Si Franco levantara la cabeza

EL AZAR DE LOS DÍAS

Imaginemos por un momento que el general Franco, caudillo de España, respondiendo a la invo­cación de alguno de sus seguidores –que aún tiene, y muchos–, saliera del panteón de Mingorrubio donde reposa y volviera al mundo de los vivos, para celebrar los cincuenta años transcurridos desde que lo abandonó. ¿Qué pensaría?

La primera impresión sería fuerte. La falta de decoro de la indumentaria femenina, los moños, teñidos y coletas de muchos hombres y el desparpajo con que las parejas homosexuales exhiben en la calle el cariño que se profesan lo dejarían de piedra. Vería la abundancia de tatuajes entre los hombres y se preguntaría si eran todos legionarios, pero los tatuajes de las mujeres le harían rechazar la hipótesis. Consideraría la posibilidad de haber ido a parar al infierno.

El general regresaría a Mingorrubio reconfortado de saber que la sociedad española no le ha olvidado

Le irritaría ver que no queda una sola calle que lleve su nombre. ¡Desagradecidos! La lectura de un par de diarios le bastaría para pensar que Pedro Sánchez y todo su Gobierno deberían estar entre rejas, encerrados bajo siete llaves con sus cómplices parlamentarios, sin excepción posible.

Las riñas entre Sumar y Podemos le parecerían una reedición descafeinada de los enfrentamientos entre anarquistas y comunistas durante la Guerra Civil, y el guirigay de las autonomías una amenaza inaceptable a la sagrada unidad de la patria. Se preguntaría cómo es posible que el Partido Popular no defienda suprimirlas todas inmediatamente. Que en el Congreso se pueda hablar catalán le parecería una afrenta.

31/05/06 FOTO DANI DUCH LV MAD FATXAS EN LA PUERTA DE LA NACIONAL Grupos ultras siguieron las comparecencias con vivas a Franco

 

Dani Duch

Alberto Núñez Feijóo le recordaría a los políticos de la Restauración, tan indecisos e ineficaces. Le gustaría más Isabel Díaz Ayuso, pero la idea de poner el poder de una nación milenaria como España en manos de una mujer le parecería una broma de mal gusto. Ni hablar. A la cocina. Simpatizaría con Santiago Abascal, pese a encontrarlo un poco estridente, y se alegraría mucho de saber que los sondeos le son cada día más favorables, sobre todo entre los hombres jóvenes, la semilla del futuro.

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El demencial desmadre de las redes le pondría de muy mal humor. Otra cosa que suprimir lo antes posible. Prohibidas, se acabó. Se admiraría de la omnipresencia del fútbol, con media docena de partidos televisados cada semana, y lamentaría que sus ministros nunca se hubieran atrevido a programar tantos. Alguien le pasaría un ejemplar de La península de las casas vacías y se diría que una de las primeras cosas que un gobierno serio debería hacer sería restablecer la censura y fusilar al autor, por impertinente.

Se divertiría leyendo que el presidente francés, Emmanuel Macron, ha decidido presentar pruebas para demostrar que su esposa, Brigitte, no es un hombre. ¡Pruebas científicas, válgame Dios! Esbozaría una media sonrisa y se diría que si Macron y su mujer tienen que demostrarlo por alguna razón será. ¡Estos franceses!

La Unión Europea no le inspiraría ninguna simpatía. Diría que la soberanía española es irrenunciable e indivisible y que todos los que acepten ceder una parte a los cantamañanas de Bruselas merecerían el garrote vil por traición. Pero vería que Bruselas, después de permanecer impasible durante meses mientras Israel exterminaba a millares de palestinos, está dispuesta a suspender un par de cláusulas simbólicas del acuerdo de asociación y se quedaría tranquilo. Un hatajo de inoperantes. Ningún peligro. Ahora quieren crear un ejército. ¡Como para ponerse en sus manos! No le importaría que España esté al borde de la ruptura de relaciones diplomáticas con el Estado judío. Diría que nos está bien empleado, por haberlas establecido. ¿No nos había advertido él mil veces de los peligros de la conjura ­judeomasónica?

Le agradaría ver que estamos al borde de la guerra con Rusia. Él también advirtió siempre que no nos podíamos fiar de los rusos. Haría planes para una nueva División Azul. La OTAN le parecería bien, pero sin aceptar imposiciones, poniéndola en su sitio. Se preguntaría cómo es posible que Vox sea proisraelí y prorruso y tomaría nota mental de la necesidad urgente de aclarar el asunto con Santiago Abascal. Alguien ha perdido la brújula.

Se alegraría mucho de la existencia de Donald Trump. No le gustarían los modos chulescos del magnate. Lo encontraría fatuo y bocazas, un poco fantasma, pero un fantasma con ideas­ claras y sin miedo a llevarlas a la práctica, y además fácil de torear. Mejor que esté él en la Casa Blanca que uno de esos predicadores del Partido Demócrata.

Poco a poco, el general se iría alegrando de ver que, pese a todo, su figura nunca ha dejado de estar presente entre nosotros. Aquel atado y bien atado no fue perfecto, porque los que tenían que hacerlo respetar eran un grupo de ineptos y cobardes, pero mal que bien funcionó. En el corazón de muchos españoles aún late un poco de rectitud y patriotismo. Aún quedan hombres de bien.

El general regresaría a Mingorrubio reconfortado de saber que hay jóvenes que acaban sus fiestas cantando el Cara al sol. ¡Bendita juventud! La sociedad española no solo no le ha olvidado, sino que, si la ciencia lo permitiera, ahora que Xi Jinping y Vladímir Putin hablan de la inmortalidad, aún le pediría que clausurara la Moncloa y se quedara en El Pardo. ¡Quién pudiera!

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