Opinión

El tiempo de los monstruos

Donald Trump no conculcó el derecho internacional cuando sus soldados secuestraron a Nicolás Maduro. Este supuesto valor mundial hace décadas que es papel mojado para los poderosos. De hecho, ya nació tocado cuando la Carta de las Naciones Unidas reconoció a Francia, China, la URSS, Gran Bretaña y Estados Unidos el derecho de veto para oponerse a cualquier resolución del Consejo de Seguridad. Los ejemplos de cómo las cinco potencias han convertido la legislación internacional en la ley del embudo para organizar golpes de Estado, guerras o invasiones se cuentan por decenas.

 
 Brendan McDermid / Reuters

Lo que sí es cierto es que con Trump hemos entrado en una nueva etapa. El pensador comunista Antonio Gramsci lo anticipó cuando predijo “la muerte del viejo mundo mientras el nuevo tarda en aparecer y en este claroscuro surgen los monstruos”. En la época de los monstruos, no se guardan las formas del decoro diplomático. Lo que cuenta es la dimensión del garrote; los arsenales de portaaviones, misiles o drones para arrodillar al díscolo y someter el adversario a cualquier precio. Con un objetivo, asegurarse el dominio económico y geoestratégico de su parte del mundo.

En la época de los monstruos, no se guardan las formas del decoro diplomático

En esta versión 2.0 de la guerra fría repiten dos protagonistas veteranos: Estados Unidos y Rusia, con un invitado especial, China. Los norteamericanos han desenterrado la doctrina Monroe, que los autoriza a marcar el paso a Occidente. Para los rusos, el objetivo es recuperar su maltrecho imperio soviético y echar cuentas con la vieja Europa. Los chinos, recién llegados a la fiesta, se conforman con controlar el Pacífico y sus aledaños. El primer monstruo en descararse fue Putin cuando invadió Ucrania. Trump lo ha sofisticado llevándose en pijama a Maduro y amenazando a Colombia, Cuba y Groenlandia si no pasan por el aro. Con estos precedentes, Xi Jinping tiene carta blanca para sumar Taiwán y las islas del mar de China Meridional para asegurar su zona de confort.

En 1945 los vencedores de la Segunda Guerra Mundial se reunieron en Yalta para repartirse el nuevo mundo. Las costuras de aquel pacto han reventado a la espera del nuevo orden que todavía no amanece. Mientras, estaría bien que la tripleta organizara un Yalta 2 para explicarnos lo que han decidido sobre el futuro de la humanidad. Sin el engorro de los domesticados europeos y sus obsesivas manías jurídicas, los tres autócratas se pondrían de acuerdo en un santiamén porque en el fondo quieren y piensan lo mismo. Expoliar los recursos de sus vasallos en un mundo sin ley y donde el fuerte ordena y el débil obedece. Así de simple, así de terrible.

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