“No se atenderá a padres, todo el alumnado es mayor de edad”: ¿están los jóvenes universitarios sobreprotegidos?
Juventud sobreprotegida
Cada vez más profesores y personal universitario denuncian que los padres buscan entrometerse en los estudios o la toma de decisiones de sus hijos adultos; un problema que dice mucho de los modelos de educación actuales
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Al llegar a la mayoría de edad, los jóvenes deberían ser más autónomos en su día a día.

“El Vicedecanato de Prácticas no atiende a padres. Todo el alumnado matriculado es mayor de edad”, rezaba un cartel colocado en la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Granada. El rótulo, que en cuestión de días se hizo viral en redes sociales, ha visibilizado una situación que parece ser cada vez más frecuente en este ámbito educativo: que los padres busquen vigilar, guiar o incluso proteger a sus hijos a la hora de resolver problemas y realizar gestiones en la universidad.
Esto ha reabierto un debate que lleva ya unos años siendo parte del día a día para muchos profesores: ¿están los jóvenes actuales demasiado sobreprotegidos?

El vicedecano de Prácticas de la Universidad de Granada, Pedro Valdivia, explica que el cartel no se puso “en ningún caso para excluir ni molestar a las familias”. Pero también incide en que “responde a una idea muy sencilla, pero fundamental: nuestros estudiantes universitarios son personas adultas, y la universidad es un espacio donde se fomenta su autonomía, su responsabilidad y su capacidad de gestión personal”.
Aunque Valdivia reconoce que la intervención de los padres en este tipo de gestiones no es una tendencia generalizada, sí que ha habido casos. La voluntad era que el cartel sirviese como recordatorio simbólico. “Comprendemos que las familias busquen el mayor desarrollo posible en la carrera de sus hijos, pero también deben entender que su papel cambia cuando estos alcanzan la mayoría de edad”.

Para unos, dependencia emocional; para otros, aumento de confianza
Quienes se enfrentan a esta ausencia de autonomía por parte de los alumnos no son solo los profesores, sino también el personal de servicio de las distintas áreas. Juan José N., de 41 años trabaja como auxiliar administrativo en la Universidad de Valencia, y nos cuenta que “hay padres haciéndole la matrícula a los hijos o incluso viniendo a reclamar a objetos perdidos algo que se han dejado. No son todos, pero sí te encuentras con esa situación en ocasiones.” Una situación que aún sorprende a muchos de los trabajadores. “Hay profesores que llevan 30 o 40 años en la docencia y nunca han visto esto hasta ahora”
“Cuando se hizo viral aquel cartel de la Universidad de Granada, se compartió por el grupo de mis compañeros de trabajo, y muchos comentaban que les había sucedido algo así: que les habían llamado padres sobre las notas o sobre algún trabajo.”, nos explica María S., profesora en la Facultad de Educación de la Universidad de Valladolid.
“Tampoco es algo nuevo: en Estados Unidos llevan quejándose de este tema, de los que allí llaman “padres helicóptero” durante más de una década. A mí no me ha pasado muy frecuentemente, que venga un padre a reclamar algo sobre su hijo… Pero hace unos años, en una revisión de examen, alguien vino a comentarme que su padre consideraba que la guía docente estaba redactada de manera poco clara, y que creía que por ello debía aprobarle. Me dijo: “si no me apruebas, vendrá él a hablar contigo.” Me quedé completamente en shock.”
Los propios universitarios, por otro lado, tienen opiniones diversas al respecto. “Yo siempre me he encargado de mis gestiones, pero sí tengo compañeros que han venido con sus padres a hacer, por ejemplo, las gestiones de Erasmus. No lo veo mal, tampoco: si tienes buena relación con tus padres, es como pedirle a un amigo que te acompañe”, asegura Laura F., estudiante de tercero de Periodismo. “Si eres independiente, y sabes desenvolverte, ¿qué más da? Creo que se exagera mucho a ese respecto”.

