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Jesse Cole, de la bancarrota a fenómeno global gracias a un deporte inventado: “Lo que sea normal, haz exactamente lo contrario”

Emprendimientos extremos

La historia del emprendedor que reinventó el béisbol al romper todas sus reglas y poner al aficionado en el centro del universo.

Jesse Cole, fundador de Savannah Bananas

Jesse Cole, fundador de Savannah Bananas

Jesse Cole siempre supo que el béisbol, el pasatiempo sagrado de Estados Unidos, se había vuelto aburrido. Sentado en las gradas de un partido universitario, este exjugador cuya carrera fue truncada por una lesión sintió una revelación: el problema no era el deporte, sino el espectáculo. O, más bien, la ausencia de él. 

Decidió entonces dedicar su vida no a gestionar un equipo, sino a dirigir un circo donde el béisbol fuera solo una parte del show. Con un esmoquin amarillo como declaración de intenciones, fundó su carrera sobre un principio innegociable, una brújula que lo guiaría a través del fracaso y el triunfo. Como explica en una reciente conversación, su método es simple pero radical: «Lo que sea normal, haz exactamente lo contrario. Nadie se emociona con lo normal».

Esa filosofía lo llevó en 2015 a Savannah, Georgia, una ciudad con un cementerio de equipos de béisbol fracasados. La comunidad lo recibió con hostilidad y escepticismo. Durante meses, él y su esposa, Emily, solo vendieron dos entradas. El rechazo era tan brutal que los dueños de las tiendas locales los echaban de sus negocios. 

La situación financiera se volvió insostenible hasta que llegó el punto de ruptura. «Eran las 4:45 de la tarde del 15 de enero de 2016. Nos quedamos sin dinero. […] Emily se giró hacia mí y dijo: ‘Tenemos que vender nuestra casa’. Así que la vendimos», recuerda Cole sobre el momento que lo cambió todo. Recién casados, se mudaron a un garaje y sobrevivieron con 30 dólares a la semana. Era el abismo, el crisol donde su determinación se puso a prueba.

Jesse Cole estaba al borde de la quiebra. Acababa de vender su casa para financiar un equipo de béisbol con un nombre ridículo en una ciudad hostil. Hoy, los Savannah Bananas son un fenómeno global

Con todo perdido, Cole se aferró a su única arma: la capacidad de generar atención. Organizó un concurso para nombrar al equipo y, en contra de todas las sugerencias lógicas, eligió el más absurdo: los Savannah Bananas. La reacción local fue de furia. La prensa los calificó de “vergüenza para la ciudad”. El rechazo se hizo palpable en las calles. 

“Nunca olvidaré el desfile del Día de San Patricio, dos semanas después del anuncio. Llevábamos camisetas verdes de bananas y nos abucheaban mientras caminábamos por la ciudad. Literalmente, la gente nos abucheaba”, relata. Sin embargo, a nivel nacional, el nombre se hizo viral. Cole había aprendido la gran lección de P.T. Barnum: la indiferencia es la muerte; la controversia, por dolorosa que sea, es una oportunidad.

La atención, sin embargo, solo te compra una primera mirada. Para convertir a los escépticos en creyentes, Cole diseñó una propuesta de valor tan demencial que era imposible de ignorar: el ticket todo incluido. Por 15 dólares, los aficionados no solo tenían su asiento, sino también hamburguesas, perritos calientes, refrescos y postres ilimitados. Sin tasas ocultas, sin letra pequeña. 

Era una apuesta total por su filosofía “Fans First”, que medía el éxito no en ingresos por asiento, sino en la calidad de la experiencia. “Tienes que centrarte en las métricas que más le importan a tus clientes”, afirma Cole. “Yo presto atención a lo largas que son las colas para comprar merchandising en cada partido. Eso me dice si hemos creado verdaderos seguidores”.

Savannah Bananas
Savannah Bananas

La noche inaugural fue un caos logístico, con esperas de horas para la comida, pero un triunfo cultural. En el campo, los jugadores bailaban coreografías, los entrenadores hacían sketches cómicos y el estadio vibraba con una energía nunca vista. El boca a boca explotó. Desde esa noche, nunca más han jugado un partido que no tuviera las entradas agotadas. 

Para mantener viva esa magia, Cole ha institucionalizado la creatividad, con reuniones semanales de “ideas exageradas” al estilo de Saturday Night Live y una disciplina personal de generar diez ideas nuevas cada día. “Quiero ser la organización deportiva que más rápido aprende del mundo. Y cuanto más hacemos, más aprendemos”, confiesa sobre su obsesión por la mejora constante y la experimentación.

El éxito consolidado lo llevó a su movimiento más audaz: abandonar la liga tradicional para crear su propio deporte, el Banana Ball. Con un límite de dos horas, reglas que prohíben los tiempos muertos y una norma que declara out a un bateador si un aficionado atrapa la bola de foul, el juego es un espectáculo trepidante diseñado para la era de TikTok. 

Llegará un mundo en el que la primera pelota que coja un niño será una banana amarilla

Jesse Cole

Esta invención transformó a los Bananas de un equipo divertido en un fenómeno del entretenimiento global, con una lista de espera de millones de personas y giras por estadios de la NFL. “Estamos construyendo un deporte”, sentencia. “Llegará un mundo en el que la primera pelota que coja un niño será una banana amarilla”.

Hoy, Jesse y Emily Cole siguen siendo los únicos dueños, habiendo rechazado innumerables ofertas para no ceder el control sobre la experiencia del aficionado. Su visión se expande hacia un parque temático, películas y nuevas franquicias. Han construido un imperio no sobre el béisbol, sino sobre la alegría. 

Su historia demuestra que en un mundo saturado, la pasión es el mejor imán y que a veces, para construir algo extraordinario, primero hay que estar dispuesto a perderlo todo. Como él mismo resume, su verdadera vocación, el motor que lo impulsa a seguir vistiendo ese esmoquin amarillo cada noche, es mucho más profunda que el negocio: “Persigo momentos”.

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