Beatriz Rico, actriz: “Mantener el mismo límite de velocidad que hace 20 años en autopista no tiene mucho sentido; la conducción es más segura hoy”
VIP sobre ruedas
La artista confiesa que su pareja es el mejor acompañante de viaje en coche que puede tener: “Es el que mejor me entiende y con el que mejor me lo paso”

La actriz Beatriz Rico participó en una edición del programa 'Supervivientes'

A lo largo de los años, Beatriz Rico ha demostrado que no hay escenario que se le resista, ni público que no le ofrezca todo su cariño. Es una cara habitual para generaciones enteras: comenzó muy joven en televisión como azafata de El Precio Justo, un primer paso que marcaría el inicio de una trayectoria sólida que la llevaría a convertirse en uno de los rostros más reconocibles del panorama audiovisual español. Ha llenado teatros, ha escrito libros y se ha subido al escenario, como cantante, con la misma entrega y pasión de la que hace gala al pisar un plató.
Su nombre está ligado a éxitos televisivos como Un paso adelante, A las once en casa o Abierto 24 horas, y ha trabajado bajo la dirección de Fernando Fernán Gómez en Pesadilla para un rico, así como con José Luis Garci en títulos clave del cine español como Tiovivo c. 1950 o Historia de un beso. Hace un tiempo decidió abandonar Supervivientes 2025 por motivos de salud, priorizando su bienestar tras unas condiciones extremas, y regresó de inmediato a aquello que da sentido a su día a día: el teatro, el ritmo y la vida cotidiana.
Rico se ha subido a un escenario como cantante con la misma entrega y pasión de la que hace gala al pisar un plató
En escena continúa girando por toda España con la comedia Pepa, no me des tormento, mientras está a punto de comenzar a trabajar en un nuevo proyecto cinematográfico: Mi querida familia rusa, dirigida por Jordi Calvet. Una comedia en la que comparte reparto con Macarena Gómez, Octavi Pujades, Miguel Lago o Melanie Olivares, entre otros. Hoy nos subimos al coche de la actriz para conocer de cerca la “cara B” de su historia.

Beatriz, ¿cuándo comenzaste a divertirte conduciendo, más allá de coger el coche por mera necesidad?
Conducir siempre me ha relajado y nunca lo he visto como una obligación. Cuando me compré esta casa, en la que vivo desde hace más de 25 años, todo el mundo me decía que estaba muy bien, pero que no tenía una tienda cerca para ir caminando. Yo les respondía que me encanta tener que coger el coche, incluso para ir al parque.
¿Te costó mucho sacarte el carnet de conducir?
Sí. Aunque aprobé el teórico a la primera, tuve que subir siete veces al práctico. Recuerdo aquel señor sentado detrás, que parecía darse mucha importancia y te hablaba de usted, me ponía supernerviosa. Una de las veces ni siquiera pude sacar el coche del circuito porque iba directa contra la valla. En el séptimo intento, mi madre, desesperada, me dio media pastilla relajante de las que tomaba la hija de una amiga cuando tenía examen de piano, y al final aprobé. Un año después tuve el primer coche, un Seat Panda de tercera o cuarta mano, para destrozarlo si hacía falta, aunque tampoco lo hice.
Tuve que subir siete veces al examen práctico de conducir; recuerdo aquel señor sentado detrás, que parecía darse mucha importancia y te hablaba de usted, me ponía supernerviosa

