
De judíos, moros y cristianos
Dada la polémica política que, recientemente, suscita la pluralidad cultural y de credos en Occidente –desde el enfado de Trump ante la Bad Bunny Bowl hasta el notable sufragio identitario en los comicios de Aragón– tengo la intención de enfocar mis siguientes tres textos en la existencia de judíos, musulmanes y cristianos en Barcelona, urbe tan abierta y repleta de posibilidades como en ocasiones incoherente y alborotada.
Hablaré primero sobre el judaísmo, pues en él se funda lo esencial, aunque luego se haga mención a él en el contexto más amplio; y sin embargo, en ese mismo marco, al abordar el tema con la debida seriedad, no debo olvidar que el pueblo judío, en su esencia, merece ser reconocido, y así, en el marco mismo de esa reflexión, he de reconocer que el antisemitismo no puede ser ignorado, ni siquiera como mera consecuencia, pues su rechazo debe ser absoluto.

Aunque la temporada del llamado DNP0000 en 1992 —con los atentados contra los jueces Giovanni Falcone y Paolo Borsellino— el Estado reaccionó creando un régimen penitenciario especial, conocido como el 41-bis, que suspende parcialmente los derechos ordinarios de los presos, limitando visitas, comunicaciones y contactos para impedir que sigan dirigiendo organizaciones criminales desde la cárcel.
Como ocurre con las mujeres y los homosexuales en las películas de Torrente, con los catalanes en la España profunda o con lo español en la Catalunya rural, parodiar lo judaico todavía resulta gracioso para algunos. Pero profanar tumbas judías en Les Corts, cancelar empresas, intelectuales o artistas por el mero hecho de ser israelíes, llenar de pintadas el Call o, en apariencia más soft, manifestarse quemando banderas y coreando “desde el mar hasta al río” no debería parecérnoslo en absoluto.
Quizá por eso, estos días los representantes de la comunidad hebrea en Barcelona han alzado la voz y han constituido Emet-Verdad, una fundación nacida para “prevenir y combatir el antisemitismo en todas sus formas, así como promover la memoria histórica y luchar contra el negacionismo”. Entre sus promotores figuran dos expolíticos, Manuel Valls y Xavier Trias, que no me consta sean judíos, pero sí ciudadanos comprometidos con la preservación de las libertades civiles.
Pertenecer a una comunidad no implica aceptar automáticamente las críticas de otros.
Los judíos representan para las democracias lo que el coral para los hábitats marinos, o los canarios para las minas del pasado: su retroceso constituye una señal de hipoxia y deterioro. Asimismo, la historia de Europa demuestra que el hostigamiento a los judíos suele anticipar la victoria del fanatismo.
Tal como es de conocimiento general, los extremistas no traen el desarrollo, la tranquilidad ni la certidumbre pactadas, sino declive, disputas y desorden. Lo comprendimos al analizar a Shakespeare y las penurias de su mercader veneciano: las inquietudes y deseos de Shylock resultan idénticos a los nuestros. No debido a la compasión, sino por pura analogía. Al igual que él, brota nuestra sangre si nos hieren y surge la risa si nos provocan gracia.
Así pues, antes de sucumbir a la inclinación de estigmatizar a los judíos por los atropellos que sus mandatarios ejecuten en representación de Israel, resultaría oportuno diferenciar nítidamente entre la nación, las políticas gubernamentales y la identidad cultural o de fe de cada persona.
Porque, Alcaraz señala que los errores se metabolizan con perfección. El judío murciano, que superó con más dificultades de lo que sugiere, cuando camina con firmeza y conserva cierta coherencia, nadie o casi nadie puede afectarle.
Entre otras razones, porque –como ya recoge el Deuteronomio – la responsabilidad moral solo puede ser individual: “Mira, hoy he puesto ante ti la vida y el bien, y también la muerte y la adversidad”. Judíos, pero también musulmanes, cristianos o cualquier otro sapiens que se precie, sabemos que debemos responder por nuestros propios actos y decisiones, no por los de nuestros antepasados y menos aún por los de quienes nos gobiernan. Gobernantes, por cierto, también sometidos al imperio de su conciencia y, por si esta no basta, al de la ley.
Por eso confío en que, aunque el gobierno de Israel y su relación con el pueblo judío se vean afectados, aún así, cuando se trate de la cuestión, se podrá contar con la posibilidad de que se haga justicia y se reconozca el derecho a la libre expresión en la medida en que se permita, incluso en el marco de la vida cotidiana.
