
Conócete a ti mismo
Quien subía al templo en Delfos no iba a buscar un eslogan, sino una respuesta. En la ladera del Parnaso, en Grecia, entre rocas y vapores sagrados, se alzaba el santuario de Apolo, el centro espiritual del mundo griego. Allí acudían reyes, generales y ciudadanos corrientes para consultar al oráculo antes de tomar una decisión importante. Era un lugar de peregrinación, miles de años antes de El Vaticano, Santiago o La Meca.
Antes de llegar a la sacerdotisa, el visitante se encontraba con varias inscripciones grabadas en piedra. No eran profecías, sino advertencias. La más célebre decía “conócete a ti mismo”. Es decir, antes de opinar sobre los demás, conviene mirarse un poco por dentro. No demasiado –que da vértigo–, pero lo justo. No eran malas recomendaciones para quien iba a preguntar a un dios. Tampoco lo serían hoy para quien ejerce el poder.

Miles de años después, la política española ha desarrollado una lectura muy particular del conócete a ti mismo, porque da igual conocerse a uno mismo… lo importante es no conocer bien a los demás. Ahí está María Jesús Montero, que ha venido a decir que casi no conocía a quien fuera su estrecho colaborador, Vicente Fernández, detenido por corrupción en el caso Cerdán (el de la calle), al que nombró presidente de la todopoderosa Sociedad Estatal de Participaciones Industriales (SEPI). Solo le faltó decir “al único Vicente Fernández que conozco es al cantante mexicano de rancheras”. Lo mismo le pasa a Pedro Sánchez, que acaba de declarar que “desde el punto de vista personal, Ábalos era un gran desconocido para mí”. No se niega la relación, pero se evapora el conocimiento. Esto es metafísica. El conocimiento, como la responsabilidad, se vuelve volátil en cuanto aparecen el juez, la UCO o la cárcel.
Viene a decir que el gran reto no es conocer a colaboradores como Ábalos, Cerdán, Koldo, la impagable Leire Díez o Vicente Fernández. El gran reto es conocerse a uno mismo. Y eso ya es mucho pedir. Un Peugeot compartido durante cientos, ¿miles?, de kilómetros, recorriendo agrupaciones socialistas por España, kilómetros de conversación posible… y nadie conoce a nadie, como tituló Juan Bonilla una de sus novelas. Un prodigio antropológico. Cualquier familia de Barcelona discute antes de llegar a Begur. Ellos, no. Iban callados. Tal vez practicando el conócete a ti mismo. Lo irónico es que para conocer a los demás hay que empezar por uno mismo. Saber quién es uno, a quién nombra, a quién sienta a su lado y a quién sube al coche. Porque si no sabes quién eres, acabas diciendo que no sabías quién era el de al lado. Desde Delfos, Apolo debe de estar sonriendo.
