
Estados Unidos, la nueva Rusia
la comedia humana
Nos aproximamos al fin del mundo, o al menos, como declaró esta semana el primer ministro de Polonia, “al fin del mundo como lo hemos conocido”. Donald Tusk, extraño caso de un adulto en la política internacional, hablaba del “desastre” al que nos puede estar conduciendo el otro Donald, el niño Donald: la guerra entre Estados Unidos y Europa.

Y por Groenlandia, por el amor de Dios. Por una isla gélida de 57.000 habitantes cuya supervivencia económica depende de la pesca de la gamba y, en mayor medida, de un subsidio anual de mil millones de euros, 17.000 por persona. El subsidio llega de Dinamarca, el país que por una aberración histórica ejerce soberanía sobre el territorio, como el Reino Unido la ejerce sobre las islas Malvinas.
¿Que no hay que frivolizar? ¿Que no es posible? ¿Que no habrá guerra? Bien. Eso es lo que nos dice el sentido común. Igual que el sentido común nos dijo que Putin no invadiría Ucrania o que la señora Thatcher no mandaría la flota a combatir con Argentina en el Atlántico Sur. Pero cuando la racionalidad desaparece y se impone el reino de la locura, nada es imposible.
Miren, comparto el escepticismo. Debería ser impensable que tropas europeas se maten a tiros con tropas estadounidenses, y menos si tenemos en cuenta que, según las encuestas, el 85 por ciento de los groenlandeses no quieren convertirse en ciudadanos de EE.UU. Pero no es impensable. Sí que se está pensando. Los tambores de guerra sí suenan. Veamos las declaraciones y los hechos de la última semana.
Trump envidia el poder de Kim Jong Un y admira a Putin; pensábamos que bromeaba, resulta que no
Trump ha repetido lo que ha dicho decenas de veces, que quiere conquistar Groenlandia. Y que lo hará “por las buenas o por las malas”, alusión inequívoca al uso de la fuerza. ¿Hablar por hablar? Bueno, recuerden lo que dijo su secretario de Estado, Marco Rubio, justo después de la anteriormente inimaginable incursión militar en Venezuela. Que cuando Trump dice que va a hacer algo, lo hace.
Siguiendo con los tambores, tenemos la respuesta de los europeos. No solo han declarado que defenderán la soberanía de su país hermano, han empezado a enviar tropas a Groenlandia. Pocas, es verdad, pero Alemania, Francia, Noruega y Suecia ya están en proceso de colocar contingentes militares en Groenlandia para apoyar al ejército danés. Holanda ha anunciado que participará en maniobras militares de la OTAN como factor de disuasión o para preparar la posible defensa de tierras danesas contra... No Rusia... Sino (cuesta escribir esto, pero hasta aquí hemos llegado) otro país de la OTAN. Estonia, país vecino de Rusia, ha dicho que está dispuesto a participar en dichas maniobras, y la pacifista España, que se lo está pensando seriamente.
Estados Unidos se está convirtiendo en la nueva Rusia, Trump en el nuevo Putin. O sea, represión dentro, imperialismo fuera. Se abusa del poder judicial para reprimir la libertad de expresión con demandas multimillonarias contra los medios, para asesinar con impunidad a la supuesta “terrorista” de Minneapolis Renee Good y para inventarse una amenaza penal contra otro percibido enemigo del régimen, el presidente de la Reserva Federal, Jerome Powell. Trump dijo una vez que envidiaba el poder dictatorial de Kim Jong Un en Corea del Norte. Ha expresado con frecuencia su admiración por Vladímir Putin. Queríamos pensar que bromeaba. Resulta que no.
En cuanto al imperialismo, es el nuevo deporte favorito del presidente que prometió en campaña electoral que bajo su mandato no habría más intervenciones militares en el extranjero, que sería fiel al principio de “America first”, América primero, y el resto del mundo, adiós. Ya saben: ataques a Venezuela, Irán, Nigeria, Yemen y Siria, con Cuba, Colombia, México y ahora Groenlandia a la vista.
Poco de esto es defendible bajo el caducado concepto del derecho internacional o de la decencia ética. Pero en algunos casos cierto atisbo de lógica sí hay. Que si la geopolítica, que si el comunismo, que si el integrismo islámico, que si el narcotráfico. Nada nuevo bajo el sol. Estados Unidos ha jugado al policía cowboy durante décadas. ¿Pero Groenlandia? O sea, ¿Dinamarca?
Estados Unidos ha jugado al policía cowboy durante décadas, ¿pero Groenlandia?
Trump dice que necesita plantar la bandera en la isla más grande del mundo por motivos de seguridad nacional, o antes de que lo hagan los rusos o los chinos. Bueno, Rusia no invadirá Groenlandia mientras la OTAN siga existiendo. Hoy, como varios gobiernos europeos advierten, Trump amenaza con destruirla, lo que generaría las celebraciones más grandes en Moscú desde 1945. Una estrategia más eficaz para combatir la amenaza rusa sería seguir el ejemplo de Joseph Biden y dar ayuda militar a Ucrania. Pero eso se acabó. Algunos se preguntan si Trump es un agente ruso. Da igual. De hecho, lo es.
¿China? Sí, pretende conquistar Taiwán. Pero ese es su límite. Su visión imperialista consiste en colonizar mercados, no naciones. En cuanto a la seguridad nacional, el argumento trumpista es absurdo. Primero, porque Estados Unidos ya tiene presencia militar en Groenlandia, solo que la ha ido reduciendo durante años por considerarla innecesaria. Llegó a tener 15.000 soldados allá y decenas de bases militares. Hoy tiene 200 soldados y una base. Segundo, porque si hubiese una emergencia real los daneses ya han dicho que los estadounidenses están invitados a colocar todos los soldados que quieran en Groenlandia, 15.000 o más, y todas las bases aéreas o navales que se les antoje. Ah, y en cuanto a las famosas tierras raras, de las que se estima que Groenlandia posee el 1,5 por ciento del total mundial, las empresas mineras estadounidenses son más que bienvenidas, dice Copenhague.
No creo que EE.UU. Invada Groenlandia, o que sus tropas se enfrenten a las europeas. Sería otra oportunidad para recurrir a aquella frase de Borges sobre la guerra de las Malvinas: “Dos calvos peleándose por un peine”. Pero con consecuencias mil veces más devastadoras para el mundo como lo hemos conocido. No. Me considero una persona más o menos sensata, con los pies más o menos en el suelo, y no creo que se llegue a este extremo. Pero el mero hecho de que se contemple de repente como una posibilidad, por más remota que sea, nos da la medida de lo demencial, lo surreal y lo patas arriba que se ha vuelto todo en la época que vivimos.
