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“Entré en Facebook y vi el rostro sonriente de un compañero que falleció hace casi una década”: cómo gestionar la huella digital para seres queridos que han fallecido

Redes sociales

En la era de Internet, la muerte ya no es el final. Perfiles que siguen activos, mensajes póstumos y un nuevo tipo de herencia: la digital. ¿Quién gestiona lo que dejamos en línea cuando ya no estamos?

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“Entré en Facebook y vi el rostro sonriente de un compañero que falleció hace casi una década”: cómo gestionar la huella digital para seres queridos que han fallecido.

“Entré en Facebook y vi el rostro sonriente de un compañero que falleció hace casi una década”: cómo gestionar la huella digital para seres queridos que han fallecido.

IStockphoto

Hace unos días, al entrar a Facebook para compartir mi último artículo, tuve la sensación que deben de sentir todos aquellos que aseguran haber visto un fantasma. Por alguna razón, me dio por revisar mi listado de amigos y, de repente, vi el rostro sonriente de un compañero de facultad que falleció hace casi una década. Su perfil continúa activo y en su muro pueden leerse mensajes de afecto que, durante estos años, le han ido dejando familiares y amigos, especialmente en la fecha de su cumpleaños.

Me pregunto si él hubiera querido eso. Si le habría gustado recibir mensajes post mortem en su página de Facebook o, por el contrario, le habría parecido una banalidad. Esta cuestión —la gestión de la huella digital tras morir, lo que ocurre con la estela que dejamos en un mundo virtual donde nada se escribe en papel, sino que se graba en piedra— se ha convertido ya en un tema ineludible cuando uno se plantea su testamento vital.

La muerte se ha convertido también en un asunto digital. Perfiles en redes sociales que continúan activos, cuentas de correo que nadie puede abrir, fotografías almacenadas en la nube a las que nadie sabe cómo acceder, datos reutilizados para estafas mediante suplantación de identidad… Los muertos, en la era de Internet, no terminan de descansar en paz: permanecen en línea.

Cada clic, cada publicación o mensaje privado conforma una especie de biografía paralela, un yo digital que sobrevive al cuerpo. Facebook calcula que en unas décadas habrá más perfiles de muertos que de vivos si se mantiene el ritmo actual de crecimiento y mortalidad. Por eso, la compañía ya permite convertir las cuentas en “conmemorativas” y designar un contacto de legado que gestione los recuerdos del difunto.

Pantalla en la que aparecen imágenes de logos te Tiktok, a 8 de julio de 2025, en Madrid (España).
Pantalla en la que aparecen imágenes de logos te Tiktok, a 8 de julio de 2025, en Madrid (España).Ricardo Rubio - Europa Press

Google, por su parte, ofrece un “gestor de cuentas inactivas” que permite decidir qué hacer con los datos tras cierto tiempo sin actividad. Sin embargo, la mayoría de usuarios nunca llega a configurar estas opciones: si en vida apenas practicamos higiene digital, menos aún pensamos en nuestro legado virtual.

Para Lola Aranda (27 años), hija del escritor y columnista de Sur Pablo Aranda, ese legado tiene un valor emocional y simbólico. “Una persona, hasta que no se la olvida, sigue viviendo de alguna manera. Por eso nunca nos planteamos borrar la huella en Internet de mi padre. Además, en su caso no tiene sentido, dada su profesión de escritor. En su timeline de Facebook se puede ver cómo iba colgando sus artículos y noticias de sus publicaciones literarias. Me parece bonito que todo eso todavía permanezca y complete, de alguna manera, su legado a un nivel digital”.

Lo dejaría en manos de un profesional, por no causarle molestias a ningún familiar

Pau Casademont

El testimonio de Lola refleja una realidad creciente: las redes sociales se están convirtiendo en archivos sentimentales y culturales. Lo que antes era un álbum familiar o una biblioteca privada, ahora es un perfil público que mezcla vida y memoria, intimidad y exposición. Pero ese rastro también plantea dudas: ¿qué ocurre cuando nadie lo administra o cuando se convierte en un espacio vulnerable al abuso?

“Lo dejaría en manos de un profesional, por no causarle molestias a ningún familiar”, comenta Pau Casademont (39), doctor en Ingeniería Química. “Por mi parte, que borren todo lo relativo a las redes sociales. Que cierren mis perfiles, con excepción de mi cuenta en Research Gate, porque es una red útil donde aparecen mis trabajos académicos”.

Otros, como Barry Williams (73), son más escépticos: “No me importa lo que ocurra con mi presencia en Internet porque estaré bajo tierra. Además, no tengo información sensible que proteger. No uso redes sociales, así que no temo que alguien se haga pasar por mí”.

Estas posturas opuestas reflejan bien el dilema generacional y ético de la era digital. Mientras unos buscan borrar su rastro, otros lo consideran parte de su identidad o su obra. Pero la cuestión legal es ineludible: en España, el Reglamento General de Protección de Datos (RGPD) y la Ley Orgánica 3/2018 reconocen que los herederos pueden pedir el acceso o la supresión de los datos del fallecido (artículo 3). El problema es que cada plataforma interpreta estas normas a su manera, y si el difunto no dejó nada por escrito, el vacío legal se vuelve insalvable.

