
Tierras raras
Escurriéndose de la vigilia, bajo nuestros ojos nunca del todo dormidos, los sueños nos llevan hacia mundos inexplicables, únicos, solo nuestros. Ni metafóricos ni inventados. Son territorios particulares que pueden y deben funcionar sin wifi, leyes. Sin jueces ni notarios. Son nuestros descampados emocionales. Las autopistas de nuestro inconsciente. Los océanos infinitos que ahogan cualquier asomo del yo domesticado.
Las IA ya hurgan en el limbo de los durmientes; ¿van a controlar también nuestros sueños?
En los sueños parimos soles y lloramos lunas de nata, nadamos volando y respiramos y andamos del revés bajo el agua. Vivimos en casas extensibles que surgen en la cajonera del salón o se despliegan en el tronco de un ciprés colorado. Masticamos líquidos ardientes y bebemos girasoles envenenados. Entristecemos sin buscar motivos y nos morimos de la risa cuando en nuestros guiones nocturnos descubrimos que nos equivocábamos. Que quien nos falta desde hace demasiados años puede estar contigo cuando quieras, todo el rato. Hacemos lo que nos da la gana. Nos dividimos y multiplicamos. Nos desobedecemos. Y si encontramos la puerta a esa lucidez soñada con que los budistas tibetanos hace ya milenios que danzan (el yoga de los sueños lo llaman), puede que decidamos no despertar nunca para quedarnos ahí, en un salvaje exilio privado.

Los sueños han sido siempre una provocación. El santo grial de todos los todopoderosos, su patrimonio más ansiado. Porque son inútiles. Libres. Descontrolados. Porque si en la vigilia ellos construyen sus imperios, en los sueños nosotros se los desarmamos. Por eso ahora, ¡horror!, las inteligencias artificiales de los tecnooligarcas híperaudaces ya están hurgando en el limbo de los durmientes. Para optimizar, dicen, nuestras noches y mejorar nuestros sueños.
Pues no. No dejaremos que colonicen también el más precioso, el más rarísimo de todos los materiales raros. El más extrañísimo de todos los terrenos extraños. Nuestra peculiar Groenlandia. Porque en los sueños no somos ni humanas ni ejemplares. Somos brujas rabiosas. Animales cabreados. Cuerpos que no caben y no van a disfrazarse. Monstruos felices de que la IA se dedique a predecir el tiempo y las guerras del otro lado pero feroces defensores de nuestros deseos más libres. Esos que nadie matará ni venderá ni en el peor de los peores sueños.

