
Yo soy fan de la Virgen del Pilar
Religión o religiosidad, por una vez la modernidad me pilla bien colocado: desde pequeñito, soy fan de la Virgen del Pilar. Lo digo ahora antes de que los influencers le pillen el rédito a la onda, polaricen la devoción mariana y terminemos a palos o montando unas semifinales Vírgen del Pilar-Covadonga, Moreneta-Almudena con final de campeonas en Lourdes.

Hay indicios y runrún de atracción de la juventud por lo religioso aunque solo sea por estética, a lo Sorrentino. Ahí está Dani Alves, haciendo proselitismo de una Iglesia evangélica o Rosalía en pose católica y caja registradora.
Gracias a la moda, ya puedo salir del armario sin que me llamen meapilas o mojigato
Gracias a esta tendencia, hoy puedo, por fin, salir del armario sin que me llamen meapilas, mojigato o chupacirios y aconsejar a todos los lectores que se hagan simpatizantes de la Virgen del Pilar –la de Zaragoza, no la de Zamboanga, que en Mindanao aún quedan militantes del disuelto Frente Moro y tienen mal pronto–.
En la hora de apuntarse a una virgen en el fragmentado mercado español, ¿qué prestaciones tiene la del Pilar que no tengan otras? En primer lugar, se trata de una Virgen con nickname: Pilarica. Eso permite un rollo que no se da, por ejemplo, con la Almudena o la Mercè.
En segundo lugar, la Virgen del Pilar es muy conseguidora y ofrece una rentabilidad que, la verdad, no mejora nadie. Es de esas que nunca te echan en cara el si te he visto, no me acuerdo, cuando le pides un favor, aunque seas un sinvergüenza. ¡Y qué fiabilidad! Mi santa madre, aragonesa, ya le tenía fe y de pequeñito me pasaron por el manto de la Virgen, ocurrencia que, al parecer, contribuyó a que una poliomielitis no me dejara cojo, ya les gustaría a algunos.
Décadas después, he recurrido en dos o tres ocasiones a la Virgen del Pilar –no hay que abusar– y no para pedirle hueco en la barra del zaragozano bar Circo –¡qué pincho de tortilla, qué torreznos!–, sino para echar un cable a personas que quiero, ruegos que ha atendido siempre. Lástima que en la última visita a su capilla hubiese tanta gente haciéndose selfies.
Y ojalá algún día la última novia o, mejor, mi hijo vayan a pedirle cosas, por la cuenta que me trae.

