
Las muertes de Brigitte Bardot
A finales de diciembre, la biografía de Brigitte Bardot se cerró
en Saint-Tropez. La muerte es la prosa de la finitud, ruda y definitiva; el cine la sabotea con la persistencia de ciertos fotogramas. Poco antes, pude ver Nouvelle vague, de Richard Linklater (hoy llega a cartelera), que nos devuelve a ese París de 1960, donde el cine empezaba a balbucear una nueva sintaxis. Lo hace reconstruyendo el rodaje de Al final de la escapada (1960), de Godard. Si la nueva ola incendió la tradición, Bardot fue combustible: ella era ruptura antes incluso de que existiera una gramática capaz de contenerla; una energía que los cineastas –a veces con torpeza, otras con genio– quisieron someter al encuadre.

Mi descubrimiento de BB ocurrió hace solo dos veranos, con su cúspide interpretativa: El desprecio (1963), basada en la novela de Alberto Moravia. Ahí la actriz no es solo el cuerpo que los espectadores miran, sino también el que mira de vuelta, el que no acaba de dejarse poseer por el relato. En la novela ya estaba el accidente mortal, pero Godard lo tradujo en una imagen cruel: Bardot inerte y ensangrentada, sobre un Alfa Romeo rojo. Un año antes, Louis Malle ya la había matado en Una vida privada, donde el flash de un paparazzi la deslumbra fatídicamente. Finales distintos y, sin embargo, emparentados: la mujer que desborda el relato paga con el cuerpo. Es una ley antigua, casi mecánica. Lev Tolstói la aplicó con Anna Karénina, arrojada a las vías del tren. Sospecho que el arte, incluso cuando se cree emancipador, tiene miedo de lo que no puede gobernar.
Linklater recupera la idea de que el cine podía inventarse cada mañana en una esquina de París
Lo que Linklater recupera es el pulso de lo coral: la improvisación disciplinada, la sensación de que el cine podía inventarse cada mañana en una esquina de París. Su filme despoja a la figura de Godard de su condición de ídolo solitario para devolvernos el ruido del rodaje y el protagonismo de sus colaboradores, subrayando el oficio invisible de la montadora o la continuista.
Mientras el mundo despide a la Bardot de carne y hueso –con sus no pocas sombras–, el cine insiste en disputarle la última palabra a la muerte: queda su imagen de celuloide, la única manera de asir lo inatrapable.
