Opinión

El pacto de invención y aquella narración denominada España

Cuadernos del Sur

Cada relato se inicia mediante el idéntico encantamiento: “Érase una vez…”. Se trata de una expresión presente en cada idioma del planeta, yendo de la más rudimentaria hasta la más sofisticada, y que actúa a modo de umbral entre la esfera (imaginaria) de lo ficticio y el ámbito (implacable) de lo real.

Al ser expresada, no importa si quien la dice es alguien reconocido o un completo extraño, surge el encantamiento: los oyentes –así como los que la descubren en una obra escrita– comprenden previamente que deben pausar por un momento su predisposición a dudar, lo cual es la reacción habitual de cualquier persona, y disponerse a aceptar como realidades las ficciones que conforman los relatos.

Careciendo de este pacto, al cual en el ámbito literario se le llama pacto ficcional, resulta inviable que prospere adecuadamente cualquier narración, especialmente aquellas que pretenden exclusivamente un propósito de carácter político.

Trenes AVE en la estación de Santa Justa de Sevilla
Trenes AVE en la estación de Santa Justa de SevillaJOSÉ MANUEL VIDAL / EFE

Es posible que en la Moncloa todavía no lo sospechen, pero la derivación política de mayor peso tras el desastre de los trenes de Adamuz, un hecho que ha arrebatado la vida a 46 personas, herido a otras 14 y deshecho la existencia de sus familias, es la dificultad para recobrar prontamente la confianza entre los damnificados, multitud de ciudadanos y nuestros gobernantes.

El desastre ferroviario y su efecto consecuente en Catalunya han acabado con dos ideas preconcebidas. La primera: ninguna persona considera que arriesga su integridad –ni la de sus familiares– al montar en un vagón, a diferencia de lo que se suele creer, por muchos protocolos de protección que se apliquen, en el instante de subir a una aeronave.

Volar sigue representando en la mente colectiva un suceso asombroso, incluso si tomamos un avión diariamente. Los siniestros de aviación, que por suerte son muy infrecuentes, constituyen una tragedia. Un evento fuera de lo normal y difícil de anticipar.

Los Reyes de España y los familiares de las víctimas durante el funeral celebrado en Huelva
Los Reyes de España y los familiares de los difuntos durante el desarrollo de la ceremonia fúnebre celebrada en Huelva.JOSÉ MANUEL VIDAL / EFE

Tratándose del ferrocarril la cuestión varía: nadie intuye que un desplazamiento por vía férrea sea el cierre de su existencia. Adamuz ha roto ese espejismo. Y lo ha logrado mediante tal brutalidad que numerosos convoyes que operan en España han pasado a circular semivacíos, a marchar con menor velocidad y a cargar con usuarios que, antes que premura, perciben un recelo comprensible.

La otra falsedad desmentida por el siniestro de Córdoba, que se vio reflejada en el trayecto de Rodalies operado por el conductor sevillano Fernando Huerta, es la creencia de los dirigentes –de cualquier bando– de que los hechos no son verdaderamente como ocurren, sino que están condicionados por su relato.

Este pensamiento, que etiqueta como educación a la propaganda y elabora un discurso para mostrar un perfil político concreto, frecuentemente carente de base, pretende transformar sucesos reales –el impacto de dos ferrocarriles debido a un carril dañado– en historias de índole política que, si no se fundamentan plenamente en falsedades, incorporan realidades parciales y, por descontado, intenta orientar al pensamiento social hacia una postura (beneficiosa para el narrador de la historia).

Imagen del tren Alvia siniestrado en Adamuz (Córdoba)
Imagen del tren Alvia siniestrado en Adamuz (Córdoba)GUARDIA CIVIL

Lamentablemente, ni Adamuz ni Gelida constituyen relatos ficticios. Los fallecidos en ambos desastres han perdido la vida de forma irreversible y sus parientes, tal como se observó en las exequias llevadas a cabo en Huelva, padecen involuntariamente las consecuencias de una tragedia que pudo eludirse. Ninguna de las personas que perecieron debió haber muerto.

No obstante, ocurrió. Y esta inquietud es lo que imposibilita, a falta de menos de seis meses para los comicios en Andalucía, que darán por concluido el periodo electoral que arrancó en Extremadura, sigue en Aragón y continuará en Castilla-León, que los dirigentes puedan ocultar las pruebas de este acontecimiento con invenciones.

El sistema ferroviario en España ha constituido siempre un modo de desplazamiento emblemático. Específicamente en Andalucía, la alta velocidad representó asimismo la máxima expresión del progreso social frente al retraso económico tradicional del Sur.

La conexión de AVE que enlaza Madrid y Sevilla, la ruta inicial que se puso en marcha en nuestro territorio y lugar donde aconteció el siniestro letal, tuvo una trascendencia histórica significativamente superior a la Exposición Universal de 1992.

Hizo posible superar el obstáculo físico y simbólico de Despeñaperros, ese muro natural que divide La Mancha de la Antigua Bética. La conexión ferroviaria veloz materializó la aspiración de asemejarse a las demás regiones de España y a Europa.

Todo aquello es lo que, aparte de la existencia de numerosos individuos, se ha desmoronado en el Alto Guadalquivir. La relación entre el siniestro y la carencia de conservación comienza a considerarse algo superior a una simple conjetura. Y repercutirá, ciertamente, en el resultado de los próximos comicios regionales así como en la percepción del Gobierno central durante lo que queda de este inusual periodo legislativo.

Esa cicatriz permanecerá expuesta durante un extenso intervalo. Y continuará vigente más allá de si se produce –o no– un eventual avance de las elecciones generales. No precisamente porque el Gobierno manifieste que se desvelará la verdad sobre el incidente.

Esto sucede porque gran parte de la población ha notado que los efectos de la política posmoderna, fijada en relatos de conveniencia y distante, si no reacia, a la administración, no resultan inofensivos ni imparciales. Se cobran vidas.

Cualquier persona en Andalucía ha transitado por ferrocarril —alguna vez, o incluso en diversas ocasiones diarias— por el cráter de Adamuz. El trayecto del AVE que une Madrid y Sevilla ha desplazado durante sus treinta años de funcionamiento a noventa millones de pasajeros antes de transformarse en un recorrido de riesgo.

Superan los veinte millones los viajeros que emplean el enlace de alta velocidad entre Málaga y la capital de España. Es una cantidad de gente excesiva para, tal como León Felipe expresó en un poema, pretender adormecerlos con relatos.

La idea de que esta nación marcha bien es cuestionable. Todo da la impresión de hundirse, partiendo de los ferrocarriles hacia los demás servicios estatales. En el terreno baldío de Adamuz persiste la pesadumbre de quienes han soportado los atropellos de tanta fantasía de partido. La gente ha dejado de confiar en el hechizo de la historia y, por consiguiente, en la fiabilidad de quien cuenta este relato denominado España.

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