Los deltas de grandes ríos del mundo se hunden
Ecosistemas
Una investigación revela que en torno al 60% de los deltas de grandes ríos del planeta pierden altura a más ritmo que la subida del nivel del mar, condenándolos a ser inhabitables en el futuro si no se toman medidas

Cai Rang, a escasos kilómetros de Can Tho, es el mercado flotante más grande del delta del Mekong

Los deltas de los grandes ríos del planeta se están hundiendo. Y lo hacen incluso a una tasa mayor de la que sube el nivel del mar, lo que hará estas zonas inhabitables si no se toman medidas y antes de lo que se pensaba. Las grandes ciudades construidas sobre esos terrenos, la falta de sedimentos por la retención en los cauces de las presas o la extracción de aguas subterráneas, o de petróleo y gas, están provocando que estos lugares, que han sido cuna de civilizaciones y son habitados por cientos de millones de personas, se enfrenten al riesgo de desaparecer que, se denuncia, está fuera de la agenda política. Precisamente, ponerlos sobre la mesa es lo que pretende el equipo científico que publica esta semana en la revista Nature un exhaustivo análisis sobre la situación de 40 deltas de 29 países, de los que el 60% estarían bajando su ya escasa altitud.
Los autores, de diversas universidades americanas y europeas, alertan de cómo el aumento del nivel del mar, causado por el deshielo que genera el cambio climático, unido a este hundimiento (o subsidencia) del terreno amenazan unos paisajes que acabarán inundados y salinizados. Cuánto se hunde varía de unos a otros, pero son muchos los que superan los casi cuatro milímetros anuales que sube el nivel global del mar, siendo especialmente severa la situación en deltas asiáticos, como los del Mekong, el Chao Phraya, el Brantas o el río Amarillo. A nivel global, según sus estimaciones, en esos 40 deltas habría ya 42.000 kilómetros cuadrados de superficie -la extensión de casi toda Dinamarca- que están bajo el nivel del mar, lugares donde habitan más de 10 millones de personas ya en riesgo de sufrir los impactos.
Vaciar los acuíferos provoca el hundimiento del terreno, disminuye el flujo de los sedimentos e impide la expansión urbana

Para detectar este fenómeno, en su investigación utilizaron miles de imágenes y datos recogidos por el satélite Sentinel-1 que abarcan desde septiembre de 2016 a mayo del 2023. “Nos centramos en el análisis de tres factores de origen humano claves: el más influyente es el vaciamiento de acuíferos, que provoca el hundimiento del terreno en 10 de los 40 deltas, pero también determina cómo disminuye el flujo de los sedimentos y en la expansión urbana”, señala a Guyana Guardian Leonard Ohenhen, investigador del departamento de Ciencias del Sistema Terrestre de la Universidad de California y primer firmante del trabajo.
“Con estos hallazgos nuestro mensaje clave a los líderes es que esta subsidencia en los deltas de grandes ríos es una crisis inmediata que requiere acciones locales urgentes, además de una planificación a largo plazo para frenar el cambio climático. La diferencia entre ambas cuestiones, es que este hundimiento puede ralentizarse o incluso revertirse parcialmente, así que es un problema urgente pero solucionable a corto plazo, algo que debe tenerse en cuenta porque las soluciones climáticas son más a largo plazo”, argumenta el científico norteamericano.
En realidad, los deltas fluviales solo ocupan el 1% de la superficie del planeta, pero son formaciones geográficas vitales. Formados por la acumulación de sedimentos en la desembocadura de los ríos, la fertilidad de su tierra, sus recursos hídricos y su posición hizo que fueran escogidos en el pasado para algunos de los primeros grandes asentamientos humanos. Hoy albergan unos 500 millones de personas, en torno al 6% de la población mundial y sobre ellos están 10 de las 34 megaciudades del mundo. Además, no solo tienen una gran importancia social, agrícola y ecológica, sino que sustentan infraestructuras, como puertos y redes de transporte, fundamentales para el comercio. La cuestión es que tienen extensas áreas a menos de dos metros de altitud y son muy vulnerables a las presiones. “Es de los lugares más frágiles de la Tierra; su baja altitud y su alta exposición urbana los sitúan a la vanguardia de los riesgos climáticos y ambientales”, afirman los científicos.
En la mitad de los deltas estudiados, el hundimiento supera ya los tres milímetros al año y en 13 de ellos -algunos tan importantes como el del Nilo, Po, Vístula, Mekong, Río Rojo o Río Amarillo-, ya se superan las estimaciones actuales del aumento del nivel del mar (cuatro milímetros anuales). Incluso el del Chao Phraya (Tailandia), el Brantas (Indonesia) y el Río Amarillo (China) se están hundiendo más del doble, es decir, cada año bajan unos 10 milímetros, casi un centímetro a la década. Todas son zonas muy populosas, donde con cada milímetro se pierde costa porque hay que sumar además ea subida del nivel del mar sube. “Mucha gente habita en deltas a menos de un metro de altura y tendrán que irse. Si ahora preocupan cinco millones de migrantes, solo de esas zonas, que serán inhabitables, saldrán cientos de millones de refugiados climáticos a finales de siglo”, augura Alvaro Arasa, geólogo del IGME-CSIC, estudioso del Delta del Ebro desde la década de 1980.

