Opinión

Una guerra existencial

Este mes se cumplen cuatro años del inicio de la guerra de Ucrania. Un país en el que se halla la cuna histórica de la civilización rusa. El rus de Kyiv fue el primer foco de cristianización de los eslavos. El príncipe Vladímir se convirtió al cristianismo, siendo venerado por igual en ambos países y tanto Putin como Zelenski llevan su nombre. Más adelante el centro de gravedad se trasladó a Moscú y quedó lo que es hoy Ucrania como un territorio de frontera, a caballo entre Rusia y diversas potencias que se lo disputaron. El zar Pedro el Grande afianzó el dominio ruso frente a Carlos XII de Suecia en la histórica batalla de Poltava de 1709.

Parece pues lógico que, en el imaginario ruso, la guerra por el control de Ucrania se presente como existencial. Voces autorizadas como John Mearsheimer, uno de los padres de la moderna escuela realista del análisis geopolítico, lo advirtieron desde el primer día. El historiador Orlando Figes cuenta magistralmente cómo los rusos se explican a sí mismos en La historia de Rusia. Con él se entiende la épica que Putin les ha devuelto en forma de nación que se levanta, como otras veces hizo, frente a las humillaciones de Occidente. La ideología oficial enarbola los valores del cristianismo ortodoxo frente a la “decadente” Europa, con su ilustración agnóstica y su eclecticismo cultural.

  
  UKRAINIAN ARMED FORCES / Reuters

Podemos calificar a Putin como un puro cínico que se acaba creyendo su propio relato. Pero lo cierto es que ha calado en la ciudadanía rusa y eso explicaría la resistencia de esa sociedad a los centenares de miles de muertos y mutilados que esta guerra está causando. Además, claro está, del monopolio informativo y de una población empobrecida fuera de los grandes núcleos urbanos, dispuesta a dejarse matar por un buen sueldo.

Ahora bien, comprender el relato ruso no implica aceptarlo, pues la otra parte de la verdad es que, mientras Rusia recuperaba su orgullo nacional en torno al liderazgo de Putin, Ucrania se iba fraguando como la nación que nunca había sido. Pretender que el concepto de nación es algo inmutable es caer en la mitificación romántica tan querida por los nacionalismos.

Europa debe defender sus valores con la fuerza de la convicción y con la de las armas si es preciso

Visité el oeste de Ucrania en el 2018 y me dio la impresión de que se trataba de una nación de cartón piedra. El líder que reivindicaban, Stepan Bandera, fue un colaboracionista nazi. Un museo improvisado en el sótano de un viejo edificio de Lviv pretendía rememorar la resistencia nacional ucraniana contra la tiranía soviética. Una serie de gobiernos corruptos difícilmente iban a conformar un sentimiento identitario en torno a un proyecto común. Putin también lo vio así y Ucrania podría haber caído como un castillo de naipes de prosperar su plan. Un general ucraniano émulo del bielorruso Lukashenko hubiera sido el perfecto títere.

Pero surgió una inesperada resistencia que Putin no previó. Un cómico le plantó cara, jugándose la vida y la de su familia al enarbolar la bandera de su nación. Una nación que, al propio tiempo, había elaborado su propio relato compartido. En torno a una lengua que combinaban con el ruso, como hacemos en Catalunya con nuestros dos idiomas. También con una Iglesia propia que decidió escindirse de la obediencia de Moscú. Y, lo más importante, una ciudadanía que había decidido mirar más a Europa y menos a Rusia. Solo hay que pasar la frontera entre Polonia y Ucrania para entender por qué. Con todas sus contradicciones y pulsiones autoritarias, Polonia representa la libertad y la prosperidad que proporciona la Unión Europea. La dictadura rusa, en cambio, es sinónimo de tiranía y oscurantismo.

Ucrania se afirmó como nación a partir de febrero del 2022. Desde entonces libra una guerra existencial que será recordada por generaciones, en la que la patria se verá reflejada en la sangre de sus héroes. Aunque ahora tenga que ceder una parte importante de su territorio, eso no será una derrota ucraniana, sino un estrepitoso fracaso de Rusia. Ucrania lucha atraída por lo que son los valores europeos. Debemos defenderlos con la fuerza de la convicción y con la de las armas si es preciso. La seguridad de Ucrania en la posguerra es más importante que la delimitación fronteriza. Zelenski lo tiene cada vez más claro. Y Europa debe estar dispuesta a garantizarla ahora que es cuestionada por tiranos de diferente pelaje, pues ello se ha convertido en existencial también para nosotros.