Los barrios, como si la ciudad fuera una gran pendiente, se derramaban hasta el entorno de la catedral. O a la catedral misma. Un asunto de abuelos y nietos, de tietes y sobrinos. Una granizada de niños con la feroz alegría del primer día de vacaciones. La Fira de Santa Llúcia. Una foto virada de antiguo, ni sepia ni verdosa, con el color que da el tiempo y el de haber estado mal guardada. El pesebre, un ritual que sobrevive. Cíclico. Anual. Benigno y renovado. Tierno.
Un mar de abetos talados. Olor a frío, a musgo, a eucaliptus y a corcho. El rojo y las hojas puntiagudas y brillantes del acebo en ramos. El muérdago acuarelado de blanco opaco y portador de buena suerte –siempre que se regale–. Por unos días el paréntesis del mundo rural ocupando la gran ciudad. El bosque en la avenida. Un paréntesis vegetal. Con permiso de Joan Amades y su Costumari català , el pesebre tiene un algo de surrealismo. Una idea poética, sin duda. Una representación plástica como fenómeno cultural y popular que une lo antiguo con lo contemporáneo. La ternura infantil y la nostalgia de los mayores, la propina paterna para una nueva adquisición, en todo caso: un recuerdo gozoso.
Una narración visual con su río de aluminio y el cielo pintado a mano con azulete, inamovible, enrollado, de venta al por mayor. El pesebre o belén, según, es un diorama por el que circulan personajes emblemáticos, recurrentes, la mayoría sin un hilo argumental, figurantes relacionados con la tierra, oficios rústicos... Herramientas en desuso. Un estallido de animales domésticos. Y, eso sí, el nacimiento ineludible. Antes de la invasión del plástico, las figuras eran de barro pintadas una a una. Toscas, imperfectas como todo lo bello. Frágiles y folklóricas.
En estos tiempos de una alegría quién sabe cada cuándo, la confección del pesebre, con religiosidad o sin ella, convoca a la ternura y ahuyenta la desesperanza, bueno será. Y cada uno hace lo que puede, hay casas en que su pesebre cabría en una postal y otras con personajes como esculturas. Y los boomers recordarán cómo se reparaban las figuritas accidentadas, que la pasta de harina y agua era de gran eficacia reconstructora para brazos y piernas tronchadas por golpes y veranos en penumbra. O el pegamento Imedio, que olía a medicamento. Una figura inquietante: un cura con sotana y un paraguas en la mano montando un borrico (?) Siempre me perturbó. Todo lo que está alrededor del pesebre, como generador de ilusiones, su idea y confección, la creatividad, el afán por parecer real, su carácter efímero, artesanal… me parece un ingenuo desafío a la dictadura tecnológica. No sé…
