Opinión

Fuera de contexto

Hace unas semanas, el CEO del grupo sanitario Ribera, Pablo Gallart, al que se imputaban unas declaraciones en las que supuestamente hablaba de priorizar la rentabilidad sobre la atención sanitaria, arguyó que estas se habían sacado de contexto. Unos días más tarde, Susie Wiles, la jefa de Gabinete de Trump, atribuyó al presidente de Estados Unidos una “personalidad de alcohólico”, aunque, luego, se quejó de que sus comentarios se habían sacado de contexto. Y hace apenas unos días, Feijóo declaró, ante la jueza del caso dana, que, cuando él había dicho que fue informado en tiempo real, se produjo un malentendido; por lo visto el tiempo real era el suyo y el de Mazón, no el de la terrible tormenta y la sufrida Comunidad Valenciana.

Donald Trump y Susie Wiles siguiendo los resultados de las últimas elecciones presidenciales.
Donald Trump y Susie Wiles siguiendo los resultados de las últimas elecciones presidenciales.Carlos Barria / Reuters/Archivo

Lo que está claro es que ningún político pillado en un renuncio se presta a ofrecer ese contexto que, según él, serviría para despejar las dudas del receptor. Y no se presta a ello porque dicho contexto redentor no existe.

Las justificaciones no creíbles convierten la comunicación política en un juego artero

“Fuera de contexto” se utiliza como excusa. Excusa extremadamente endeble, porque no convence a nadie. Ese fuera de contexto pretende desplazar la atención y obligar a discutir sobre quién ha difundido esas afirmaciones torticeras y por qué lo ha hecho. Y sugiere también que el problema no es de quien ha hecho las declaraciones, sino de quien las escucha y no las entiende bien.

Esa coartada discursiva refuerza la idea del cinismo como táctica de muchos servidores públicos y transmite la sospecha de que la palabra política no está vinculada a la verdad, sino al oportunismo. Y, por otro lado, merma la confianza –ya muy deteriorada– de la ciudadanía en los políticos.

La confianza democrática se basa en un presupuesto: que quien habla lo hace asumiendo responsabilidad por sus palabras. Las justificaciones no creíbles rompen ese pacto y convierten la comunicación política en un juego artero. Y no solo eso, también debilitan, y mucho, la confianza en las instituciones. Dicho de otro modo, la democracia funciona con la expectativa de que la palabra pública significa algo y es veraz. Cuando la ciudadanía asume que el discurso político es estratégico o cínico, deja de escuchar argumentos, y los discursos populistas empiezan a campar a sus anchas.

Conviene leer La sociedad de la desconfianza de Victoria Camps, libro en el que la filósofa advierte de esa desafección creciente entre la ciudadanía respecto a la clase política y en el que hace propuestas para revertir la situación. Una lectura recomendable para muchos de nuestros políticos­.

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