En muchas ocasiones, el coche tiene la capacidad de mostrar cómo somos. Ahí no valen máscaras… ¿Qué revela de ti cuando pones en marcha el motor?
Revela que no tengo tanto genio como pienso, porque veo que mucha gente se exalta en los cruces o en los semáforos cuando alguien parece que va a rozarles; sacan el dedo justiciero, gritan y pierden los nervios, mientras que yo no. Aunque tengo fama de ser muy acelerada y bastante nerviosa, mantengo la calma y me gusta pensar que doy una lección de tranquilidad y prudencia. Creo que la serenidad al volante hace que sea más difícil tener un susto en la carretera.
¿Eres de las que disfrutan del silencio o necesitas algo sonando siempre?
Si voy con mi marido, llevamos todo un repertorio de la música que nos gusta, sobre todo rock de los 80 y 90; cuando conduce él, canto a plena voz Bon Jovi, AC/DC, Luz Casal o lo que toque, y lo disfruto muchísimo. En el momento en que digo que paro y conduzco yo, porque me gusta y me relaja, prefiero ir sin música ni nada, concentrada en el ruido del motor, que además no me da sueño. No me gusta conducir por carreteras de doble sentido con muchas curvas. Es algo que me viene desde pequeña, cuando iba en Asturias en un 127 con mis padres y me daba cierto miedo; en esas vías tengo que estar muy pendiente y me inquietan los coches que vienen de frente, no por mí, sino por el otro. En cada gira siempre hay un tramo largo de 200 o 300 kilómetros en el que digo que conduzco yo, porque me encanta coger esas autovías interminables y disfrutar de la carretera, el motor y yo, sin nada más.

¿Qué coche tienes, Beatriz?
Tengo un Mercedes Clase A automático, que, aunque es pequeño, cabe un montón de cosas y es perfecto para llevar todo lo necesario para la función. Muchas veces usamos el coche de mi chico, un Audi de gas licuado del petróleo (GLP). Él, que tiene mucha más cabeza que yo para estas cosas, dijo que compensa con todos los kilómetros que hacemos cada fin de semana; se nota el ahorro que conlleva. Eso sí, cuando vamos con su coche, miramos en el GPS qué gasolineras tienen GLP.
¿Qué momentos importantes de tu vida han pasado dentro de un coche?
Guardo muy buenos recuerdos de mis primeros amores en Asturias; chicos que tenían coche, y todo era como un despertar al amor. En mi profesión, si no fuera por todos esos viajes por carretera, no hubiera tenido el privilegio de recorrer la gran mayoría de teatros de España. También tengo recuerdos maravillosos en el coche con mi hijo cuando era chiquitín, sentado en su sillita detrás, tranquilo, feliz, mirando a los lados, y me daba la sensación de que le gustaba el viaje tanto como a mí. Además, he vivido momentos muy grandes con amigas y personas a las que quiero. El rumrum del motor o una música suave ayudan a que surjan conversaciones importantes, bonitas, confesiones e incluso alguna que otra bronca, porque en ese espacio cerrado no queda otra.
Soy mala respetando los límites de velocidad: reconozco que me han llegado varias multas, pero no me pasé por mucho; si tenía que ir a 120 km/h, iba a 129”

¿Qué es lo que peor se te da al volante?
Soy mala respetando los límites de velocidad, porque creo que hoy las carreteras y los coches están preparados para ir un poco más rápido sin que haya peligro. Cuando cojo una recta en autovía o autopista y me relajo, me cuesta mucho levantar el pie; reconozco que me han llegado varias multas, pero no me pasé por mucho; si tenía que ir a 120 km/h, iba a 129. A veces da la sensación de que casi no te mueves o que en ciertos tramos se ralentiza todo y se forman embotellamientos que podrían evitarse si se pudiera pisar un poco más. Creo que esto debería cambiar, porque hoy la conducción es más segura que hace 20 años y mantener los mismos límites en autopistas y autovías no tiene mucho sentido. Otra cosa es en casco urbano, con gente cruzando; ahí sí, por supuesto, hay que respetar todo.
¿Cuál ha sido el viaje en coche más especial para ti?
Uno de los que más me impactó fue hace cuatro años, cuando recorrimos Polonia en coche. Fuimos desde Varsovia hasta Cracovia. Fue un estrés porque eran muchos kilómetros al día, no parábamos, pero lo disfruté muchísimo. Auschwitz me impactó mucho. Ese lugar nos dejó huella.