Gestionar la huella digital de un fallecido.
Gestionar la huella digital de un fallecido.Diseño: Selu Manzano

¿Debemos hacer un testamento digital?

Por eso, los expertos recomiendan actuar en vida. El despacho DiG Abogados aconseja incorporar en el testamento un inventario digital, ya que “la herencia digital abarca todos los bienes, derechos y obligaciones que una persona tiene en el entorno digital (…) incluyendo cuentas de redes sociales, correos electrónicos, criptomonedas y archivos en la nube”. En ese listado conviene incluir también los dispositivos activos —móviles, ordenadores, tablets— y las contraseñas de plataformas o suscripciones, especificando qué debe conservarse, transferirse o eliminarse.

No basta, sin embargo, con dejarlo escrito: hay que designar a una persona con autorización para ejecutar las instrucciones. “Es tremendamente recomendable acudir a la figura del albacea digital, designándolo en nuestro testamento para que pueda acometer la gestión de la herencia digital”, señala el despacho AbogadoAmigo. Esta figura evita vacíos, conflictos familiares y bloqueos de servicios que exigen la voluntad del difunto o la acreditación de los herederos.

Es tremendamente recomendable acudir a la figura del albacea digital, designándolo en nuestro testamento para que pueda acometer la gestión de la herencia digital

despacho AbogadoAmigo

El sector de los seguros también ha visto una oportunidad. Algunas compañías incluyen ya el borrado de la huella digital entre las coberturas de sus pólizas de decesos. DKV Seguros, por ejemplo, informa de que sus seguros “incluyen testamento online y borrado de la huella digital”, garantizando “a los herederos del asegurado la cancelación en Internet de la información relacionada con el fallecido”. Revisar estas coberturas —y comparar precios, dado el habitual ánimo de lucro desmesurado que roza la usura de las aseguradoras — puede evitar trámites dolorosos para las familias.

Por otro lado, asegurarnos de que nuestro rastro digital quede borrado es recomendable también desde el punto de vista de la ciberseguridad. La experta María Aperador advierte de que “los ciberdelincuentes aprovechan los obituarios y redes sociales para suplantar identidades o crear perfiles falsos del fallecido, cobrando después por transmisiones de funeral, pidiendo donaciones o difundiendo enlaces maliciosos”.

Los ciberdelincuentes aprovechan los obituarios y redes sociales para suplantar identidades o crear perfiles falsos del fallecido

María Aperador

experta en ciberseguridad

Si no se cierran las cuentas, añade, “pueden seguir conteniendo tarjetas guardadas, suscripciones activas o accesos a otros servicios. Incluso los correos del difunto pueden usarse para restablecer contraseñas y facilitar fraudes como la reclamación de deudas o la solicitud de préstamos. Esto sucede porque muchas empresas siguen aceptando datos básicos sin verificar adecuadamente la vida/estado de la persona”.

Además, según Aperador, todo lo relativo a nuestra huella pública —redes, registros, fotos, datos biográficos— se agrega y se comercializa. Así, “las listas de fallecidos pueden alimentar ataques automatizados (scripts que prueban combinaciones de datos)”, lo que “facilita ataques de suplantación masiva”. Por eso, eliminar los perfiles o convertirlos en conmemorativos lo antes posible no solo honra a los fallecidos, sino que protege también a los vivos.

El derecho al olvido

Todo este esfuerzo se inscribe en un marco legal todavía en evolución. Aunque la Ley Orgánica 3/2018 y el RGPD regulan parcialmente la gestión post mortem, persisten lagunas jurídicas. Desde el despacho de abogados Garrigues recuerdan que “la suerte o el destino de esos contenidos digitales ha de formar parte de la voluntad sucesoria, dada la creciente importancia económica y emocional de los mismos”. Por tanto, actualizar ese inventario cada dos años ayuda a mantenerlo operativo.

En este contexto cobra fuerza el derecho al olvido, recogido en el artículo 17 del RGPD y desarrollado en el 93 de la LOPDGDD. Permite solicitar la supresión de informaciones personales inadecuadas o irrelevantes con el paso del tiempo. “El derecho al olvido es la posibilidad de volver a tener control sobre la propia narrativa digital”, explica la Agencia Española de Protección de Datos (AEPD). “No se trata de reescribir la historia, sino de evitar daños injustificados derivados de la exposición permanente de datos personales.”

La AEPD ha resuelto numerosos casos en los que familiares solicitaron retirar de Internet información sensible de personas fallecidas. No obstante, como señalan expertos de Garrigues, “el ejercicio de este derecho se enfrenta a la tensión entre la privacidad y la libertad de información, lo que obliga a ponderar cada caso concreto”. En otras palabras: el olvido digital nunca es absoluto, pero es un derecho que protege tanto la dignidad de los vivos como el descanso de los muertos.

Y quizá ahí resida la paradoja última: Internet nos promete eternidad, pero también nos obliga a gestionar nuestra propia desaparición. Es curioso; siempre hemos buscado la manera de permanecer, de ser memoria. Sin embargo, en este contexto, quizá sea más humano abrazar el olvido.

Profesor de Filosofía, articulista, dramaturgo, guionista y un largo etcétera. Cuando buscas la definición de intrusista laboral, sale mi foto.