
Oxígeno y amor
Constituimos un prodigio y nos encontramos en soledad. No existe vida similar a la nuestra en ninguno de los millares de mundos y exoplanetas analizados hasta el momento. En realidad, no deberíamos estar presentes. Ni tampoco habernos enamorado o que esto ocurra mañana. Extraviarse y ser hallado. Ese es el instante del afecto, según mencionan en el Frankenstein de Guillermo del Toro. Se trata de un fenómeno extraordinario, un conjunto de azares que provocan el choque con otro astro y, únicamente tras ello, la existencia. Transcurrido un periodo, ese entorno pierde su calor y desaparece, se desvanece y todo su contenido –los nombres afectuosos, los chistes, las memorias, los enfados, aromas y gustos– se contrae sobre sí, en la dimensión temporal y espacial cual si jamás hubiese ocurrido. Ni tampoco aquello que fuimos mientras aquel mundo y ese sentimiento permanecían vigentes.

En caso de que Dios no sea el artífice de la Tierra y del sentimiento amoroso, debe ser lo Imposible. Venus y Marte, nuestros hermanos espaciales, se componen de los mismos desechos materiales que nosotros, aunque no resultan iguales. El primero registra un calor extremo de 400º mientras que el segundo permanece gélido. Los demás, entre los más de cinco mil planetas y exoplanetas analizados, carecen de existencia biológica al no poseer agua líquida superficial. Realmente, lo que nos permite vivir es un componente tóxico, al igual que enamorarnos, siempre en su medida adecuada. Pues no existe ponzoña más dañina que el tiempo que nos corroe, nos quiebra, nos consume y marchita, hasta aniquilarnos. El tiempo equivale al oxígeno, siendo ese el veneno, uno de los más letales. Su proporción exacta permite que en la Tierra surja la vida. El exceso de oxígeno y amor resulta mortal, pero su escasez nos impide subsistir.
No existe tóxico más dañino que el transcurrir de los días que nos corroe, nos quiebra, nos agota y marchita, que nos destruye.
Durante mi niñez, la seguridad de que el sol se extinguiría y nos devoraría me inquietaba, y que tal evento fuera a ocurrir en un futuro tan remoto —unos cinco mil millones de años— no me brindaba ni me brinda alivio bastante. Asimismo, creía que nadie lograría hallarme, que nadie me identificaría como alguien cercano, y pondría en funcionamiento el reloj del tiempo del amor sobre el cual redactó Mary Shelley. Somos dependientes del oxígeno y del afecto.
No podemos sofocarnos con nuestras propias acciones ni resignarnos a que el afecto ya no nos alcance. Somos un prodigio, un entorno singular, unos individuos indudablemente curiosos los terrícolas.