¿Qué recuerdas del trayecto que te llevó, por primera vez, al Precio Justo?
Recuerdo que no me lo creía; quería ser actriz, pero saber que me habían escogido para salir en El Precio Justo, un programa que veían 19 millones de personas, era increíble. Era la 1 de hace muchos años; lo veía todo el mundo. Me pusieron un taxi para una prueba de maquillaje y peluquería. Con mi obsesión por la puntualidad, lo estaba esperando diez minutos antes de la hora acordada. Expliqué al taxista que me habían cogido para el programa. Cuando llegué a Prado del Rey, me dejó en la puerta, saqué un pie y me sentí como Marilyn Monroe, saliendo de la limusina.
¿Cuál ha sido tu mejor compañera o compañero de viaje?
Mi marido siempre, porque no se queja y entiende que en los viajes que hacemos cada fin de semana por trabajo, yo soy la que va a actuar y termino agotada. Si quiero dormir, lo tiene clarísimo: reclino el asiento, me pone una mantita porque siempre necesito notar algo de peso encima aunque no tenga frío, silencio absoluto y nada de música. Si voy guerrera y con ganas de rock a tope, también; si en una gasolinera digo que ahora conduzco yo, me deja sin problema. Es el acompañante más comprensivo, el que mejor me entiende y con el que mejor me lo paso en el coche, siempre pendiente de qué me apetece en cada momento, incluso proponiendo parar en un mesón que tenga buena pinta. Viajar con él es ir como una reina.
Cuando llegué a Prado del Rey para la prueba de maquillaje de 'El Precio Justo', saqué un pie del taxi y me sentí como Marilyn Monroe saliendo de la limusina”

Cuando trabajas en cine, televisión o teatro, se suele compartir coche con otras actrices y actores, ¿con quién no has podido parar de reír?
Normalmente, te recogen, te dejan y van a por otro, pero en gira, con quien no he podido parar de reír ha sido con Gabino Diego. Hicimos juntos la gira de Los 39 escalones y no recuerdo viajes más divertidos en mi vida, llenos de anécdotas. Los trayectos con él se me pasaban volando. Gabino es como mi hermano de alma; nos entendemos perfectamente, tenemos un sentido del humor muy parecido y él es un cachondo mental.
¿Alguna vez el coche ha sido el testigo silencioso de tus lágrimas?
Tengo sobre todo en mente un viaje que espero no tener que repetir nunca más, cuando, por sorpresa, nos llamaron a mi madre, mi hermano y a mí, que estábamos viviendo fuera, para avisarnos de que mi padre estaba muy grave en el hospital y que teníamos que llegar pronto, por si ocurría lo peor. Recuerdo esas cuatro horas y media de viaje con una angustia y un silencio que nos ahogaba; no se lo deseo a nadie.

Has viajado de Tailandia a Soria casi sin transición, ¿qué te descoloca más, el cambio de lugar o el de ritmo?
He viajado tanto que ya no llevo mal ni el jet lag; soy una gran privilegiada por todos los viajes que he hecho, ya que he recorrido el mundo entero. En cuanto me subo al vuelo, pongo el reloj y el móvil en el horario del destino, y realmente no me descoloca nada. Me encanta llegar y sorprenderme con el nuevo clima, el idioma, y voy con la emoción de estar de viaje, de vacaciones, lista para descubrir Tailandia, Bali, Los Ángeles o Hawái. La alegría y el subidón que llevo compensan cualquier cambio, y el jet lag se soluciona en 24 horas.
¿Qué te ha dejado cada uno de esos lugares?
Me he llevado cosas de cada sitio… No te puedo contar de todos porque he visitado muchísimos, pero viajar me ha hecho más consciente del mundo que piso, más paciente, solidaria y mejor persona. Me ha hecho reflexionar, porque vivimos en una sociedad en la que parece que todo nos llega hecho, y cuando llegas a lugares recónditos, como estar con los masái en el Masai Mara y ver cómo viven en casas hechas con caca de vaca, tomas conciencia de lo afortunados que somos y que no valoramos lo que damos por sentado: abrir un grifo y que salga agua, tener una cama o poder ir al dentista. Viajar no solo te abre la mente, también el corazón.
Leí algo que me encantó: el mejor regalo que puedes dar a tus hijos es viajar porque los haces libres; un objeto se olvida o se pierde, pero un recuerdo permanece. Por eso desde muy pequeño he hecho viajar a mi hijo. Hoy, él vive en Ámsterdam, trabaja allí y viaja tranquilo; hace poco estuvo en Laponia, antes en Puerto Rico, y me encanta saber que le he hecho libre. Ver cómo agradece esos viajes y la libertad que le han dado me hace sentir que, como madre, he cumplido, porque es muy feliz con la vida que ha elegido.
El mejor regalo que puedes dar a tus hijos es viajar porque los haces libres; un objeto se olvida o se pierde, pero un recuerdo permanece”

