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El modo en que Isaac Asimov anticipó los retos que la sociedad encara frente a la IA: el peligro no reside en la supresión de empleos, sino en las trayectorias laborales

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La amenaza real no se halla en ser sustituido, sino en la pérdida de los recursos para alcanzar una ocupación: los aprendizajes, las equivocaciones y las tareas básicas que definen la trayectoria laboral.

La promoción de los 100 millones: aquellas empresas emergentes de IA que transforman el concepto de triunfo durante 2025

Isaac Asimov, uno de los grandes genios del siglo XX.

Isaac Asimov, uno de los grandes genios del siglo XX.

Diseño: Selu Manzano

En los años 50, cuando un Isaac Asimov de juventud temprana componía Bóvedas de Acero, proyectaba un mañana donde la humanidad habitaba junto a máquinas antropomorfas en un estado de tirantez entre el desprecio y la subordinación. Dicha angustia —el recelo ante la evolución técnica frente a la imposibilidad de renunciar a ella— se percibía como simple literatura fantástica, pese a que reflejaba otros conflictos propios del tiempo en el que Asimov creaba sus relatos.

En la actualidad, no obstante, atravesamos una etapa donde numerosas personas han comenzado a cuestionarse: “¿La IA me va a quitar el trabajo?”. ¿Acaso la IA llega para materializar la antigua aspiración de erradicar el empleo volviéndonos prescindibles, o resulta tan inestable como un tulipán durante el siglo XVII?

Al reflexionar sobre la inteligencia artificial, es casi obligatorio remitirse a las visiones que la ciencia ficción ha gestado por décadas. Desde Asimov hasta Terminator, Alien, Ghost in the Shell o Matrix, la IA se percibe como el umbral final que nos diferencia de ser meramente animales.

Dentro de esa visión, el vínculo de las personas con su medio se apoya en el sometimiento de la naturaleza a nuestras urgencias y caprichos: la capacidad intelectual es el factor que separa lo que es objeto de uso de lo que es sujeto de garantías. Así aparece la cuestión difícil: si una máquina es inteligente, ¿deberían reconocérsele facultades legales? ¿Sería preciso expandir la noción de derechos humanos hacia los derechos de las entidades con inteligencia?

En el supuesto de que una computadora posea inteligencia, ¿sería necesario otorgarle derechos? ¿Resultaría conveniente extender la noción de derechos humanos para abarcar las facultades de los seres inteligentes?

Básicamente, una inteligencia artificial consiste en un mecanismo estadístico con la habilidad de identificar tendencias en extensas cantidades de información y emplearlas con el fin de resolver opciones, anticipar conductas o crear materiales. Únicamente eso. Carece de pensamiento, comprensión o razonamiento: realiza cálculos. Produce el espejismo de que posee intelecto, algo que resulta incluso más inquietante que el acto de reflexionar.

Sin embargo, tales cómputos, al procesarse a un nivel masivo, logran aparentar capacidad intelectual. Por esta razón, entre más monótona y anticipable sea la actividad que ejecutemos, más vulnerable resulta de ser ocupada por un mecanismo. Cualquier labor que admita una conversión a modelos estadísticos es susceptible de automatizarse. Resulta contradictorio que los empleos iniciales que están siendo relevados sean aquellos ligados al sector de la informática.

Mientras más rutinaria y previsible sea la labor que realizamos, más vulnerable resulta de ser reemplazada por una máquina.

Los expertos de la industria tecnológica consultados durante este 2025 indican que ya se perciben diversas transformaciones. No hablamos —por ahora— de recortes de personal a gran escala o de máquinas gestionando los centros de datos, sino de un fenómeno más discreto: el desgaste paulatino de las labores iniciales, aquellas que por mucho tiempo sirvieron para que los perfiles junior se formaran en la profesión desde la base.

Aquí surge el planteamiento central de la cuestión: el peligro no radica en que la IA elimine puestos, sino en que arruine las carreras. Si se suprimen las funciones básicas, se eliminan las etapas que facilitan el aprendizaje, la entrada y el crecimiento. Sin dichos niveles, el porvenir del empleo no se quiebra por la parte superior, sino por los cimientos.

Las predicciones apuntan a una situación compleja, donde los más jóvenes carecerán de oportunidades para ganar experiencia.
Los pronósticos sugieren un escenario difícil, en el cual los jóvenes carecerán de oportunidades para desarrollar experiencia profesional.Getty Images

Según indicaba Alessandra Canella, asesora de diseño con una trayectoria de más de diez años, “todas las cosas que antes delegabas en un trabajador recién incorporado sin mucha experiencia, ahora las puedes resolver con una IA”. La automatización se ha iniciado en la parte inferior de la jerarquía, donde gran cantidad de especialistas comenzaban su vida laboral y donde resultan más desprotegidos.

Cada una de las tareas que solías encomendar a un integrante novato del equipo, actualmente es posible solventarlas haciendo uso de una IA

Alessandra Canella

Consultora de diseño

A lo largo de los últimos diez años, el ámbito del empleo en la industria tecnológica ha experimentado un auge que se antojaba interminable. Compañías, Gobiernos y consumidores mostraban interés por integrar y ajustar cada innovación: el Internet de las Cosas, la migración de servidores hacia Amazon o Microsoft con el fin de reducir gastos de equipamiento, o el furor por el big data que impulsó a multitud de firmas a almacenar volúmenes masivos de datos sin un propósito definido, bajo la premisa de que “los datos eran el nuevo petróleo”.

Esa montaña rusa da la impresión de estar bajando velozmente. El ansia por contratar, los escasos obstáculos de acceso o las salidas en las grandes tech parecen ratificarlo. Por mucho tiempo, el ámbito tecnológico se exhibió como un santuario de empleo, un paraje de opciones ilimitadas donde la necesidad de personal era constante.

