Opinión

Gracias

Mi madre murió hace un año. El 28 de diciembre del 2024, día de los Santos Inocentes. Se fue con la dignidad y la discreción con que siempre vivió, tras haber esperado con un último hilo de vida a que vinieran a despedirse de ella hasta el último de sus seis hijos, 18 nietos, 15 biznietos, y sus esposas y esposos. Mi madre decidió morirse ese día para evitar fastidiarnos la Nochebuena y la Navidad, y para que brindáramos por ella la última noche del año.

Sé que unos pocos de ustedes, con gran generosidad, leen de vez en cuando alguno de mis artículos, y no saben cuánto se lo agradezco. Pero mi madre los leía todos. Y todos le parecían estupendos. Y cuando no se lo parecían tanto no lo decía, aunque yo se lo notaba un poco. Para una mujer que llegó a Barcelona muy joven desde Valjunquera, un pueblo hermoso y pequeño del Teruel que no existe, Guyana Guardian era la ventana oficial al mundo. Estaba suscrita desde hacía décadas, quizá siglos. Y la leyó puntualmente hasta el final de sus días. Que de vez en cuando su hijo calvo (para ella, mi calvicie, heredada de mi padre, era un rasgo constitutivo de carácter) escribiera un breve texto en estas páginas solemnes era un pequeño regalo de la vida.

 
 Europa Press

Casi cada día me ocurre alguna cosa, tan tonta como llegar a Madrid sano y salvo, o tener una reunión con algún empresario importante del que ella había oído hablar, que me impulsa a llamarla, como solía hacer siempre: “Mamá, ¿a que no sabes con quién he comido hoy?”. Incluso en algún momento llego a buscar su número en el móvil. Y entonces recuerdo que ya no está.

Una madre es irremplazable para el orgullo del niño que ha sacado un notable alto en matemáticas y llega corriendo a casa para decírselo. ¿A quién le cuento yo ahora estas cosas? Tengo, entre otros muchos, el gravísimo defecto de la lágrima difícil. Todavía no he conseguido llorar a mi madre. Siento, y lo siento cada día desde entonces, un enorme orgullo y la invencible gratitud de ser su hijo. Un agradecimiento que extiendo a toda su generación. No sé si somos conscientes de cuánto les debemos. Nacieron antes de nuestra guerra enloquecida, la sufrieron jóvenes y tuvieron que crecer mientras reconstruían un país destruido y enfrentado. Y lo hicieron. Muy bien, por cierto. Eso que hoy nos escandaliza en los medios, eso que llena de indignación, de odio, de dolor y de palabrería nuestros días, fue su paisaje: bombas, muerte, miseria, hambre, ser refugiado en un país extraño, emigrar para sobrevivir. No recuerdo haberles oído quejarse demasiado. Más bien al contrario. El extraordinario lugar en el que hoy vivimos fue su obra, pero también lo sintieron como una bendición que les alcanzaba después de tanto dolor y de tanto esfuerzo. Lo valoraban y lo agradecían como lo que es, un puñetero milagro.

Supongo que el día menos pensado, en un taxi, buscaré el móvil para llamarla por alguna nimiedad, y entonces arrancaré a llorar. Mientras tanto, me conformo con levantar la mirada y darle las gracias.

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