Hay veces en las que elegimos visitar un lugar por lo mucho que nos ha gustado al verlo por la tele, pero, ¿en qué lugar la realidad superó la ficción?
Las islas Phi Phi, en Tailandia. Había visto la película de DiCaprio, La Playa, y sabía que se había rodado allí aunque no tenía nada que ver con la realidad. Cuando me preguntan por el viaje de mi vida, digo que no puedo elegir: estoy entre Costa Rica y Phi Phi, aunque esas islas son el paraíso absoluto. Me chocó mucho. Llegar allí es un caos: avión, barco, otro barco, luego una lancha, más de 24 horas, y las islas solo tienen acceso por el agua. Cuando llegamos en una barquita, nos dijeron que la balsa era solo para las maletas y que nosotros íbamos nadando. Todo es muy salvaje. En Phi Phi se rompieron todos mis cánones: Monkey Island, con todos los monos, y cualquier sitio en el que te tires parece un acuario. Haciendo snorkel con el tubo y las gafas, no podía creerlo. Fue impresionante.
Cuando vuelves de un lugar como ese, ¿hasta qué punto es difícil volver a la vida cotidiana?
Para mí es muy fácil, porque soy muy casera y, aunque me encanta viajar, cuando llevo fuera una semana, nueve o diez días, ya digo: tengo ganas de volver con mis gatos, no puedo vivir sin ellos. El único viaje que se me hizo un poco corto fue justamente Phi Phi. Pero por muy bien que lo esté pasando, no hay nada como volver a casa con la experiencia vivida.

¿En qué ciudad sentiste por primera vez que el viaje ya era parte del trabajo y no solo el camino hacia él?
Cuando empecé en El Precio Justo, cada dos semanas teníamos que ir a grabar un apartamento en La Manga del Mar Menor o a sitios como Alicante o Cádiz. A nosotras nos encantaba: ¡a ver a quién cogían esta vez! Esos fueron mis primeros viajes realmente emocionantes. De todos modos, el que más ilusión me hizo siempre fue el de Asturias a Madrid para ser artista.
Cuando rodaste Tiovivo c. 1950, el contexto era el de otro tiempo, ¿cómo fue viajar mentalmente a esa época?
Fue muy fácil, porque Garci te lo pone todo muy fácil. Basta con tener un poco de curiosidad y documentarte sobre la época, porque el resto José Luis te lo da hecho: te envía dosieres, fotos y todo lo necesario. Siempre me ha resultado sencillo trabajar con él, y también en películas de época en general, porque cuentas con la ayuda de producción y del director, pero sobre todo porque los sentimientos no cambian tanto a lo largo del tiempo: el amor, la ternura, el odio, la envidia… son universales.
Además, tener la suerte de trabajar con figurinistas como Javier Artiñano fue un lujo; en cuanto te ponía el corsé y el moño, ya te sentías en la época. La guía de los directores también es fundamental: se sientan contigo, te explican y te orientan. No está de más, unas semanas antes de rodar, ver películas de la época, aunque no tengan que ver con tu historia, solo para captar el ambiente, cómo hablaban, la ropa, el contexto histórico y el público de entonces; todo eso ayuda muchísimo.
En Los Ángeles pasas del barrio latino a los casoplones y de repente te cruzas con Leonardo DiCaprio en coche, que además lleva el nombre de “Leo” en su matrícula”