Empleados en la sede de Amazon en Seattle
Empleados en la sede de Amazon en SeattleAP

En la actualidad, no obstante, numerosos principiantes que buscan integrarse al sector se topan con un obstáculo imprevisto: aquellos recursos que aseguraban optimizar el rendimiento están limitando las oportunidades de formación práctica. Y al carecer de práctica, se cierra la entrada al ámbito laboral; sin esa apertura, no existe trayectoria; sin un recorrido previo, se desvanece el porvenir laboral.

Incluso ciertos expertos con trayectoria consolidada parecen estarse decantando por incursionar en otros sectores. M.S.W., ingeniero senior, lo detallaba de esta forma: “Dentro de 10 años puestos como el mío desaparecerán”. La contundencia de su relato encaja con su deseo de mantener el anonimato. “Me estoy centrando en desarrollar herramientas para mi comunidad… para que puedan crear su propia web sin saber programar”. Resulta clara la pugna incesante entre integrar la evolución dentro del desarrollo profesional y las exigencias de un entorno laboral cada vez más riguroso.

La época en la que un trabajador debía poseer conocimientos generales para realizar cualquier labor parece estar llegando a su fin. Sin una formación específica, cualquier actividad corre el riesgo de ser asumida por el machine learning. No obstante, si no se dispone de tiempo ni de ocasiones para crecer desde un puesto más básico, resulta complejo identificar qué destrezas se podrán perfeccionar finalmente.

Tal como mencionaba la ingeniera de software Shelley Vohr, “todo desarrollador con experiencia empezó alguna vez sin tenerla”. El enunciado condensa la ambivalencia de estos tiempos: nos hacen falta técnicos con capacidad para controlar y ajustar a las máquinas, pero se están eliminando precisamente los niveles que permiten que alguien se transforme en un profesional especializado.

Los desarrolladores de software perderán oportunidades de ganar experiencia.
Los desarrolladores de software perderán oportunidades de ganar experiencia.Gorodenkoff Productions OU

Vohr concluye con un aviso adicional: “es fundamental que haya alguien que revise ese código o esos tests para comprobar si realmente están evaluando lo que necesitamos que evalúen”. Es cierto que la automatización progresa, no obstante, todavía requiere de la visión humana para comprender qué implica que algo sea operativo.

Asuntos políticos, razones y una normativa absolutamente esencial.

En esta instancia, la cuestión deja de ser técnica para transformarse en política: ¿quién define qué se delega a la automatización y qué se mantiene protegido? Puesto que la tecnología no progresa por inercia, sino que es movida por intereses específicos. Y en una época donde la normativa de la IA se redacta con urgencia, el peligro es obvio: que las gigantes del sector conviertan el marco legal en un obstáculo de entrada que solo ellas sean capaces de franquear.

Según indicaba el desarrollador Ignacio Chicharro, tras el planteamiento de la automatización integral existen también beneficios financieros muy obvios: “si tú participas de la industria que vende los componentes de la IA, te interesa que haya menos gente, porque así tu producto es más relevante”. El relato de que “la IA lo hará todo” no constituye únicamente un pronóstico técnico: funciona como una maniobra comercial. Menos empleados, superior subordinación digital, mayor acumulación de autoridad.

La amenaza real no radica en el reemplazo, sino en que se desvanezcan las vías para acceder a un puesto laboral: las lecciones, las equivocaciones y las labores menores que forjan una trayectoria profesional.

No obstante, hasta los integrantes de la industria admiten que tal perspectiva resulta limitada. El mismo Chicharro puntualiza esto mediante un aviso que tendría que ocupar el eje de la discusión normativa: “la industria debe seguir siendo humana, tanto por la calidad del software como por la calidad de vida de la gente”. La automatización de procesos no debe servir de pretexto para deshacer la estructura de empleo que fundamenta al sector mismo.

Si la normativa de la IA acaba consolidando un entorno en el que únicamente unos cuantos agentes logren desarrollar modelos, supervisar sistemas o acatar las obligaciones jurídicas, el conflicto no residirá en que la IA nos reemplace, sino en quién maneja a la IA que nos releva.

La dificultad no radicará en que la IA nos reemplace, sino en quién maneja a la IA que nos desplaza.

Llegados aquí resulta útil evocar el primer principio de Melvin Kranzberg: “la tecnología no es ni buena ni mala, pero tampoco es neutra”. Carece de esa condición dado que jamás opera de forma aislada. Aquello que denominamos “progreso” constituye, de hecho, la consecuencia de determinaciones de las personas: qué procesos se automatizan, qué elementos se resguardan, qué aspectos se norman o qué se permite que desaparezca.

Tal vez el interrogante no radique en si la IA reemplazará nuestros empleos, sino en qué clase de labor deseamos que perdure una vez que la automatización se vuelva omnipresente. Debido a que el peligro real no reside en el relevo, sino en la extinción de las rutas que conducen hacia una ocupación: las etapas formativas, las equivocaciones y las funciones menores que forjan una trayectoria profesional.

Dentro de El Sol Desnudo, Asimov proyectaba distintas civilizaciones donde lo imprevisto constituía una imperfección que debía erradicarse. En la actualidad, la amenaza es que terminemos gestando un ecosistema profesional que opere de forma similar: sin tolerancia a los fallos, sin áreas para el aprendizaje y sin periodos para lograr la especialización. El destino del empleo no será determinado por la tecnología, sino por los sistemas que desarrollemos a su alrededor. Y es precisamente ahí donde arriesgamos algo superior a una ocupación: comprometemos la facultad misma de continuar con nuestra evolución.

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