Otro estudiante de tercero de carrera, Álex N., admite haberse enfrentado a esta situación al inicio de sus estudios en la carrera de Ingeniería de Telecomunicaciones. “Al principio, en primero y segundo, me costó bastante que mis padres me dejasen gestionar mi tiempo de estudio, que se preocupasen de si iba a clase o no… Pero al final, es un límite que tienes que poner para que entiendan que eres un adulto.” Pero nos explica que no le parece tan grave.“También entiendo que son ellos los que pagan mi matrícula y, si suspendo, les afecta.”
¿Jóvenes incapaces o padres sobreprotectores?
Incluso si, para algunos profesores, lidiar con los padres de los alumnos se ha convertido en una parte —si bien menos preponderante de lo que podría parecer— del trabajo, la situación varía según las instituciones, y otros nos explican que no se han enfrentado a esta situación en el día a día. Es el caso de Àngel Girado, psicólogo experto en educación y profesor en la Universitat de Girona. “En mi experiencia, no es una cosa que suceda habitualmente”, nos cuenta. “Hay padres que son más protectores cuando los niños son pequeños, y cuando se hacen mayores, intentan influir en su futuro, por ejemplo, estando permanentemente informados de cuál es el rendimiento académico de sus hijos.”
Girado alude al hecho de que, en realidad, las universidades no están siquiera autorizadas a compartir información académica con los padres de los alumnos. En la universidad, los alumnos son - en su mayoría, y con excepciones puntuales en los primeros meses de primero de carrera - legalmente adultos mayores de 18 años, a quienes se aplica la ley de protección de datos que impide divulgar información personal, como el rendimiento académico, con otras personas. “Como mayor de edad, un joven tendría que autorizar que determinadas informaciones, como las notas, se pudieran traspasar a los padres. Pero esto no es habitual.”
También se puntualiza que existen casos concretos en los que los padres sí pueden intervenir de manera positiva en las comunicaciones entre alumnos e institución. “Cuando el hijo tiene algún tipo de dificultad o problema que lo hace especialmente vulnerable (dificultades de carácter sensorial, de aprendizaje…) los padres pueden intervenir.” A este respecto, las universidades españolas poseen áreas de atención a la diversidad que se encargan de adaptar y atender a estos alumnos. “En estos casos, es posible que los alumnos se dejen asistir por los padres para aclarar cualquier cuestión que pueda afectarles.”
Para Girado y otros docentes, el quid de la cuestión no radica en que los jóvenes estén menos capacitados para lidiar con sus propias responsabilidades, sino en que hay padres que son excesivamente sobreprotectores con ellos, impidiéndoles desarrollar su propia autonomía. “Si el hijo pide consejo a los padres, los padres pueden darle este consejo sin problema. Pero más allá de esto no deberían interferir para nada. Pero, en ocasiones, los padres tienen sus propios problemas, miedos no resueltos de su pasado como estudiantes, al fracaso de su propio hijo… Y entonces se entrometen donde no tienen que hacerlo.”

Frente al modelo educativo autoritario que los padres solían aplicar hace décadas, donde los progenitores imponían las normas que los niños y jóvenes tenían que acatar, cada vez son más frecuentes los modelos protectores o permisivos, donde lo que prima es el afecto y la comprensión hacia éstos.
A pesar de que los padres permisivos generan mejores vínculos emocionales con sus hijos y por norma general, se sienten más aceptados y mejores consigo mismos, si esta manera de educar se lleva al extremo también puede generar problemas. “A veces, el modelo protector crea hijos a los que les cuesta tomar la iniciativa de la toma de decisiones porque siempre están pendientes de lo que van a opinar sus padres, a quienes miran, aún de adultos, como lo hacían de pequeños. Les cuesta más desarrollar sus habilidades de autonomía personal.”
El problema es que, llegados a este punto de la formación de un joven, quizás sea demasiado tarde para que estos padres excesivamente protectores corrijan su actitud. “Los padres protectores no son conscientes de que son protectores. Ellos creen que lo están haciendo bien, que lo hacen por el bien de su hijo. Si esto ha sucedido durante muchos años, es muy complicado salir de ese ciclo si no hay una situación grave que ponga el problema encima de la mesa.”


