
Morfeo y los explosivos
Una amiga sueña que va poniendo explosivos por ahí. No sabe qué pensar de sí misma. Es la segunda vez que se despierta en medio de una película bélica, escondida en un lavabo o algo así, a punto de hacer detonar un artefacto de última generación, al parecer del tamaño de un guisante, en algún lugar borroso donde supuestamente trabaja. Una especie de clínica dental o ginecológica, sin relación alguna con el oficio de esta mujer que, por razones obvias, prefiere permanecer en el anonimato. Y, aunque el objetivo de su miniataque es dañar instalaciones estratégicas, nunca personas, la cosa se complica como en toda buena pesadilla.

Varios amigos y familiares suyos aparecen en el escenario de la detonación que debería estar vacío en plena noche, para darle una especie de fiesta sorpresa, los pobres. El sueño se vuelve terrorífico: parece imposible evitar estos daños colaterales. Mi amiga se despierta con el corazón palpitante –estas dos veces que recuerda, podría haber más–, llena de dolor y culpa poco antes de la explosión.
Sería bueno releer el discurso de Davos del primer ministro de Canadá antes de dormir
Como es natural, le inquieta este sueño recurrente en el que no se reconoce. Insiste en que ella no es ginecóloga –aunque esto no le habría importado, según parece– ni violenta. Muy al contrario, piensa secretamente y con cierta vergüenza que si fuese ucraniana preferiría rendirse a Rusia antes que mandar a un hijo, ni suyo ni de otra, a pegar y recibir tiros. Aunque, eso sí, una vez invadida, ella mantendría una lucha activa de un modo u otro en la resistencia.
Es en este punto de la conversación donde sugiero a mi amiga que esa mujer que pone miniexplosivos en instalaciones estratégicas podría ser la madre ucraniana en la resistencia que duerme en su interior. Y muchas otras madres. Incluso ella misma, metiéndose en la cama después de oír al presidente de la otra gran potencia decir, en plan Calígula, que, como no le han dado el Nobel de la Paz, ya no tiene que pensar en la paz. Aquí concluimos, mi amiga y yo, que es importante dejar de ingerir noticias un rato antes de ir a dormir. O, si eso no es posible por adicción extrema, sería bueno dedicar al menos los últimos minutos a releer, por ejemplo, el discurso de Davos del primer ministro de Canadá –quizás también sorprendido de sí mismo–. Insuflarle a Morfeo unas gotas de confianza en la civilización.
