Opinión

Morir con un poema

En los Países Bajos existe una práctica que puede parecer extraña, pero que interpela a nuestra idea de comunidad y de aislamiento humano. Cuando una persona muere sin familiares ni amigos conocidos, el Estado garantiza que no sea enterrada en soledad absoluta. Un funcionario acude al funeral y un poeta lee un poema único para el difunto.

La iniciativa, activa en ciudades como Amsterdam, responde a una realidad incómoda, porque, cada año, decenas de personas mueren sin que nadie reclame su cuerpo. Esta práctica me parece un gesto profundamente humano y bello.

 
 Getty Images

El poeta pone palabras donde ya no queda nadie para hacerlo. El poema no pretende reconstruir una vida desconocida, sino afirmar que esa persona existió, que su paso por el mundo merece ser reconocido. La literatura se revela entonces como una herramienta cívica, como un acto de cuidado social. El poema rompe la frialdad del protocolo y devuelve la humanidad a un momento que quedaría reducido a meras cifras y expedientes. No se trata de hacer teatro ni de poner tiritas a la realidad, sino de ser capaces de intervenir para que el mundo no sea un lugar demasiado inhóspito.

Mientras alguien lea en voz alta para quien ya no puede escuchar, el olvido no será completo

A veces, recordar es no permitir que alguien desaparezca sin rastro simbólico. Los funerales con poesía no crean vínculos, pero evitan una forma extrema de abandono. No es casual que esta iniciativa surja en sociedades con una fuerte tradición de bienestar, cultura pública y responsabilidad colectiva. Son contextos en que el Estado no solo gestiona recursos, sino que sabe reaccionar de forma firme y creativa ante el abandono.

Este tipo de iniciativas revelan una concepción más amplia del progreso, ya que manifiestan la capacidad de una sociedad para cuidar de quienes ya no pueden reclamar nada. Por eso no es un gesto sentimental, sino una declaración de intenciones y una forma más generosa de enfrentarse a la soledad.

En tiempos marcados por el individualismo y la fragmentación social, hacer que un poema acompañe a un desconocido en su último viaje es una forma silenciosa de resistencia. Mientras alguien lea en voz alta para quien ya no puede escuchar, el olvido no será completo. La comunidad, aunque sea por unos minutos, seguirá existiendo.

Etiquetas