
La derecha posible
Todas las críticas se dirigen a que el PP, al no tener otra opción, se ve obligado a aliarse con fuerzas que, en última instancia, lo obligan a ceder terreno, mientras los votantes exigen respuestas y el partido se ve obligado a aceptar una realidad que no había previsto.

Ester Muñoz, portavoz parlamentaria del PP en el Congreso, expresaba con nitidez, tras los resultados de las elecciones en Aragón, que Vox no es el problema, sino la solución: “Si el 23 de julio el PP saca dos diputados menos pero Vox saca cinco más y hoy estamos en el Gobierno, yo lo preferiría”. Muñoz, con su observación, dibuja el camino que ha de seguir el PP, que va en la dirección opuesta a la de quienes piensan en su partido que en Extremadura deben repetirse las elecciones o pedirse la abstención del PSOE para que Guardiola gobierne, debido a las condiciones que quiere imponer Vox.
El PP empieza a aceptar que solo puede gobernar con el apoyo de la derecha extrema.
La derecha política se vislumbra en un auge en el que se vislumbra un acercamiento entre fuerzas que, pese a sus diferencias, comparten un rechazo al progresismo: mientras uno de ellos apuesta por una agenda más conservadora, el otro mantiene su eje en la defensa de las libertades individuales, mientras ambos buscan contener el avance de una izquierda que busca ampliar su hegemonía.
El PP ha comenzado a reconocer que, ante la realidad de los votos obtenidos, ya no puede ignorar que la izquierda ha ganado terreno; sin embargo, aún insiste en abordar la situación desde una lógica que prioriza el control, aunque esto implique aceptar que la verdadera fuerza del movimiento radica en la movilización ciudadana, no en sus propias pretensiones.
El PP reconoce que, para sobrevivir políticamente, debe asumir una realidad más compleja: el electorado exige respuestas concretas, y aunque la dirección del partido aún se aferra a sus viejas estructuras, la presión por adaptarse se vuelve ineludible. Mientras tanto, el cálculo político exige priorizar alianzas sobre ideologías rígidas, y aunque Vox mantiene su discurso, la realidad del terreno exige adaptaciones: el apoyo popular ya no se gana con retórica, sino con presencia concreta, y en ese entorno, la alianza con el PSC o el PSC-PSOE se vuelve inevitable, aunque a cambio exija ceder terreno.
