El Silicon Valley del siglo XVI se vivió en una red descentralizada de establos, palacios y sótanos: así funcionaba la innovación tecnológica
Historia tech
Violet Moller, historiadora británica, reconstruye en ‘El palacio de los astrónomos’ la red de innovadores que, entre cartas astrales y telescopios, cimentó la ciencia moderna
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El cuadro 'El Astrónomo', de Vermeer, es un reflejo rotundo de ese 'Silicon Valley del siglo XVI'.
Imaginemos una red descentralizada de establos, palacios y sótanos húmedos donde se estaba codificando el sistema operativo de la modernidad. Antes, mucho antes de que California se convirtiera en sinónimo de disrupción tecnológica, el norte de Europa tejió su propio ecosistema de innovación radical: era un tiempo de vértigo intelectual, además de una época bisagra en la que la humanidad, tras siglos de mirar al suelo, levantó la vista y descubrió que la Tierra, contra todo pronóstico, no era el centro inmóvil del universo, sino una pieza más en un engranaje celeste infinito.
Si lo pensamos, se trata de un golpe al ego muy similar al que vivimos hoy con la IA, que nos vuelve a desplazar de nuestra centralidad del mundo.
En En el palacio de los astrónomos (Taurus, 2026), Violet Moller nos sitúa en el epicentro de un terremoto silencioso que tuvo su réplica inicial en 1543. Aquel fue el año en que Copérnico detuvo el Sol y movió la Tierra, pero, como también ha destacado la crítica internacional, el verdadero mérito de Moller reside en desviar la mirada de los grandes tratados teóricos para fijarla en las “condiciones materiales y sociales” que los hicieron posibles. No hablamos ya de conceptos abstractos flotando en el éter, sino de tinta, latón, vidrio y mecenazgo; la infraestructura física de una revolución mental.
Núremberg, Kassel o Lovaina no eran simples ciudades históricas, sino que funcionaban como hubs tecnológicos de la época. Al igual que hoy Palo Alto o Shenzhen concentran talento y capital, estas urbes atrajeron a una clase emergente de artesanos y pensadores que borraron las fronteras entre el arte y la ingeniería. Así, Moller logra “humanizar la historia de la ciencia”, mostrándonos que estos avances no surgieron en torres de marfil asépticas, sino en talleres ruidosos y estudios domésticos donde el olor a metal fundido se mezclaba con tinta de imprenta. Eran espacios de colaboración frenética, precursores directos de los laboratorios de prototipado rápido actuales.
La intersección de conocimiento y práctica artesanal fue uno de los aspectos definitorios de este periodo y propició muchos de los avances e invenciones de la ciencia
Quizá la figura que mejor encarna esta tensión creativa sea John Dee, el mago matemático de Mortlake. Dee operaba en una franja borrosa donde la criptografía, la navegación imperial y la comunicación angélica convivían sin contradicción aparente. Para una mentalidad contemporánea, obsesionada con la especialización, esta dualidad resulta desconcertante, pero es esencial para entender el periodo. Moller acierta al retratar un mundo donde “la magia y la ciencia no eran enemigas, sino hermanas”; dialectos distintos utilizados por las mismas mentes para intentar decodificar los secretos últimos de la naturaleza.
Semejante revolución necesitaba su propio hardware. Sin los relojes de precisión de Jost Bürgi o los globos terráqueos de Mercator, la teoría se habría quedado en papel mojado. Moller describe así la “textura física” del conocimiento: el frío entumecedor de los balcones de observación y la fragilidad de las lentes pulidas a mano. La ciencia del XVI dependía tanto de la metalurgia como de las matemáticas: era una disciplina de manos sucias y ojos cansados.

Destaca la figura de Tycho Brahe, primer magnate del Big Data. Desde su isla de Hven, transformada en un complejo de investigación que rivalizaría en ambición con el campus de Google, Brahe industrializó la observación astronómica. Uraniborg no era solo una residencia renacentista, sino una máquina de procesar información financiada por un mecenazgo real que actuaba con la lógica del capital riesgo. Reformulando la valoración de la prensa internacional.
Moller describe el nacimiento de la comunidad científica como organismo vivo. A través de una red epistolar que funcionaba con la latencia de los mensajeros a caballo pero con la intensidad de las redes sociales modernas, los hallazgos circulaban, se debatían y, a menudo, se robaban. Esta “República de las Letras” fue el verdadero motor del cambio, una red analógica que conectaba a un luterano en Praga con un anglicano en Londres, saltándose las fronteras políticas de una Europa desgarrada por las guerras de religión y uniendo mentes a través de la distancia.
Los paralelismos saltan a la vista. Ese “Silicon Valley del siglo XVI” comparte con el nuestro la ambición desmedida, la dependencia del capital privado y la fe ciega en que la tecnología puede reescribir la realidad. “Quienes buscan establecer nuevas formas de hacer las cosas”, leemos, “suelen denigrar cómo se llevaban a cabo hasta ese momento y presentar las propias ideas como novedosas”.


