Opinión

La ciudad sin memoria

 

 

Àlex Garcia

La misma semana que se ha celebrado el salón The District en Barcelona, desalojaban una pequeña residencia en el Eixample, la quinta en lo que llevamos de año. Pronto cerrarán dos más. Se calcula que, desde el 2020, el distrito habrá perdido doscientas cincuenta plazas geriátricas, y que hay unos mil ancianos tutelados en el centro de la ciudad afectados por empresas y fondos de inversión que compran edificios enteros y los dedican a la explotación inmobiliaria. Algunos mayores se reubicarán junto a los mismos trabajadores en un equipamiento de Poblenou. Los menos afortunados irán a un sitio nuevo, lejos de su paisaje cotidiano, rodeados de gente a la que no conocen.

 
 Àlex Garcia

Al grave problema del acceso a la vivienda, la gentrificación añade la expulsión de quienes llevan toda la vida en el mismo barrio, forman parte de él, han creado un vínculo con el entorno y tejido social, son memoria de la ciudad. La vida es donde hacemos vida, donde vivimos, donde están nuestros puntos de referencia, la gente con que nos relacionamos, eso que llamamos hogar. Sacar a alguien de allí es sacarlo de su propia vida; con el agravante, en el caso de las personas mayores, de que a muchas les cuesta empezar de cero y tienden a desorientarse, no llegarán a familiarizarse con la nueva situación.

Basta con que otro tenga más dinero que tú para decidir dónde puedes vivir y dónde no

Hasta hace no tanto, nos habría parecido impensable que, si pagas la renta o la residencia, pagas impuestos y eres un ciudadano ejemplar, pudieran echarte de tu casa y de tu barrio. Ahora normalizamos que casa ya no es sinónimo de refugio, porque basta con que otro tenga más dinero que tú para decidir dónde puedes vivir y dónde no.

Leo Diarios del olvido, del bosnio Semezdin Mehmedinović, publicado por la bonita y cuidada editorial Deleste. En su investigación del exilio sobre la memoria, el autor escribe: “Recordamos los lugares que hemos habitado, pero ellos no se acuerdan de nosotros”. El negocio de las no viviendas –segundas residencias y pisos de paso– deshumaniza las ciudades. Porque ¿qué somos, si no memoria? Ningún derecho recoge que puedas vivir en el barrio donde te criaste; la Constitución dice que tienes derecho a una vivienda digna, nada más. Quizá cabría considerar que esa dignidad implica que no te echen de donde vives, que no te obliguen a exiliarte de tu propia memoria.