
El poder del hurón
Atendiendo al odio que se tienen unos a otros, el poder debe de ser el no va más. Yo solo lo tuve una vez y no lo disfruté. No fue, para nada, un cargo menor: presidente por dos años de escalera. Con secretario, talonario de recibos y llaves del lavadero.

En mi mandato conseguí logros como la colocación de un panel de avisos de corcho y veinte reuniones sin amor y una votación desesperada para instalar un ascensor. Fui un gobernante benévolo y atento a las peticiones de mis súbditos, pero aun así, ansiaba al mismo tiempo que temía un sorpresivo golpe de Estado del primer piso, que mi secretario fuera un pequeño Macbeth y me asesinara por la noche para quedarse con el modelo de convocatoria de juntas y la caja de cartón de la que cogíamos el efectivo con el que pagábamos a Flor, la chica que limpiaba la escalera, siempre con los auriculares a toda hostia.
Un día, mientras yo gobernaba aquella provincia, el animal bajó hasta el primer piso
En aquellos tiempos los vecinos se ceñían al régimen de castas: el piso marcaba carácter. Los de los bajos aparecían siempre de sus pisos, cerrando rápido la puerta como si estuvieran enterrando a alguien y hubiesen estado cortos de cemento. Pesaban sobre ellos arcanos estigmas de hechiceros y viejas porteras. Los de los primeros por definición se oponían al ascensor y eran parcos en palabras y cariños. Los del segundo, parejas jóvenes con dos hijos: ni uno más, ni uno menos. Los del tercero, excéntricos siempre, y los del ático, inquilinos misteriosos de silencios abisales rotos por fiestas locas.
En una ocasión uno de ellos tenía como mascota un hurón. Un día, mientras yo gobernaba aquella provincia, el hurón bajó por la escalera hasta el primer piso. Decidí llamar a la Guardia Urbana. Inmovilizaron a la bestia y la subieron al ático, del que su propietario estaba ausente. Alguien había reventado la puerta y por eso el hurón había huido. La policía entró en el piso, y el inquilino, en Brians. Tráfico de drogas.
A veces no es fácil tomar la decisión correcta si eres quien ostenta el poder. Por eso no entiendo tanta inquina y odio porque no te lo quiten o por arrebatarlo. Parece que se estén jugando la vanidad y un buen sueldo, notoriedad y dietas, el no ser nadie el resto de tu vida y, ya puestos, poder meter la mano en la caja de cartón.
