
Europa, entre la resistencia y el deshonor
En marzo de 1938, Hitler forzó al último canciller de la Austria independiente para que permitiese que los nazis ocuparan el país sin resistencia. Poco después, Hitler anunció que las vejaciones que, supuestamente, sufría la minoría alemana en Checoslovaquia debían terminar con la liberación del dominio checoeslovaco de los Sudetes, zona del norte del país poblada en gran parte por alemanes. Checoslovaquia decretó la ley marcial y pareció que había parado el golpe. Pero el 15 de septiembre, el primer ministro Chamberlain voló a Berchtesgaden para negociar con el Führer, dispuesto a aceptar que las zonas limítrofes con Alemania habitadas por alemanes serían anexadas por Alemania. Y, entre el 28 y el 30 de septiembre, en Munich, Gran Bretaña y Francia obligaron a Checoslovaquia –que no participó en la negociación– a ceder a Alemania toda la zona de los Sudetes.

Nunca como entonces han estado más claras las intenciones de un agresor, ni las vacilaciones temerosas y erradas de sus adversarios. Porque, anexionados los Sudetes, Hitler fue a por Polonia, alegando los sufrimientos de la población alemana en Danzig. La Segunda Guerra Mundial estaba servida: estalló el 1 de septiembre de 1939. Como había vaticinado Churchill, Chamberlain, que había preferido el deshonor a la guerra, tuvo el deshonor y la guerra. ¿Hemos aprendido esta lección los europeos? Resulta obligada esta pregunta ante la descarada pretensión del presidente Trump de hacerse con Groenlandia, en contra de la voluntad de sus habitantes y del país –Dinamarca– con el que está mancomunada. Puede que equiparar ambas situaciones parezca forzado, pero no lo es. Veamos.
Los europeos debemos actuar en la convicción de que Trump no puede ganarnos en decencia y coraje
Hitler y Trump. Ambos acceden democráticamente al poder, que ejercen legítimamente. Pero ambos piensan que su elección democrática les da patente de corso para burlar las normas y no respetar las instituciones. Consideran que su poder es absoluto y que están legitimados para hacer todo lo que ellos por sí solos estimen como bueno para su pueblo. Y, asimismo, creen que pueden descalificar, escarnecer, engañar y humillar a sus adversarios, a los que desprecian y consideran no solo equivocados, sino inferiores. Y todo ello sin contar a los hombres y mujeres que ambos marginan como desechos humanos, que para Hitler eran los judíos y para Trump son los inmigrantes.
Hitler hizo saltar por los aires la República de Weimar. Y Trump, si pudiera, demolería el edificio constitucional estadounidense. Propició un asalto al Parlamento, una página vergonzosa de la historia de Estados Unidos. Han sido diversas las ocasiones en las que se ha referido a un hipotético tercer mandato. Y algún comentario equívoco ha hecho sobre las próximas elecciones de medio mandato. Trump se comporta siempre con una arrogancia insultante, mezcla de desahogo zafio y chulería macarra, que es el rasgo inequívoco de una personalidad vulgar y desviada. Humilla y avergüenza a su país.
La descripción que Sebastian Haffner hizo de Hitler se adapta como anillo al dedo al talante de Trump. Dice así: “La única idea que vertebró toda su política se condensó en una sola palabra, yo. No persiguió ninguna otra meta, no sirvió al pueblo, no tuvo ningún concepto de lo que es un hombre de Estado, sino que única y exclusivamente satisfizo su ego. Sus motivos se reducían a un terco amor propio. Los objetivos que persiguió, por orden de preferencia y siempre que no pusiesen en riesgo el primero de ellos, fueron: 1.º Conservar y ampliar su poder personal. 2.º Vengarse de todas las personas e instituciones por las que sentía odio, que eran muchas. 3.º Representar escenas en las que fuese protagonista”. Y añade: “Un país dominado por un líder como este se convierte en una pesadilla: caos constitucional y abolición del Estado de derecho”.
La Unión Europea no puede ceder hoy ante el presidente Trump, ni en Groenlandia ni en parte alguna. Los europeos debemos clavar los pies en la arena y aguantar. En la convicción de que Trump no puede ganarnos en decencia, coraje y capacidad de sacrificio. Sin desplante. Con firmeza.
