
Belenes y corrección política
Hace bastantes años, cuando servidora de ustedes era una adolescente, en una época pretérita en que no había más teléfonos que los fijos y a nadie se le podía pasar por la cabeza que la tecnología cambiaría nuestras vidas en un pispás, por estas fechas navideñas la gente se felicitaba mandando christmas, eso es las postales, hoy en casi total desuso, con que nos deseábamos fiestas dichosas y prósperos años nuevos.

Supongo que aquellos que con tanto éxito introdujeron el término christmas –figura incluso en el Diccionario de la RAE– debían de ser los abuelos de los que hoy nos bombardean con la horterada de save the date en vez de reserve la fecha. Seguro que quienes nos convidan a los importantes eventos que requieren ser agendados con anticipación consideran que es mucho más elegante utilizar las palabras o palabros, en tal caso, sí, palabros, en inglés, que en el idioma propio.
La moda ha irrumpido incluso en instituciones como la Delegació de la Generalitat de Catalunya en Madrid, que no hace mucho envió un correo con motivo de la concesión del premio Blanquerna 2025, al director del Cervantes, Luis García Montero, con el save the date. Como suelo hacer en tales casos, contesté pidiéndoles, que, por favor, en la próxima invitación escribieran: Reserve la fecha / Reserveu la data. Me temo que no me harán caso, porque el uso del idioma del imperio yanqui es muy del gusto de las instituciones catalanas. Quién sabe si pronto, para estar a la altura, en vez de Generalitat de Catalunya, se optará por Generality of Catalonia.
Ahora la inmensa mayoría de los buenos deseos no se acompañan de ilustración religiosa alguna
Vuelvo a los christmas, término hoy en desuso puesto que ha desaparecido la cosa a la que hacía referencia, eso es la tarjeta de Navidad, como define el Diccionario de la RAE, aunque en su origen la palabra procede de Cristes (Cristo) y maesse (misa) y alude a la celebración litúrgica navideña que conmemora el nacimiento de Jesús. Fueron, pues, los anglosajones los que impusieron la moda del Christmas card, que aquí, como de costumbre, copiamos, para agobio de los carteros de los años sesenta, setenta y ochenta del siglo pasado, ya que las felicitaciones nos llegaban por correo postal. Hoy son los correos electrónicos y más aún los servicios de mensajería, especialmente los watsaps, los medios usados para enviar felicitaciones navideñas, en las que, de un tiempo a esta parte, han ido desapareciendo las imágenes del nacimiento de Jesús, que conmemoran tantas y tantas obras maestras pictóricas.
Ahora la inmensa mayoría de los buenos deseos de amigos, conocidos y saludados, además de los de las empresas de servicios, bancos..., no se acompañan de ilustración religiosa alguna. Se prefiere escoger Papás Noel cuanto más barrigudos, mejor, árboles de los que cuelgan perifollos varios, renos muy astados, estrellas más o menos resplandecientes, monigotes de nieve, paquetes con elegantes envolturas coronadas por lazos y un largo etcétera de chorradas infinitas.
¿A qué se debe tal rechazo a los Nacimientos?, me he preguntado estos días ¿Cabe suponer que todo el mundo trata de impedir que sospechemos que sus intenciones no son políticamente correctas? ¿Que el laicismo no domina su conducta?, y así evitan cualquier indicio cristiano no fueran a molestarse musulmanes, budistas, sintoístas adoradores del espagueti volador y, por supuesto, los ateos gubernamentales…
No se me escapa, agnóstica como soy, que la fecha del 24 de diciembre coincide con el solsticio de invierno que los romanos celebraban y que el sincretismo se ha dado en todas las culturas y épocas, lo que no tiene por qué impedir que recordemos lo que de renovador, transgresor y revolucionario implicó el cristianismo, que todavía, para bien y para mal, impregna la civilización occidental. Por eso me parece absurdo tratar de soterrar una tradición arraigada hasta hace poco como es la del Nacimiento. El hecho de conmemorar que unos pobres como María y José fueran obligados a viajar de Nazaret a Belén para empadronarse y tuvieran que refugiarse en un establo porque no tenían dónde guarecerse y allí naciera Jesús parece que incomoda incluso a los creyentes y prefieren olvidarlo. De no ser así, no se explica que el alcalde de Badalona se vanaglorie justo los días antes de Navidad de haber por fin desokupado a los inmigrantes del instituto B9 de Badalona, enviándolos a la intemperie sin contemplaciones mientras en su ciudad proliferan las iluminaciones y los árboles monumentales.
