Opinión

Un recuerdo de Irán

En verano de 1978 pasé varias semanas en Irán. Con mis compañeros de la facultad de Derecho Joan Ramon Marsal y Pedro Yúfera nos acogimos a una invitación de Antonio Comas, amigo de la familia Yúfera, que estaba poniendo en marcha un proyecto de construcción en Teherán. Nuestro trío veinteañero tuvo el privilegio de visitar el país en un doble registro: el hospitalario y encantador Comas –padre del hoy exitoso tenor homónimo– nos llevaba a los grandes hoteles y restaurantes de la capital, a las casas de sus conocidos iraníes o al casino del mar Caspio, donde se degustaba el caviar en cucharadas soperas. Y por nuestra cuenta recorríamos el resto del país como mochileros.

JULIEN DE ROSA / AFP

Así nos adentramos en un panorama contrastado: de los paisajes bíblicos que rodeaban los montes Alborz a la arquitectura de cúpulas y minaretes en Isfahán o Shiraz, con su mágico jardín de las rosas; a la magnificencia clásica de Persépolis y el urbanismo dinámico y caótico de Teherán. En esta ciudad se constataba la tensión entre una modernidad en marcha rompiendo moldes y el fuerte peso de ciertas tradiciones.

Explicaban su decisión de prescindir del chador, y también la vigilancia que sufrían

En varias ocasiones tuvimos oportunidad de hablar con grupos de chicas de nuestra edad. Conversaciones pasajeras y rápidas, en la calle, donde nos explicaban, algo atemorizadas de que las vieran con nosotros, su decisión de prescindir del chador y el hiyab y de integrarse en la vida laboral, pero también la vigilancia familiar y social que sufrían. Percibíamos en ellas la intensa voluntad de cambio y de vida. Nos contaban que en algunos lugares los clérigos demostraban la oposición a sus avances apaleando a las jóvenes que no se cubrían, un indicio brutal e inquietante.

Cuando meses después triunfó la revolución islámica me acordé de aquellas jóvenes y me extrañó que parte de la izquierda europea simpatizara con sus líderes, los mismos que las penalizaban. Si el sha tuvo importantes defectos, sospeché que lo que venía en Irán iba a ser mucho peor, al menos para la mitad de la población. De inmediato el chador, todo un símbolo, se impuso en espacios públicos.

He vuelto a pensar en ellas estos días, con pena por las largas décadas en un régimen teocrático-policial, y he imaginado que posiblemente figuran, con sus hijas, entre las integrantes de la revuelta actual, que tan furibunda represión produce.

Sergio Vila-SanJuán Robert

Sergio Vila-SanJuán Robert

Ver más artículos

Redactor Jefe del suplemento Cultura/s. Premio Nadal de Novela 2013. Premio Nacional de Periodismo Cultural 2020.

Etiquetas