Los Ángeles es una ciudad que impone incluso antes de llegar, ¿cómo la viviste tú por dentro?
Me habían dicho tantas veces que me iba a decepcionar que, al final, no me lo hizo en absoluto. Hubo cosas que me impactaron mucho, como que esos casoplones que están casi a ras de carretera, sin vallas ni seguridad, ni rejas en las ventanas. Me impresionó también el Paseo de la Fama: ¡guau! Estaba haciéndome una foto al lado de la estrella de Harrison Ford, y al final del paseo se podían ver los campamentos con gente afectada por el fentanilo, mezclados en medio de la vida normal. Me impactó mucho. Estuvimos en Rodeo Drive, que es como otro mundo; pasas del barrio latino a los casoplones y de repente te cruzas con Leonardo DiCaprio en coche, que además lleva el nombre de “Leo” en su matrícula. Fue impresionante, claro.
Hay un lugar en el que has estado y que la gente tiene tendencia a idealizar: Bali. ¿Qué parte del viaje fue menos idílica y más real?
Bali no cumplió exactamente con mis expectativas. Siempre que podemos viajamos vamos a sitios de playa, donde se puede hacer snorkel. En Bali, yo pensaba que sería más fácil, pero el agua estaba fría, se movía mucho y no te daba sensación de seguridad. No es como una piscina ni como el Caribe; el agua es oscura y apenas se ve nada debajo. Eso me decepcionó bastante. Luego están los templos, que son una maravilla, pero nuestro objetivo principal, además de recorrer zonas urbanas como Bangkok y sus mercadillos o probar la comida callejera, siempre es disfrutar del agua, y en Bali apenas pudimos hacerlo. Incluso con las excursiones de un día, daba miedo tirarse de la lancha viendo cómo se movía el mar, y ahí fue cuando pensé: esto no es lo que esperaba.

¿Ha habido algún viaje que te haya hecho reflexionar sobre cosas importantes de tu vida?
Recuerdo cuando era muy joven mi primer viaje a República Dominicana.. Tenía 20 años y no había viajado mucho. Al principio todo parecía perfecto: bufetes, playas, cocos… pero iba con un grupo de amigos que vivían allí y nos llevaron a una aldea donde las casas estaban hechas solo con madera y poco más. Vi a un bebé en una toalla en el suelo, que era su cuna, con un calor asfixiante de más de 40 grados. Hasta entonces yo no había conocido esa realidad. Ahí empecé a plantearme cosas que antes daba por sentadas. Esa experiencia me hizo entender que viajar no solo sirve para disfrutar o descubrir lugares, sino también para abrirte por dentro, para ser más empático. Esa experiencia quedó grabada en mi cabeza y cambió mi forma de mirar la vida.
Tengo entendido que, en breve, vas a hacer un viaje a tierras gallegas…
¡Sí! El próximo 22 de junio vamos a rodar una comedia muy divertida que se llama Mi querida familia rusa. La dirige Jordi Calvet y veremos cómo conviven en un pazo dos familias, una gallega y otra rusa. Mientras leía el guion, me partía de risa porque voy a interpretar a una señora rusa, muy estricta y con mucho dinero, a la que le gusta que las cosas se hagan siempre bien. Tengo muchísimas ganas. Mientras tanto, sigo con mi espectáculo. Pepa, no me des tormento, que me hace muy feliz porque he conseguido un sueño. Un espectáculo escrito, dirigido y protagonizado por mí, que funciona muy bien y llena los teatros. Además, también sigo con mi banda de rock, Rico ‘n’ Roll, con la que ya tenemos firmados varios conciertos para el próximo verano.
Si pudieras escoger un personaje de toda la historia, esté vivo o no, para hacer un largo viaje, ¿quién sería?
Con Tina Turner y Martin Luther King.
Al despedirnos, queda la sensación sincera de haber hablado con alguien que ha aprendido a vivir sin miedo a marcharse y sin dramatizar al volver. Escuchar a Beatriz recorrer su vida a través de carreteras, aviones y lugares tan distintos entre sí confirma que no todos los trayectos buscan llegar lejos; algunos solo sirven para entender dónde estás. Hay personas que hacen de cada desplazamiento una huida y otras que lo convierten en una forma de estar presentes. En su caso, viajar no parece un gesto grandilocuente, sino una manera honesta de ordenar recuerdos, aceptar cambios y seguir adelante sin ruido, con los pies en el suelo y la mirada abierta a lo que venga después.

