiva permite prevenir el desarrollo de obesidad, estados inflamatorios persistentes o afecciones urinarias frecuentes. Una vez más, evitando radicalismos: en diversas ocasiones, la prevención se logra mediante productos comerciales seleccionados adecuadamente, regulando las porciones, incrementando la hidratación y analizando los progresos. Lo fundamental reside en la metodología aplicada y el control continuo.

Revisar la dieta del gato con la ayuda de un veterinario supondrá un gran beneficio.
Analizar el régimen alimenticio del felino bajo la supervisión de un profesional veterinario resultará sumamente provechoso.Francescoridolfi.com

Nuestros felinos también atraviesan la vejez y a veces se tornan esquivos o sufren mermas en sus capacidades intelectuales, lo que denominamos disfunción cognitiva. ¿Logrará la alimentación funcional ralentizar este avance?

Puede ayudar a ralentizar y, sobre todo, mejorar la calidad de vida como parte de un plan global. En el gato senior trabajamos sobre tres pilares: mantener la masa muscular y energía, reducir la inflamación y apoyar el cerebro y el sistema nervioso con nutrientes adecuados y, cuando procede, apoyos específicos. También hay una idea clave: muchos “cambios de carácter” en mayores son dolor (dental, articular, digestivo). Por eso, antes de atribuirlo a la edad, conviene descartar causas médicas y ajustar dieta y entorno para que el gato esté cómodo.

¿Puede un ambiente estresante en casa afectar la digestión de un gato aunque coma el mejor alimento del mundo?

Efectivamente. Y tratándose de felinos, en ocasiones representa el elemento de mayor relevancia. La tensión altera el tránsito digestivo, las ganas de comer, la flora bacteriana y la asimilación. Debido a esto, aun siguiendo una alimentación impecable, si existen tensiones (hogares con varios gatos, escasez de medios, variaciones continuas o ausencia de hábitos), el sistema digestivo podría no equilibrarse. En ciertos casos, la medida más resolutiva no consiste en variar el alimento, sino en organizar el ambiente y las costumbres: áreas de alimentación independientes, horarios estables, estimulación ambiental, medios suficientes y tranquilidad.

En ocasiones, la medida más útil no consiste en variar los alimentos, sino en organizar el ambiente y las costumbres.

Anabel Pérez

Veterinaria clínica

¿Se manifiesta verdaderamente el “hambre emocional” en los felinos, o constituye meramente una reacción orgánica frente a una alimentación biológicamente deficiente?

Mi interpretación es “hambre neurobiológica”. En los felinos, esa fijación con el alimento puede originarse por variaciones de glucosa, tensiones, conductas aprendidas (comida como premio), molestias o inflamaciones leves, o por la noción de “hambre oculta” donde sobran calorías pero faltan nutrientes esenciales. No es que el felino “sea ansioso sin más”: frecuentemente su organismo demanda equilibrio biológico. Al equilibrar la alimentación, los hábitos y el hábitat, esa necesidad imperiosa de ingerir suele remitir.

¿Sería capaz de relatarnos un ejemplo verídico que demuestre cómo una modificación dietética alteró la armonía dentro de una familia?

Recuerdo el caso de Leo, un gato común, obeso, de 6 años. Sus tutores vinieron muy preocupados porque Leo se había vuelto agresivo: atacaba los tobillos, no se dejaba tocar y tenía obsesión por la comida. Al revisarlo, vi que tenía dolor en las encías (algo que había pasado desapercibido) y sus digestiones eran pesadas. No le pusimos una “dieta de hambre” estricta. Hicimos tres cosas: tratamos su boca, pasamos a una alimentación húmeda de calidad (para evitar picos de azúcar) y añadimos un suplemento con melena de león y magnesio para calmar su sistema nervioso. En unas semanas, Leo no solo bajó de peso, sino que volvió a ser cariñoso. No era un problema de conducta, sino de salud. Este caso no significa que sea la solución universal: lo importante es el razonamiento clínico y el seguimiento.

