Hoy iba a escribir sobre otras cosas.
Pero pensé en la cena de Nochebuena.
Y acabé escribiendo no sobre la Navidad, sino sobre volver a casa siendo otro.
Aprovecho también para desearles unas felices fiestas y agradecerles el tiempo y el cariño que suelo encontrar en los comentarios.
La Navidad es una factura emocional.
El único momento del año en el que el cuerpo te recuerda lo que has sacrificado para llegar hasta aquí.
Hay éxitos que no caben en la mesa de Navidad. Puedes haber llegado lejos. Haber construido una vida más ambiciosa, más alineada contigo, más libre. Y aun así, sentarte en casa y preguntarte si algo ha tenido sentido.
El éxito profesional es un logro que no se puede llevar a casa. En la mesa de Navidad no hay KPI’s. No hay objetivos cumplidos, ni métricas, ni relatos de éxito que te definan. Allí no importa lo que has conseguido fuera, sino lo que fuiste dentro. Y ese que fuiste dentro cada vez existe menos. Y cuando eso pasa, uno no sabe muy bien quién es.
En la mesa de Navidad no hay nada que demostrar.
El éxito te enseña a llegar lejos. La Navidad te recuerda a qué precio.
Para los tuyos no eres un cargo, ni una trayectoria, ni un proyecto. Eres esa versión tuya que recuerdan. El niño que fuiste. El adolescente que dudó. El adulto que se fue.
Te fuiste para ser alguien. Y vuelves para descubrir que, para ellos, sigues siendo aquel.
La familia tiene un recuerdo tuyo. Allí nadie olvida tus versiones anteriores porque te quieren desde antes de que fueras interesante. Fuera eres adulto. En casa sigues siendo hijo. Y esa contradicción —entre quien eres lejos y quien sigues siendo allí— nos frustra más de lo que estamos dispuestos a admitir.
Es algo difícil de explicar: la conciencia de que algunas decisiones eran necesarias… pero también sin vuelta atrás.
Elegiste carrera, ciudad, ambición. No había otra opción si querías vivir como querías. Y aun así, hay un hueco que aparece cuando ya no puedes ver a tu abuela, a tus padres, a tu hermano a cualquier hora.
El abrazo de la abuela es una contradicción perfecta. En él cabe la culpa adulta del que se fue y, al mismo tiempo, el amor intacto del niño que nunca dejó de ser para ella. No te abraza como eres ahora, ni como has llegado a ser. Te abraza como fuiste. Y por un segundo, todo lo que has construido fuera se vuelve irrelevante.
La abuela no te reclama tiempo. Te lo regala. Y por eso duele perderlo.
El precio del éxito no se paga con dinero. Se paga con ausencias pequeñas que un día pesan mucho: cenas a las que no fuiste, llamadas que pospusiste, fiestas familiares que parecían repetibles… hasta que dejaron de serlo. El éxito no te quita a la familia. Te quita tiempo con ella. Y eso es peor.
No puedes compensar el tiempo perdido. No hay reparación posible. Ni dinero que compense.
Volver no es pedir perdón. Es sentarse. Escuchar. Estar sin explicarte.
Todo el año construyes futuro. En Navidad, el cuerpo te pide pasado.
Recordarte quién eras cuando aún no tenías que demostrar nada.
Quizá la madurez no sea elegir una de esas versiones,
sino aprender a convivir con ambas
sin traicionar a ninguna.
Hay éxitos que no caben en la mesa de Navidad.