Esta nueva investigación revela que, de media, al menos el 35% de la superficie de los deltas sufre esta compactación sin que se compense con nuevos sedimentos; es más, 19 de los 40 tienen ya más del 90% de toda ella afectada. Extrapolando los datos a todos los deltas del planeta, estiman que de su área habitable global, entre 710.000 a 855.000 km, 54% y el 65% (una media del 60%) acabará bajo las aguas si no se actúa. Y eso incluye ciudades costeras tan emblemáticas como Alejandría, Bangkok, Calcuta, Shanghái o Yakarta.
Además de lanzar la alerta sobre esos lugares, los investigadores también se analizan las causas. Si bien recuerdan que es natural que los sedimentos que bajan por los ríos se compacten con el tiempo, no lo es que no les lleguen otros nuevos de aguas arriba porque se ha construido presas, impidiendo que esos terrenos mantengan su altitud como ocurría en el pasado. También les afecta que se vacíen los acuíferos para suministrar agua para poblaciones crecientes o que, además, se hayan levantado encima grandes urbes.
De hecho, varían los factores según el lugar. Si en el Nilo o en el Misisipi el factor principal son las mencionadas presas para embalses aguas arriba, en la India lo es la sobreexplotación del agua para el riego y en Nigeria se suma la extracción de hidrocarburos a la del agua. “Lo que se observa claramente es que deltas con menos de un metro de altitud situados en países en desarrollo se hunden muy rápido, y que las políticas internacionales no hacen nada por mitigarlo o para adaptarse a esta situación, pese a que se perderán tierras que son fértiles, se salinizará el agua cada vez más y habrá inundaciones más frecuentes”, señalan los científicos. A esos deltas que se hunden más los llaman “deltas buzo”.
Respecto al hemisferio norte, si bien indican que algunos países con recursos se lo están tomando en serio, destacan que no ocurre en todos. En Estados Unidos, el delta del Misisipi ha perdido ya más de 5000 km² de tierra (casi todos humedales) desde 1932 y, sin embargo, meniconan que siguen en marcha proyectos que desvían los sedimentos del río; tampoco ven que actúe en Italia ante la situación del delta del Po, que se saliniza cada vez más por la sobreexplotacion de acuíferos: “Esto pone de relieve cómo las prioridades económicas pueden socavar la adaptación incluso en regiones de altos ingresos”, argumentan.
¿Cuál es la situación del delta del Ebro?

Eso mismo pasa, según Arasa, en el Ebro, no incluido en este trabajo, según Ohenhen, por no ser de los más preocupantes. Arasa defiende que habría que poner en marcha ya un sistema para trasladar las arenas y fangos acumulados en los embalses aguas arriba hasta el delta, que también se hunde y saliniza. El geólogo asegura que no basta con abrir presas, porque el río no tiene fuerza suficiente ya arrastrarlos, pero el dragado que defiende y la puesta en circulación de esos sedimentos choca con los intereses de los usuarios de ese agua, como los regantes: “Necesitaríamos que llegaran entre 2,5 y tres millones de toneladas de sedimento al año al delta para que no vaya a menos y llegan 150.000; hoy ya vemos que playas que tenían 300 metros de ancho ahora tienen 80, así que es una zona condenada, pero una solución sostenible requiere fuertes inversiones”, señala. Ohenhen también cree que en el delta español “revisar las políticas de gestión de sedimentos será fundamental para su futuro”.
Ohenhen cree que “se puede ralentizar o incluso detener la subsidencia en algunas zonas de deltas regulando la extracción de agua subterránea, e incluso se pueden recargar acuíferos inyectando o infiltrando agua tratada, como también es posible restaurar el aporte de sedimentos, aunque para ello no basta abrir presas, siempre es preciso hacerlo con un plan diseñado porque se trata de que éstos lleguen a las zonas vulnerables del delta, sin aumentar el riesgo de inundaciones río arriba”.
Ohenhen destaca, además, la necesidad de adaptarse a un futuro donde los deltas van a menos, con las migraciones humana que ello supondrá: “Esa adaptación debe incluir protección contra inundaciones, con el refuerzo o la elevación de infraestructuras críticas, la mejora de los sistemas de drenaje y los sistemas de alerta temprana a la población, pero también pasa por soluciones basadas en la naturaleza, como la restauración de humedales, que pueden ser barreras naturales en las costas. Hay ciudades como Yakarta que están reubicando ya las funciones administrativas para reducir la presión sobre la capital, mientras que en Países Bajos combinan una ingeniería sofisticada con una gobernanza sólida a largo plazo. La clave es actuar antes de alcanzar unos umbrales críticos, por lo que nuestra investigación enfatiza la urgencia de intervenir”, concluye.