No todos los piensos son desaconsejables.
No todos los piensos son desaconsejables.Getty Images/iStockphoto

¿Qué tres modificaciones de “emergencia” tendría que implementar en la comida de su felino con el fin de comenzar a reducir dicha inflamación?

Yo sugeriría tres modificaciones sensatas y bastante factibles, siempre bajo supervisión del veterinario si el felino padece alguna patología confirmada. La primera consiste en incrementar la ingesta de líquidos, algo fundamental para los gatos: dar preferencia a la comida húmeda, incorporar algo de agua tibia si es aceptada y disponer de diversos bebederos en el hogar suele generar beneficios digestivos y urinarios notables. La segunda se basa en simplificar y dar estabilidad, optando por un alimento completo que el animal asimile correctamente y eludiendo el “ruido” de variaciones frecuentes, snacks diversos o combinaciones espontáneas que suelen agravar los procesos inflamatorios y la selectividad alimentaria. La tercera implica optimizar los hábitos y el modo de ingesta, mediante porciones controladas, repartidas en varias veces y con una consistencia agradable, sobre todo si se intuye malestar bucal o si el gato ingiere con rapidez y después experimenta molestias.

¿Qué conductas suele observar en el tutor que resultan ser totalmente desaconsejadas?

Percibo tres conductas bastante comunes de parte de los tutores que no se sugieren en absoluto:

  • Cambiar de comida cada pocos días “a ver si acierto”. En gatos, esto suele empeorar el problema, porque el intestino se vuelve más reactivo, el gato se hace más selectivo y el tutor entra en un bucle de frustración. Lo ideal es elegir una opción adecuada, hacer la transición con calma y dar tiempo para evaluar con criterio.

  • Improvisar dietas caseras sin formulación. La dieta casera puede ser una gran herramienta, pero si no está formulada, es fácil caer en déficits de nutrientes esenciales como taurina, calcio, yodo o vitaminas, o en desequilibrios que acaban afectando a la piel, a la digestión y a la energía. “Casero” no significa automáticamente “equilibrado”.

  • Demonizar un formato en lugar de mirar el caso. Ni todo el pienso es malo, ni todo lo casero es bueno. Hay dietas comerciales, incluidas dietas clínicas, que son muy útiles y necesarias en muchos pacientes. Lo sensato es preguntarse cuál es el objetivo clínico, qué tolera el gato, qué puede cumplir el tutor y cómo lo vamos a controlar y revisar.

No todo el alimento procesado es perjudicial ni

Anabel Pérez

Veterinaria clínica

Muchos tutores se encuentran con que su veterinario habitual no da importancia a la nutrición. ¿Qué les diría si quieren empezar este camino, pero no saben cómo plantearlo?

Les aconsejaría que lo propongan desde la cooperación y empleando datos constatables. A modo de ejemplo: “Me gustaría revisar la dieta porque noto X: heces irregulares, vómitos ocasionales, sobrepeso, ansiedad por comida, pelo apagado… ¿Podemos fijar un objetivo y un plan de revisión?”. El punto esencial es comunicarse mediante parámetros clínicos evaluables (peso, BCS, deposiciones, vómitos, analítica si corresponde) y asimilar que a menudo el veterinario sí estima la nutrición, pero el tiempo de atención es escaso. Y ante cuadros difíciles, no supone un problema comenzar con una alimentación comercial idónea o incluso de prescripción: lo relevante es la mejoría del gato y que el programa sea perdurable. 

Para concluir, ¿qué recomendación proporcionaría a los lectores que comparten su hogar con un gato “difícil”?

Que no normalicen el mal humor ni el sobrepeso. Un gato sano es un gato ágil, curioso y mentalmente equilibrado. Antes de asumir que es “su carácter”, merece la pena revisar su alimentación, su sistema digestivo y su boca. A veces, la solución a un problema de comportamiento no está en el adiestramiento, sino en mejorar el estado interno del animal.