
Por qué no creo en Dios, pero sé que existe
A propósito de todo
Dios ha vuelto a aparecer con fuerza en la conversación pública. Es un síntoma. Y cuando algo vuelve así, quizá sea momento de hablarlo sin miedo y sin dogmas.
Una vez más, estoy agradecido por el cariño y las intervenciones en los comentarios al texto de la semana pasada. Es el motor para seguir escribiendo. Aprovecho para desearles un 2026 que mejore el 2025.
No creo en Dios como creador del universo. Pero no tengo ninguna duda de que Dios existe.
No lo veo como un ser todopoderoso que decide los designios de la humanidad. Lo veo como el relato más poderoso jamás creado por los humanos.
Una fuerza irracional que nos permite vernos como algo más que individuos aislados. Algo que nos empuja a construir, a sacrificarnos, a imaginar proyectos vitales que nos sobreviven.
Sin ese relato, la mayoría no sabría por qué merece la pena ir más allá de uno mismo. Dios existe porque nos ayuda a olvidar nuestra pequeñez individual.
La ciencia explica el mundo. Lo mide, lo ordena, lo hace avanzar. Nos dice cómo funcionan las cosas, pero no por qué deberíamos cuidarlas juntos.
La ciencia no construye sentido compartido. No mueve a millones de personas a sacrificarse por algo que no van a ver terminado. No crea vínculos emocionales entre desconocidos.
La ciencia nos explica el universo. Los relatos —y Dios ha sido el más poderoso— nos explican a nosotros dentro de él.
Dios no puede explicarnos el universo, pero puede ayudarnos a vivir sabiendo que un día moriremos.
Dios no es perfecto. Es contradictorio porque toda creación humana lo es. Es capaz de llevarnos a la Luna y a los campos de batalla a desangrarnos.
Porque así somos los humanos, capaces de lo mejor y lo peor.
Dios nos amplifica. Somos nosotros elevados a la máxima potencia.
Dios es el relato que puede empujarnos a cuidarnos unos a otros y también la excusa perfecta para controlar al otro. Especialmente a las mujeres.
Dios no es un problema, pero sí pensar que es la solución a todo. Es el relato que nos ayudará a crear un futuro mejor. El problema es cuando pensamos que solo nosotros hablamos con él. Cuando deja de ser una historia compartida para ser una excusa individual. Cuando alguien dice “Dios dice esto” el relato deja de funcionar y pasa a ser una orden.
Si hemos vuelto a Dios es porque sabemos que necesitamos un nuevo relato que nos explique. Un relato que nos ayude a entender cómo construir un sistema social justo una vez más. O en palabras de Dios, un camino que nos ilumine hacia la grandeza humana.
Dios existe porque lo hemos creado nosotros. Y mientras exista, lo que hagamos en su nombre seguirá hablando de nosotros. Dios vuelve a estar en boca de todos porque intuimos que el sistema que nos ordenaba ya no basta. Que necesitamos algo que vuelva a unirnos, algo que dé sentido a sacrificios compartidos. No necesariamente fe. Relato.
La pregunta no es si Dios existe.
La pregunta es si estamos a la altura del relato que inventamos para ser mejores.
La pregunta es qué tipo de humanos somos cuando decimos creer en Él o Ella.


