Opinión

El Estado autonómico ha muerto

 

 

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El Estado autonómico ha muerto: no funciona ni funcionará. Esta verdad apodíctica se ha puesto trágicamente de manifiesto en la dana de Valencia y en los recientes incendios en el oeste de España. 

Ante esta realidad insoslayable, surge una pregunta: ¿por qué? Las respuestas son tres: 1. Por unas malas leyes; 2. Por unos políticos ineptos, y 3. Por la polarización desbocada de los partidos. Y la solución propuesta está en función de la causa denunciada: para unos, hay que cambiar las leyes; para otros, hay que sustituir los políticos mediante elecciones, y para el resto, hay que erradicar la polarización. 

Tengo por razonables, pero incompletas, las tres respuestas. Las leyes son, como todo en esta vida, mejorables, pero su mejora no impedirá por sí sola que los políticos las burlen en función de sus intereses personales y partidarios. Y es difícil cambiar el talante de los políticos e impedir la polarización, que son trasunto de la sociedad en la que surgen.

 
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La causa profunda del actual colapso del Estado, que facilita la burla de las leyes y potencia la polarización de los partidos, es mucho más trascendente. Tanto que no se resuelve cambiando normas ni sustituyendo a unos dirigentes por otros, pues todo ello carece, por sí solo, de fuerza para afrontar el desafío de fondo. Este es la falta de sentido de pertenencia a una patria común, España, de una parte importante de los ciudadanos españoles. Lo que comporta que estos ciudadanos, al carecer de este sentido de pertenencia, no se sientan unidos por vínculos de solidaridad que antes se entendían como patriotismo. Para ellos, España no existe, es un “sitio”, es el “sur”, es “la que no tiene nombre”. Y un Estado, sin el sentido de pertenencia de sus ciudadanos a la nación que articula jurídicamente, no puede funcionar. Sea unitario, federal… o la Biblia en verso. No hay Estado sin nación.

La vida y la historia exigen a veces un radical cambio de ruta; así se encuentra hoy España

Los españoles hemos de reconocer este hecho fríamente y admitir que el problema es arduo y no se resuelve con un apaño: con un cambio de leyes o de dirigentes. ¿Qué hacer? 1. Ser realista y admitir, de entrada, que esto es así; 2. No poner la esperanza en falsas soluciones, como la culminación del desarrollo federal del Estado autonómico, que sí deberá hacerse, pero no para que se queden los que dicen querer irse, que jamás lo aceptarán lealmente, sino en beneficio de los que queramos seguir siendo españoles, y 3. Fiarlo todo a la fuerza creadora de la libertad, dejando que se vaya quien quiera irse, de forma que se recupere entre los que se queden la lealtad que exige una convivencia armónica.

Y un cop fet net, deberá rehacerse el Estado partiendo del Estado autonómico, que entonces sí funcionará, porque no habrá quien exija como derecho inmanente una singularidad solo posible en una relación confederal. Y, sobre todo, existirá entonces entre los ciudadanos españoles el presupuesto básico sin el que es inviable la vida en común: que el interés general prevalezca sobre los particulares. España sí podrá ser entonces un espacio de solidaridad primaria e inmediata, en el que todos los españoles sean iguales.

La vida y la historia exigen a veces un radical cambio de ruta para subsistir. Así se encuentra hoy España. Si quiere sobrevivir, habrá de permitir, previa la reforma constitucional necesaria, que se vaya la comunidad que de veras quiera irse (si es que, a la hora de la verdad, hay alguna), sin intentar evitarlo, una vez más, con concesiones y dengues nunca valorados y al fin escarnecidos. Es difícil rebatir esta propuesta, porque es un acto de máxima democracia dejar en libertad a la comunidad que exija decidir, con arreglo a la ley, si quiere o no seguir en una España articulada por un Estado federal simétrico (salvadas las singularidades constitucionales de lengua y fiscales), asumiendo en su caso, y en solitario, la responsabilidad que le atribuiría su independencia. Seamos todos libres para elegir nuestro camino. Unos para irse si así lo quieren. Otros para rechazarlos si no aceptan un Estado federal simétrico. Y Dios con todos.