
Quemar gasolina
Cruzar la puerta de casa supone una práctica de peligro intermedio. No llega a lo radical, ya que eso sería como solicitar turno en la administración, pero es considerable. Muy elevado. Hemos evolucionado de la época del movimiento constante a la de procurar no buscarse líos ni poner en juego la propia existencia.
Hicimos el intento. Honestamente. Experimentamos con opciones contemporáneas, éticas y sostenibles. Sin embargo, nos dimos cuenta de que la elección más lógica es utilizar el vehículo, ya sea un modelo híbrido o preferentemente de gasolina, ese recurso confiable pero estigmatizado. Constantemente y a cualquier lugar.

No constituye una defensa del humo ni del combustible. Se trata de gestión afectiva, mera subsistencia. Porque no deseamos actuar como paladines de la sostenibilidad. Porque estamos cansados de que nos utilicen como lecciones ambientales a bordo.
Debido a que la propuesta del vehículo eléctrico resulta brillante hasta el momento en que la batería se agota en un lugar remoto. Posees una superioridad ética, aunque careces de señal en el móvil. Ya que consideras que es una opción astuta y rentable hasta que comprendes que las ayudas estatales anunciadas únicamente se reciben con retraso.
Las líneas de ferrocarril causan lástima, no obstante, el escenario de nuestras rutas representa un surrealismo pavimentado.
Desde luego. Automóviles de combustible, esa clásica confiable y cuestionada que no te deja tirado en un arcén moralizante para que pienses en la evolución ecológica mientras aguardas la asistencia. Vehículos con el tanque al máximo, ya que las estaciones de servicio, al igual que los cajeros, se están esfumando del entorno. Y manejados con una cautela extrema, ya que los trazados de tren son deplorables pero la situación de nuestras rutas es puro delirio sobre el asfalto.
¿Quién las supervisa? ¿Quién determina que cada socavón es aceptable? ¿Quién ha transformado el tráfico en una yincana de interpretación? Es necesario descifrar el pavimento, presentir el giro, suponer la línea y las fronteras, evitar a los imprudentes que ignoran el uso de las luces de giro... Y especialmente resulta vital saber moverse entre vehículos pesados gigantescos que rebasan a gran velocidad para conquistar el dominio de la vía izquierda. Sus arriesgadas disputas vitales, tan críticas en la AP-7, demuestran que España ya no se transita sino que se resiste. Valle-Inclán se sentiría fascinado.
Se nos solicita calma. Prometen programas y subvenciones que jamás se materializan. Y dado que la estructura falla, cada cual se las arregla a su manera. Y si es factible, lo logra mediante su vehículo de combustible, resignación y una póliza completa. Aceptando que lo real, esa dama descortés que vive con urgencia, te sobrepasará sin duda. Y si tiene ocasión, lo hará por el carril diestro.

