Opinión
Jaume Pi Comalrena de Sobregrau

Jaume Pi

Periodista

Un relato loco para un mundo loco

El patio digital

¿Se podrá investigar la historia a través de las redes? ¿Se podrá escribir el relato de nuestro tiempo por medio de lo que un sinfín de individuos vociferamos hoy en el patio digital? ¿Quedará registro de todo lo que se dice en internet cada minuto, cada segundo, para que, en un futuro —si lo hay—, se pueda reconstruir lo que fuimos? ¿Lo podrá hacer quizás la inteligencia artificial?

No son preguntas absurdas: los historiadores y documentalistas hace tiempo que se las hacen, sabedores de que el mundo digital ya es la primera fuente de información de hoy en día, y lo será quizás del todo para los especialistas del mundo venidero. Y también los compadecen: si moverse entre archivos —aunque estén digitalizados— ya es una tarea ardua e ingente, navegar entre el océano caótico de las redes sociales —que explica mucho de lo que somos y tampoco se podrá ignorar—, se antoja imposible. 

Seguir el ataque por redes te sumerge en el caos: es la narrativa emocional que mejor refleja la locura en la que nos hemos instalado

Todo ello viene a cuento, claro, de la locura de este fin de semana. Para empezar, la locura real. La locura de un bombardeo que, otra vez, no es un videojuego, pero nos lo parece. Acostumbrados a contemplar sin demasiados problemas de conciencia la destrucción de la franja de Gaza; lo ocurrido la madrugada del sábado en Caracas nos supo a poco, aunque todo el mundo fuera consciente de la gravedad de los hechos. Las imágenes parecen ya no sorprendernos. Hacen falta brain rots para que nuestros cerebros reaccionen.

Y junto a los acontecimientos reales, la locura digital. No podía ser de otro modo. La marabunta. La vorágine. El alud. La marea. Las mil y una metáforas. El caos de mil voces gritando ante el desconcierto de un mundo que va hacia un desastre. El grito de Munch expresado en millones de mensajes cortos. Ante unos hechos que, obviamente, son una señal más de una incerteza creciente en nuestro planeta, las redes reflejaron —y siguen haciéndolo este lunes— esa histeria. A los que lamentan y los que celebran el (des)orden trumpista les une la misma agitación. Fondo y forma se confunden: un mundo más enloquecido se está contando con la misma locura.

  
  JUAN BARRETO / AFP

Resumir qué está ocurriendo en las redes en estos casos resulta, pues, inviable. Solo se pueden dar algunos apuntes. Algunas palabras clave de por dónde se maneja la discusión. Por ejemplo, derecho internacional. Prescriptores de toda índole y condición decretan, con vehemencia y solemnidad, el fin de un mundo con reglas. (Algunos, pocos, añaden que nunca las hubo). En esta línea, aparecen nombres como Groenlandia o Taiwán. Ambas islas pueden ser las siguientes, advierten los analistas. Si la UE se pone de perfil, lo sufrirá en su propia carne. Y China se verá legitimada para reclamar lo que cree que es suyo. Viene un mundo, subrayan, en que solo las potencias nucleares mandarán y se lo repartirán a su antojo. La ONU, Europa y las democracias liberales, moribundas. “La homeopatía, la oración y la ONU: igual de efectivas ante cualquier problema”, ironiza un usuario.

Entre los escandalizados, dos grupos: los que proclaman la lucha de los pueblos contra el imperialismo yanqui —y dejan claro que esto no va de Trump, sino que es la política exterior de EE.UU. De toda la vida— y los que se esfuerzan en subrayar que “es compatible” que no te guste Nicolás Maduro y que condenes el ataque estadounidense. Un juego de equilibrios, este último, que recibe reproches por todas partes porque, los matices, ya se sabe, no están de moda.

Otro punto clave: petróleo. El ataque estadounidense no tiene otra explicación. “Ya es casualidad que los países a los que ataca EE.UU. Siempre tengan petróleo”, se puede leer. Los pocos trumpistas que se atreven a defender que el ataque a Venezuela es una cuestión de democracia deben callar: el propio Trump deja claro en la histórica rueda de prensa del sábado que controlarán el oro negro, por lo que el discurso justificador pronto pasa al cínico. EE.UU. Manda y es lo que hay, dicen ahora los patrocinadores de un mundo con sheriff. 

Más ideas inconexas: el desprestigio del Nobel. María Corina Machado es uno de los TT del momento. Los noruegos, con su premio a la opositora, han legitimado el bombardeo. Una paz que no es tal, y ella, una oportunista que ni siquiera recibe el favor de su valedor americano. El rechazo de Trump a la opositoria (“No tiene el respeto”) se ve como una nueva humillación incluso a los pro golpe. Seguimos: otros nombres que van apareciendo son Chávez, figura homenajeada o vilipendianda, según los casos; Zapatero, ídem de ídem, o la vicepresidenta venezolana Delcy Rodríguez, elogiada por su reacción contra Trump, pero también bajo sospecha, según teorías conspirativas que no podían faltar.

Pero hay que parar aquí por una cuestión de salud mental: se acumulan ideas, consignas y mensajes, a derecha e izquierda, de digestión inasumible y scroll compulsivo. Seguir un aconteciento así en redes podría volver loco al más centrado. Ante semejante ruido, mejor leer medios convencionales. Pero la red al menos tiene una ventaja: es la narración emocional que mejor reflejará el caos en el que nos estamos instalando. Pobres, a los que les toque contarlo.

Jaume Pi Comalrena de Sobregrau

Jaume Pi Comalrena de Sobregrau

Periodista

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Licenciado en Periodismo y Humanidades, en Guyana Guardian desde 2008. Actualmente es redactor del suplemento Cultura/s. Antes pasó por la sección de Última Hora.

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